Olivar Integrado

ÍNDICE.

1. PRODUCCIÓN Y GESTIÓN INTEGRAL.

1.1. PRÁCTICAS AGRONÓMICAS.

1.1.1. Labores de labranza.

1.1.2. Suelos.

1.1.3. Marcos de la plantación.

1.1.4. Aportes y tratamientos.

1.1.5. Biodiversidad. No monocultivo estricto.

1.1.6. Erosión de las vertientes.

1.1.7. Parcelario.

1.2. MOLTURACIÓN.

1.3. GESTIÓN INTEGRAL.

2. COMERCIALIZACIÓN. En elaboración.

3. MEDIDAS POLÍTICAS. En elaboración.

1. PRODUCCIÓN Y GESTIÓN INTEGRAL.

La disminución de costes de producción es una constante en la vida de cualquier empresa. Este elemento resulta clave para la supervivencia de las mismas, y está relacionado directamente con su capacidad competitiva. Disminuir costes no significa en principio, aumentar la productividad entendida como producción, pero si la rentabilidad. Produciendo lo mismo, el producto puede ser más rentable si, para producirlo, hemos gastado menos; por ejemplo, si bien la producción entendemos que es aproximadamente similar en olivicultura convencional con laboreo que en la que adopta medidas conservacionistas, entre las que cabe destacar el no laboreo, la energía no renovable –directa (energía consumida en la explotación) e indirecta (energía necesaria para producir los bienes en la explotación)- necesaria, es generalmente inferior en el segundo caso. En los últimos años, debido a la mayor atención prestada al impacto medioambiental, se vienen realizando estudios comparativos que tratan de establecer la productividad de la energía no renovable entre distintos manejos y actuaciones agropecuarias

En el caso del olivar, como en otros cultivos, esta necesaria disminución de gastos, requiere la adopción de muchas medidas; algunas serán tratadas aquí. Sin embargo, este esfuerzo podría ser mucho más interesante si, además, puede compatibilizarse con unas prácticas agropecuarias respetuosas con el medio; y esto por muy distintos motivos. Si estas prácticas son menos costosas, además de mejorar la rentabilidad, e incluso la productividad, estaremos, no solamente contribuyendo a la conservación de nuestro entorno, sino también mejorando la calidad de un producto, el Aceite. Y es que, afortunadamente, cada vez hay una mayor proporción de consumidores que, además de valorar sensitivamente los productos así producidos, optan por comprarlos para, de esta manera, potenciar un producto con repercusiones medioambientales positivas. Además de tales beneficios, estoy seguro que en la mente de muchos agricultores, el respeto al medio, es algo que está muy presente en las decisiones que constantemente se adoptan en la explotación (Opinión), aunque no todo lo que se debiera, existen limitaciones que a nivel individual son difíciles de superar.

Por lo tanto, uno de los retos a que se enfrentan los productores es la disminución de los costes de producción; en definitiva, lo que cuesta producir un kilo de aceituna en base a la cantidad de insumos y factores de producción necesarios (maquinaria, equipo, instalaciones, tecnología, fitosanitarios, fertilizantes, energía…), medidos estos en términos de eficacia neta de la energía –en la agricultura convencional debido principalmente al uso de fertilizantes químicos, principalmente nitrógeno, y a las labores mecanizadas- y productividad de la fuerza laboral. En este sentido, existen distintos factores a tener en cuenta: las propias prácticas de cultivo (la labranza, los suelos, los marcos de plantación, los aportes y tratamientos, la biodiversidad…), la erosión, el parcelario y las explotaciones, la infraestructura agraria, los gastos derivados del procesamiento y molturación de la aceituna…, que van a ser tratadas a continuación por separado, sin olvidar que están estrechamente relacionadas.

1.1 PRÁCTICAS AGRONÓMICAS.

Desde mi punto de vista, el olivar constituye uno de los cultivos en los que la posibilidad de llevar a cabo una agricultura sostenible es más evidente. Creo sinceramente que pueden realizarse prácticas agronómicas (agronomía) que no solamente reduzcan los gastos, sino que también, y a la vez, contribuyan a la conservación y protección del medio, enriqueciendo ecológicamente el entorno y el ecosistema (Ecoagrosistema) en que este cultivo de desarrolla. Es por ello que voy a tratar de defender aquí lo que podría denominarse como el `adehesamiento´ del olivar o, más propiamente dicho, el `adehesamiento ordenado´ del olivar. Este enfoque agronómico persigue rentabilizar al máximo las explotaciones reduciendo al mínimo las entradas de energía. Aunque el término `adehesamiento´ no responde exactamente a las valoraciones que voy a realizar –en el caso del olivar, por ejemplo, no implica, salvo en situaciones muy favorables, la compatibilización con la ganadería-, creo que es el que más se acerca, ya que la dehesa es un medio agrosilvopastoril que, aunque extensivo, resulta rentable no precisamente por su productividad, sino por su rentabilidad; otra cosa es que las condiciones de mercado no permitan obtener beneficios suficientes. Buen ejemplo sería la ganadería porcina vinculada a productos de calidad derivados del cerdo, en este caso, una parte importante de su alimentación proviene de terrenos adehesados, siendo precisamente esta la que le confiere su peculiaridad a nivel gastronómico y le permite un hueco comercialmente interesante a nivel internacional.

Aun tratándose de un sistema extensivo de aprovechamiento ganadero, la dehesa es rentable por reducir al mínimo las entradas de energía (abonos, tratamientos fitosanitarios, biocidas…) y en raras ocasiones se cultiva. La rentabilidad de la dehesa ibérica (montados en Portugal) se basa en minimizar las entradas, buscando el autoabastecimiento. Las prácticas de la ganadería extensiva en pastos seminaturales arbolados, constituye una muestra evidente de que puede alcanzarse un equilibrio entre explotación y conservación de buena parte de los valores naturales.

Pues bien, salvando las diferencias, creo que el olivar es un medio propicio para llevar a cabo ciertas prácticas agronómicas que tendrían como referencia este medio, persiguiendo de esta forma, conseguir un equilibrio entre producción y conservación. Utilizando un trozo del texto de la página de inicio de la S.C.A Ntra. Sra. de la Asunción y San José de la localidad de Rus (Jaén): “… una agricultura que persigue obtener la máxima calidad y que está basada en el trabajo con la naturaleza y no contra ella, usando los procesos y balances ecológicos en lugar de interrumpirlos, preservando la belleza de los paisajes, contribuyendo de forma muy notable a la conservación de la biodiversidad y al respeto del medio ambiente…”

Se trata, dicho con premura, y entre otras cosas, de eliminar las labores de labranza allí donde el suelo y la exposición lo permita, de conseguir el autoabastecimiento nutricional a partir de los restos de molturación y distintasactuaciones in situ…, y de otra serie de medidas que trataré de esbozar en las siguientes páginas, en las que la vegetación espontánea se convierte en un aliado, no en enemigo. Aunque, dicho de esta manera puede resultar un poco chocante, en todos los casos, estas modificaciones provocan, desde mi punto de vista, una serie de mejoras que tienen repercusiones económicas y medioambientales muy interesantes desde la óptica de este planteamiento. A continuación trataré de presentarlas, subrayando los aspectos positivos; sin olvidar que nada es totalmente bueno o malo. 

Esta planteamiento puede ser válido, en principio, tanto para las explotaciones ecológicas – aunque estas ya ponen en práctica algunas de las propuestas, hay otras que podrían complementar el sistema- como para explotaciones convencionales, ya que su aplicación es, no solamente compatible, sino que además, puede contribuir a la rentabilización de la explotación en cualquiera de sus variantes. Por otra parte, estoy convencido de su utilidad para otros cultivos, especialmente los arbóreos, como es el caso, por ejemplo, del almendro, o los arbustivos, como la vid. Además, en caso de decidir convertir la explotación en ecológica, se habrá recorrido una parte del camino que exige el paso de un sistema a otro, ya que, de no hacerse paulatinamente, puede resultar, sobre todo a principio, contraproducente: un suelo degradado, mal estructurado, con baja actividad biológica..., no es capaz de transformar el abono orgánico (estiércol, compost, `desechos´vegetales, etc.) en nutrientes disponibles para el cultivo a la velocidad que éste necesita, pudiendo la producción resentirse durante los primeros dos o tres años de transición a la agricultura ecológica, al igual que ocurre con otro tipo de tratamientos a los que el olivar debe deshabituarse.

He de añadir a todo lo anterior que este planteamiento agronómico gira en torno a dos variables que son una constante en la exposición y, constituyen, desde mi punto de vista, el eje fundamental de todo lo llevado a cabo en la explotación: la compactación y la erosión. Los beneficios consecuentes de la mayoría de las actuaciones dependen en gran medida de estos factores. Sobre un suelo compactado, erosionado, o ambas cosas, los efectos del resto de las intervenciones son muy limitados.

1.1.1. Labores de labranza.

Antes de comenzar de este apartado, sería conveniente que el lector no familiarizado con ciertas práctica agronómicas poco convencionales, tratara de eliminar los prejuicios que tiene sobre la masa vegetal existente en las parcelas, en parte, arrastrados generacionalmente por la tradición. Una tradición que tiene que servir de referencia en muchas de las actuaciones, ya que acumula un importante bagaje de conocimientos empíricos consuetudinarios a veces, poco considerados por las generaciones actuales de agricultores. Sin embargo, esta misma tradición agronómica y muchos de sus representantes actuales es la que, una vez ha dispuesto de los medios técnicos necesarios, ha destruido sistemáticamente parte de aquello que heredaron y que, ancestralmente, contribuyo a la conservación generacional de un tipo de paisaje rural, poco alterado hasta la segunda mitad del siglo pasado (Degradación vegetal antrópica. Erosión). Pero, si bien es cierto que no debe ignorarse este bagaje, también lo es que puede y debe ser adaptado a las posibilidades técnicas actuales. En el caso del laboreo, hay que tener en cuenta que, hasta la aparición trituradoras y desbrozadoras mecánicas, a las que con cierta prudencia pueden añadirse los polémicos herbicidas, la única manera de eliminar las `malas´ hierbas que compiten con el cultivo seleccionado, ha sido mediante se destrucción mecánica a partir de distintos tipos de arados de tracción animal; y la única forma de `eliminar´ los restos de poda generados en la tala y el desbareto, ha sido la quema; y el único método para reducir la evapotraspiración de los suelos ha sido gradar… Actualmente, con todas las precauciones que requiere el asunto, existen otras posibilidades que evitan algunos de los efectos negativos que, sobre todo, y como ya veremos, ocasionan los nuevos métodos de labranza que, en muchos sentidos, nada tienen que ver con los que nos antecedieron. En este sentido resulta ilustrativo la práctica llevada a cabo en cultivos anuales denominada como labranza cero. En la labranza cero, también llamada siembra directa o labranza de conservación, no se labra el rastrojo anterior, por tanto no existe un movimiento importante del suelo, salvo los discos abresurcos para introducir la semilla. Se persigue con ello, por una parte, incrementar la fertilidad de los suelos que a lo largo de los años desciende de manera importante debido a la ausencia de materia orgánica y, por otra, mantener una cubierta vegetal protectora antierosiva. En principio el suelo arado permite la entrada de oxígeno de la atmósfera, liberando CO2 a partir de procesos oxidativos de la materia orgánica; esta pérdida libera nutrientes y, en consecuencia, aumenta la fertilidad inmediata del suelo. No obstante, la pérdida continuada de materia orgánica, disminuye la disponibilidad de la misma para realizar este proceso de descomposición, además de otros efectos importantes relacionados con su estructura físico-química. Con la labranza cero, entre otras cosas, disminuyen los ciclos intensos de oxigenación de la materia orgánica, evitando la destrucción de la misma y aumentando su contenido (el rastrojo como residuo, aporta materia orgánica y supone un freno a la erosión eólica e hídrica). En muchos casos, este proceso, bien realizado, llega a regenerar suelos muy erosionados. Argentina, Uruguay, Brasil, EEUU o Paraguay, tienen importantes superficies donde además de obtener los beneficios señalados, pueden suponer un ahorro energético cercano al 50%. 

Por lo que se refiere al laboreo en el olivar, además de incrementar los costes de producción, provoca toda una serie de efectos negativos de índole económica, agronómica y medioambiental, además de los ya mencionados en el ejemplo anterior, entre los que pueden destacarse los siguientes:

-Incremento de los costes de producción (arar, binar, terciar, gradar, volver a gradar, rular…). La labranza requiere toda una serie de maquinaria y aperos que son del todo innecesarios en el caso de  no realizarse. Por otro lado, una parte importante de las explotaciones, tiene unas dimensiones que no permiten la disponibilidad de dichos mecanismos, por tanto, tienen que recurrir a la contratación de servicios externos que, si cabe, incrementan aún más los gastos producidos. También es cierto que si se adopta el sistema que se va a proponer que, por cierto, cada vez son más los que lo practican, se requieren otros medios (trituradora, desbrozadora…), sin embargo, sobre todo en pequeñas explotaciones, se reduce considerablemente la necesidad, pudiendo ser sustituida en algunos casos por maquinaria manual. En cualquier caso, como ya veremos, el tratamiento del suelo se `simplifica´ enormemente, y en caso de tener que ser realizado por una empresa externa, los servicios requeridos, serán sustancialmente inferiores. En aquellas explotaciones en que las dimensiones son más amplias y permiten disponer de maquinaria propia, el tiempo y combustible necesario para `trabajar´ el suelo, también queda reducido considerablemente. En ambos casos, la disminución de costes es significativa. Además, suelen coincidir la reducción de labores en el laboreo cero con aquellos años en que la cosecha es reducida por ausencia de precipitaciones, es decir, el control de la vegetación espontánea, ante la falta de agua, no supone ningún esfuerzo, ni costes añadidos en los años en que la producción es más baja y, por tanto, los beneficios de la explotación son menores; por el contrario, el control de la vegetación y los gastos que conlleva –a medida que la lluvia es más abundante, la hierba prospera al igual que la cosecha-, coincide generalmente con aquellos años en que la abundancia de precipitaciones propicia una buena cosecha. Sin embargo, la labranza, independientemente de las precipitaciones recogidas y, por tanto, de la cosecha, supone los mismos gastos todos los años; incluso en los secos, el incremento de las labores de gradeo para evitar la evaporación, si cabe, los incrementa.

-Compactación. En principio la compactación o aumento de la densidad aparente del suelo en las capas superficiales o profundas, es un efecto más del proceso de degradación de los suelos que afecta muy negativamente a la biofísica del suelo para soportar vida, almacenar y reciclar agua, materia orgánica y nutrientes; siendo esta, entre otras, una de las principales causas de la pérdida de la fertilidad de los suelos y de su degradación a nivel mundial. El fenómeno está relacionado con múltiples factores de carácter físico-químico inherentes a la propia dinámica del suelo, sin embargo, existe uno relacionado con la agricultura moderna y el uso de maquinaria pesada, que está intensificando el proceso dando lugar a situaciones preocupantes como las narradas en un artículo del National Geographic de noviembre del 2008, titulado Tierra fértil tierra yerma.

El caso no es, ni mucho menos, anecdótico, por el contrario, afecta a la mayor parte de los suelos agrícolas del mundo, todos aquellos en que la maquinaria autopropulsada se ha convertido en una herramienta imprescindible. Cuando la tierra, sobre todo húmeda, es apisonada por los puntos en que las ruedas contactan con el suelo, haciendo descargar sobre ellos todo su peso, es apelmazada incluso hasta niveles profundos –el fenómeno solo se deja ver cuando en la tierra de labor el agua erosiona la capa superficial removida por el arado, dejando a la vista la capa inferior que por su dureza, no ha sido desplazada por la fuerza del agua; o, a nivel superficial, en las zonas de paso o carriles donde el transito es continuo-. El resultado puede imaginarse, y de hecho, es tratado en distintos momentos de la exposición por sus repercusiones varias. El suelo se apelmaza por paso de maquinaria pesada, sobre todo en la parte radicular del olivo, perdiendo espacios aéreos entre los gránulos (granulometría) que conforman su estructura -incluso en suelos arenosos- y, por ende, desapareciendo las horadaciones realizadas pacientemente por miles de pequeños animales y los huecos dejados por las raíces de las plantas, obstaculizando su desarrollo en dichos niveles edáficos. Las consecuencias son inmediatas:

-Disminución de su capacidad de absorción –eliminándose, en consecuencia, el agua sobrante por escorrentía o arrollada e incrementando de esta manera, los problemas erosivos- y, muy importante, de acumulación o almacenamiento –desaparición de huecos de aire-, dando lugar a una menor disponibilidad de agua por parte de las raíces.

-Endurecimiento de la rizosfera, o porción de suelo que envuelve las raíces, obstaculizando su desarrollo.

-Disminución de la actividad vital del suelo y de su capacidad para reciclar la materia orgánica. Un suelo mal estructurado y con escasa actividad biológica, no puede transformar el abono (orgánico o inorgánico) en nutrientes disponibles para las raíces.

El problema no es totalmente eliminable, pero sí atenuable; no puede erradicarse simplemente, porque no puede entenderse una agricultura no mecanizada, sin embargo, son muchas las medidas que se pueden adoptar para minimizar sus efectos. En el caso concreto del olivar, las actuaciones deben realizarse en dos frentes.

En primer lugar, si se anula el laboreo, y los geométricos pases de maquinaria que comporta, especialmente en los lugares anejos al tronco o troncos del olivo, se estará reduciendo considerablemente la periodicidad e intensidad con que la maquinaria debe intervenir en el proceso. Una vez eliminadas las labores de labranza, los pases se hacen en su mayoría por el centro de las calles (tratamientos foliares, desbroce, trituración de restos de poda, recolección…), con lo cual, se está dejando en `paz´ la parte de suelo bajo los olivos, que al cabo del tiempo, a veces bastante -la descompactación es un proceso lento, en ella intervienen fundamentalmente procesos generados por cambios de temperatura, plantas espontáneas silvestres o sembradas, organismos y microorganismos subterráneos y la incorporación de materia orgánica-, volverá a recuperar la esponjosidad adecuada. Para que las actuaciones, en este sentido, sean efectivas deben complementarse con varias medidas:

-Evitar, en la medida de lo posible, transitar por el suelo de la parcela cuando está húmedo, la compactación será mucho más intensa.

-Utilizar, siempre que sea posible, el mismo carril y las mismas rodadas para realizar las faenas, en definitiva, establecer unas zonas de paso fijas. De esta manera reduciremos aún más las zonas de compactación (Dibujo 1). 

-Es posible establecer calles de paso alternativas, de manera que, salvo en casos excepcionales, el tránsito se realice por una calle, dejando la siguiente libre de paso. Para ello, son ideales los marcos rectangulares de 6-8 m. x 10-12 m. con la calle ancha perpendicular a la línea de pendiente que, a su vez, es la que contiene la banda de vegetación. Estas calles más anchas (10-12 m.) son la que, en teoría, van a ser usadas alternativamente, evitando, a su vez, los pases entre los olivos de la línea estrecha (6-8 m.) y paralela a la banda de vegetación. Si una calle es usada para el tránsito, la siguiente puede utilizarse para, mediante distintos tipos de estrategias –ya veremos algunas-, detener la velocidad del agua y, por tanto, aumentar la infiltración y disminuir la erosión. Se trata este, de un modelo solo teórico que, en la práctica, debe ser adaptado a las peculiaridades de cada parcela. Sin embargo, bien realizado, puede resultar tremendamente efectivo.

-Por supuesto si, como veremos a lo largo de toda la exposición, generamos actividad vital en el suelo –animal y vegetal- a partir de la conservación y el mantenimiento de una cubierta vegetal, amén de otras medidas que se expondrán, estaremos acelerando el proceso de descompactación y mejorando la estructura del suelo con todas las implicaciones agronómicas positivas que esto lleva aparejado. En este sentido, por ejemplo, y más bien como curiosidad, la siembra de crucíferas como la colza o la mostaza de campo (Foto 5. Vegetación olivar), además de reducir el lavado de nitrógeno o favorecer la subida de nutrientes como el potasio desde capas profundas, favorecen la infiltración de agua y la descompactación; sirva este caso como ejemplo quizá no recomendable, puesto que, como se verá próximamente, un uso adecuado de la vegetación espontánea hace, desde mi punto de vista, innecesario asumir los gastos de la siembra y siega posterior con especies seleccionadas.

En segundo lugar, existe una causa de compactación que nos viene de fuera, es decir, no está producida por el propietario de la parcela, sino por maquinaria que cruza esta sin tener derecho de paso. Es cierto que la parcelación, a veces extrema, característica de determinados parajes, da lugar, en muchos casos, a complicaciones en este sentido: las antiguas servidumbres, transitadas no hace mucho por animales de labor, son insuficientes para las necesidades actuales de paso; las huellas o carriles establecidos por las rodadas de la maquinaria, son borradas periódicamente por aperos potentes que nada tienen que ver con los que arrastraban los animales; el uso de la `línea recta´ como criterio `adecuado´ para realizar el traslado de una parcela a otra, a veces de distintos propietarios, elude la dificultad que supone hacerlo correctamente usando las zonas de transito establecidas; cruzar una finca diagonalmente en el sentido de la marcha es más fácil que hacerlo por los lados de la misma o cualquier otra zona por donde discurre el carril establecido por la servidumbre o, simplemente por la costumbre; establecimiento de rodadas paralelas en una misma finca debido al paso aleatorio de maquinaria; y un largo etcétera de causas que, en algunos casos, pueden explicar parcialmente esta tendencia, pero que, en ningún caso, la justifican. El caso es que por desconocimiento o comodidad, podemos encontrar parcelas con múltiples rodadas, paralelas o cruzadas, ante la indignación e impotencia del dueño que, cuanto menos, deberían hacernos reflexionar y tratar de encontrar soluciones que minimicen una situación que, como ya se ha visto, tiene efectos sobre la compactación y, como se verá más adelante, repercute en otros elementos como la vegetación o los suelos; especialmente en aquellos en que el no laboreo permite tenerlos en condiciones optimas.

En este caso, la solución tiene mucho más que ver con lo personal que con las medidas institucionales, es decir, son los propios agricultores lo que tienen que tomar conciencia transitando por los lugares establecidos. Aunque también es cierto, que deberían estar bien definidos en el terreno, recuperando las zonas de paso tradicionales si es posible, o estableciendo mediante acuerdos -si es que se pueden consensuar decisiones de este tipo- pasos fijos por aquellas zonas que menos problemas ocasionen para que, de esta manera, todas las parcelas de determinados parajes, tengan un acceso adecuado que pueda ser usado convenientemente; por lo menos, por aquellos que estén dispuestos a poner de su parte.

En este sentido sería muy conveniente delimitar parajes con accesibilidad común desde caminos o carreteras de la red viaria, y definir permanentemente el entramado de carriles a partir de acuerdos consensuados entre los distintos propietarios. Para ello, como veremos más adelante, pueden jugar un papel fundamental, las propias cooperativas agrarias o, en su caso, asociaciones locales de agricultores o de las entidades empresariales existentes, creadas ad hoc . No obstante, cualquier iniciativa o acuerdo en este sentido, deben ser bienvenida, no solo por lo que a la compactación se refiere, sino también como una forma de minimizar los gastos que en zonas minifundistas suponen el traslado entre parcelas (Concentración parcelaria).  

-Disgregación de la tierra. Las labores tradicionales, como iremos tratando en distintos apartados, con animales de tiro y aperos pequeños, no daban lugar a una disgregación de las partículas como la que actualmente se produce. Los aperos actuales, disgregan la tierra hasta separar sus partículas y convertir el suelo en una superficie donde se ceba la erosión, llegándose a situaciones extremas que producen pérdidas alarmantes (la descripción con más detalle de esta situación se tratará en un apartado dedicado exclusivamente a la erosión), no solo por escorrentía superficial, sino por la abrasión eólica, a veces poco considerada, pero muy devastadora. Estos suelos, sobre todo en pendientes, son excesivamente sensibles a la erosión y, si bien con los laboreos tradicionales, han ido perdiendo parte de su profundidad de una forma lenta, pero irreversible (Fotos: tocones), con las prácticas actuales, el proceso se intensifica dando lugar a situaciones preocupantes con pérdidas medias medidas en toneladas por hectárea y año.

-Destrucción de la parte superficial del sistema radicular del olivo. Esta pérdida impide la existencia, por eliminación mecánica, de una parte fundamental del sistema radicular del olivo, sus raíces superficiales. Se impide de esta manera, que el árbol se extienda en el horizonte superficial y que sus raíces absorbentes obtengan, entre otras cosas, el agua y las sales minerales necesarias. A su vez, la colonización de las mismas por micorrizas se dificulta, a lo que ha de añadirse, la eliminación o profundización hasta niveles sin oxígeno de la población microbiana debido a la labor de vertedera y resquebrajamiento.

-Absorción, almacenamiento y aceleración de la pérdida de la humedad del suelo. Como en el resto de los cultivos de secano, el agua es el factor limitante fundamental. La variabilidad productiva que caracteriza al olivar, siendo este como es una planta vecera, está condicionada, además de por toda una serie de factores influyentes (reposición de nutrientes, plagas, época de recogida del fruto…), por la disponibilidad de agua. Como es evidente, en los olivares de secano, el agua disponible depende de la cantidad de precipitaciones registradas y su distribución, de la periodicidad e intensidad de las mismas y de la temperatura; son todos ellos elementos en los que no es posible influir, sin embargo, existen otros en los que las actuaciones del agricultor son decisivas como por ejemplo, evitar o reducir la escorrentía, incrementar la capacidad de infiltración y retención de agua del suelo, disminuir la evaporación del suelo y la evapotranspiración de las plantas. En la mayoría de los casos el laboreo resulta contraproducente, en un suelo labrado la compactación producida por la maquinaria requerida, apelmaza el suelo y disminuye su porosidad, elimina las galerías realizadas por la fauna subterránea y, por tanto, reduce sustancialmente su capacidad de infiltración. Al eliminar la materia orgánica y, en consecuencia, una gran parte de la microfauna asociada, se perjudica enormemente la estructura del suelo, un suelo sin humus es un suelo empobrecido. En cualquier caso, y antes de seguir el razonamiento, alguien podría pensar, con cierta lógica, que tradicionalmente la labranza se ha realizado sin mayores problemas y los olivos han sido productivos. Sin embargo hay una gran diferencia. En primer lugar, la capacidad erosiva del agua, se ha incrementado de manera importante al eliminar los obstáculos naturales de vegetación que, tradicionalmente, han existido en muchas delimitaciones de las parcelas tipo bocage (Degradación vegetal antrópica. Erosión); en segundo lugar, la labranza tradicional nada tiene que ver con la actual, aunque el objetivo fuese el mismo, las antiguas labores, iniciadas con el arado romano y perfeccionadas con el de vertedera, que se han realizado durante siglos, ni han compactado el suelo en los niveles actuales, ni han disgregado la tierra; ni siquiera las labores de gradeo realizadas durante el verano para evitar la transpiración, eran capaces de desmenuzar los `terrones´, surcos y caballones que, salvo en coyunturas muy apropiadas, dejaban los arados referidos. La estructura superficial –o forma en que las partículas se unen para formar agregados, o terrones como popularmente se conoce- del suelo era antierosiva, su capacidad de infiltración mucho mayor, la materia orgánica más abundante: las labores no se realizaban tan a tiempo debido a la lentitud del labrado con animales de tiro, el suelo era estercolado y la vegetación no era eliminada tan sistemáticamente como en la actualidad; además, en la recogida solo se retiraba del campo las aceitunas ya que estas eran limpiadas in situ y, por si fuera poco, no se usaban herbicidas teniendo que limpiar la hierba del ruedo del olivo manualmente (aunque también ha de considerarse como elemento negativo el uso dado a los restos de la poda hasta bien entrado el siglo XX: la mayoría de los restos de la poda eran sustraidos de los olivares para abastecer los hornos locales de pan, entre otros menesteres, hacia donde eran acarreados sistemáticamente -fundamentalmente por los propios taladores- a cambio de un pago establecido; otra parte era transformada en picón para uso doméstico… de esta forma, al tener el ramón un valor energético fundamental propio de sociedades autárquicas y hasta cierto punto preindustriales, se eliminaba una biomasa fundamental para el agrosistema. En la actualidad, salvo la leña gruesa, el ramón se `elimina´ mayoritariamente en los propios olivares por distintos métodos, siendo el más recomendable desde la óptica aquí planteada y aprovechando las posibilidades técnicas disponibles, el triturado). 

En consecuencia, la calidad de la estructura del suelo y los niveles de materia orgánica, hacían del suelo una `esponja´ con mucha capacidad de absorción y almacenamiento de agua. Por todo ello, la pérdida de suelo por procesos erosivos se producía de una manera más esporádica que en la actualidad, solo cuando las precipitaciones eran muy cuantiosas y estas superaban la capacidad de absorción del suelo, mucho mayor que la actual. Hoy, por el contrario, la ausencia de elementos naturales que detengan la velocidad del agua, la disminución de la capacidad de infiltración y la disgregación extrema de la parte superficial del suelo, debido a las posibilidades que ofrece la maquinaria moderna, posibilitan una pérdida mucho más acelerada de suelo y una menor infiltración del agua hasta niveles más profundos. Por supuesto el problema se agrava cuando coadyuvan o concurren otras circunstancias como son las pendientes, la granulometría arcillosa (a mayor tamaño de los granos o partículas que componen la tierra, mayor permeabilidad), la ausencia de vegetación, etc.

Una cubierta vegetal natural, a la que se le añaden los desechos propios de la poda, generalmente triturados -aunque existen otras posibilidades que serán tratadas más adelante-, permiten, asociados con otras medidas, no solo aumentar la capacidad de infiltración, sino también reducir la evaporación por acolchado o mulching -además de otras ventajas, como la protección de la tierra contra las gotas de lluvia- que, en definitiva, mejoran su estructura y los niveles de materia orgánica aumentando con ello de forma muy importante la capacidad de almacenamiento de agua. A lo que hay que añadir uno de los aspectos menos considerados y estudiados de la vegetación, a saber, su actuación como captadora de agua al condensar en torno a su superficie gran cantidad de humedad que, con la temperatura y humedad adecuadas, puede llegar a precipitar al suelo -antes de la vaporización- cantidades variables –en algunos casos significativas- en función de la envergadura de las plantas, la humedad relativa, la velocidad del viento y la temperatura (helada, rocío, relente…); o en lo referido al agrosistema, la vegetación como suministradora de alimento a determinadas especies, sobre todo de insectos, que, como por ejemplo, el conocido como gusano peludo (Orgániga bética), aporta grandes cantidades de materia orgánica con sus defecaciones y restos, aparte de provocar un `desbroce´ natural –aunque para otros cultivos, sobre todo a destiempo, resulten perjudiciales-. Sin embargo, para que resulte efectiva y contribuya a la mejora del balance hídrico (diferencian entre las entradas y salidas de agua), debe segarse antes de la llegada del tiempo seco para que la evapotranspiración de la planta y, por tanto, la pérdida de agua, sea mínima. Los restos resultantes de la siega aportaran materia orgánica al suelo que, en su proceso de descomposición y humidificación darán lugar a algunas de las ventajas ya mencionadas. No obstante, las características propias del clima mediterráneo, imposibilitan una cubierta vegetal permanente al existir una marcada estación donde la sequía y las altas temperaturas son la tónica; en cualquier caso, puede ser reforzada utilizando elementos vegetales obtenidos en la propia parcela. Debe desecharse en pro de la rentabilidad acolchar el terreno con materiales externos, en este caso como en otros, aunque puede resultar conveniente, no resulta rentable, el olivar no está para soportar gastos extras.

-El suelo del árbol, donde se deposita el fruto, bien por caída natural, bien por maquinaria, al estar alisado por no haber sido disgregado, facilita enormemente las labores de recogida en caso de realizar la recolección directamente del suelo. Por el contrario en un suelo labrado, hay que alisar anualmente la superficie que se encuentra bajo el olivo con un método muy compactante, el ruleo, que además, genera los correspondientes costes y no deja la superficie en las mismas condiciones para la recogida. Cierto es también, que el sistema de no laboreo obliga a eliminar las hojas acumuladas en el suelo todos los años, sin embargo, en olivares recolectados tempranamente incluso puede eludirse esta necesidad que, como veremos, tiene ventajas añadidas.

de un solo pie, preparados para la recogida mecánica, no hay necesidad de retirarlas como veremos, con todas las ventajas añadidas que ello reporta.

-Eliminación o disminución de la masa vegetal. Con las labores de labranza actuales y la utilización abusiva de herbicidas, se reduce considerablemente la materia orgánica tan necesaria para que el suelo adquiera una buena estructura físico-química. Esta ausencia repercute muy negativamente en varios aspectos que, aunque aparentemente independientes, están muy relacionados. Aspectos que por su relevancia, son tratados directa o indirectamente en, prácticamente, todas las propuestas agromedioambientales que aquí se tratan.

-Reducción de las emisiones de CO2. La huella de carbono. La reducción de las emisiones de CO2 a partir de la adopción de prácticas de no laboreo (agricultura de conservación + agricultura de precisión), es un tema de creciente consideración que, progresivamente, acapara nuevos proyectos de investigación. No solo desde el punto de vista agronómico, sino también en lo referido a su relación con el clima y, aunque las cifras son variables en función de diversos factores (tipo de cultivo, biomasa, suelo, clima…), las conclusiones generales son evidentes: la reducción de emisiones de CO2 en terrenos no labrados pueden llegar al 88% y se consigue “almacenar hasta un 56% más de carbono respecto a las parcelas manejadas de manera convencional”.

Este es el planteamiento fundamental del proyecto europeo LIFE + Agricarbón (Agricultura Sostenible en la Aritmética del Carbono), financiado por el programa LIFE y coordinado por la Asociación Española de Agricultura de Conservación Suelos Vivos (AEAC.SV). Participan la Federación Europea de Agricultura de Conservación, el Instituto Andaluz de Investigación y Formación Agraria, Pesquera, Alimentaria de la Junta de Andalucía (IFAPA) y el grupo de investigación AGR126 de la Universidad de Córdoba. Aunque se centran en cultivos herbáceos en secano, sus resultados son transferibles al resto de ámbitos agronómicos y tiene como objetivo “favorecer la progresiva implantación de técnicas agrarias sostenibles (Agricultura de Conservación y Agricultura de Precisión), que contribuyan a la mitigación de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) y a la adaptación del sistema agrario a los nuevos condicionantes climáticos que se den como consecuencia del calentamiento global. Además, la puesta a disposición de las autoridades europeas de una base de conocimiento suficiente en torno a prácticas agronómicas sostenibles, puede servir de instrumento para llevar a cabo políticas de carácter medioambiental integrables en el ámbito agrario”.

En definitiva, se trata de un argumento más que sumar a la larga lista de beneficios agronómicos y medioambientales que suponen la no labranza, que en su interrelación con el resto, son un motivo más que justificado para adoptar dichas prácticas cuando las condiciones lo permitan.

La creciente sensibilización internacional sobre el calentamiento climático, eleva este factor a una categoría prioritaria y `obliga´ a agricultores solidarizados con el asunto, a asumir prácticas que contribuyan a nivel global al esfuerzo que, necesariamente, debe interiorizar la sociedad en su conjunto (La acción humana sobre el medio. Problemática actual).

-Daños colaterales. Independientemente de los efectos positivos o negativos, según se mire, que provoca el labrado de suelos en la parcela, la repercusión de esta práctica, en aquellos casos de labradores poco respetuosos con la infraestructura viaria o con la decisión del lindero de no labrar, es importante; y genera unos gastos y perjuicios, bien a la administración pública, bien a los propietarios que los delimitan, que debieran ser considerados. La insensibilidad en este sentido, lleva en muchos casos, a realizar los traslados entre parcelas, atravesando indiscriminada y sistemáticamente -que no puntualmente por circunstancias especiales- las parcelas que encuentran a su paso sin importarles que, durante el recorrido, estropean suelos, compactan el terreno, destruyen elementos vegetales u otros `desperfectos´ que, aunque para ellos no sean importantes, para muchos de los propietarios de las parcelas afectadas, sí lo son.

En lo referido a daños de infraestructuras, los ejemplos son numerosos y, afectan, entre otros elementos, a cunetas y taludes de caminos. El deseo de labrar absolutamente toda la parcela, supone en innumerables ocasiones, desplazar los aperos por lugares limítrofes con la infraestructura vial, anegando cunetas y, dando lugar a una pérdida importante de tierra de la propia parcela (Fotos: cunetas). En algunos casos el deterioro se intensifica con prácticas absurdas como el quemar los restos de la poda en los lugares referidos, eliminando la vegetación que estabiliza el desnivel e impide que se derrumbe. Quiero pensar que dichas actuaciones son más producto del desconocimiento, que de la `mala fe´, no obstante, debieran estar penalizadas por el bien de todos, incluido el propietario de la parcela; en este último caso, además de deteriorar las delimitaciones que tiene la parcela en forma de talud, desaprovecha una parte importante de la materia orgánica.

En este sentido, quiero hacer una mención especial a una práctica muy extendida, sobre todo a partir de la aparición de aperos que permiten desplazar los ramones hasta zonas distantes: en muchos de estos casos, todo el ramón de la parcela se quema fuera de la misma, eliminando una gran masa vegetal o biomasa sin ser conscientes de su importancia, en otros, contratan empresas que lo trituran y lo retiran de la parcela para su uso como biomasa. En ambos casos, se elimina una parte importante de la materia orgánica, una pérdida nada recomendable para mantener la fertilidad del suelo. Una alternativa recomendable, si de lo que se trata es de no quemar olivos, es triturarlo; si aún así, el propietario cree que esta opción es menos económica, debiera pensar en las repercusiones agronómicas, ya que, en el largo plazo, supondrán un empobrecimiento del suelo, entre otros perjuicios, y una necesidad de aportes nutricionales extra.

Con relación a las delimitaciones entre parcelas, cuando estas presentan desnivel o ribazo, en muchos casos con vegetación que debieran ser cuidadas con esmero –además de escasas, han sido eliminadas sistemáticamente, presentan un alto valor ecológico, ya que son refugio de fauna útil y necesaria, además de obstáculos naturales antierosivos-, por el contrario, en numerosas ocasiones, hay quien las considera contraproducentes y, además de ser incluso quemadas, son constantemente sometidas a la presión de los aperos cuán enemigo a eliminar(Fotos: Taludes).

Cuando las delimitaciones entre parcelas -¡que existen¡-, no presentan talud o desnivel, y su propietario decide no labrarla, hay que decir, en honor a la verdad, que la mayoría de los linderos, son respetuosos con esta decisión y, sin dejar de labrar su finca, no estropean aquella otra que no se cultiva. Para ello, si las dos hileras de olivos que delimitan ambas parcelas están muy juntas, y los aperos no pueden realizar su función, sin introducirse en la parte no labrada, optan por no laborear el espacio intermedio; si la calle entre fincas es suficientemente ancha, de modo que permite el paso de los aperos, bien en su totalidad, bien recogiendo parte de los mismos para no arar lo no labrado, el proceso se desarrolla con normalidad y respetando la decisión de ambos propietarios, el uno labrando y el otro sin labrar. Sin embargo, existe una minoría que priman su derecho a laborear, sobre el derecho del vecino a no hacerlo y, en algunos casos, ante la llamada de atención por parte del que no laborea, el `laboreador´ ignora esta petición sin respeto alguno a la propiedad privada; las fincas, aunque son muchas y algunas muy diseminadas, todas tiene propietario y límites precisos que no deberían transgredirse; salvo en aquellos casos en que tengan algún tipo de servidumbre. El resultado es la existencia de un importante número de parcelas no labradas, en las que algún o algunos de sus bordes exteriores, incluyendo parte del suelo del olivo, presentan la huella indeleble de la maquinaria (Fotos: lindes) y los consecuentes perjuicios que esta produce (compactación, disgregación de la estructura del suelo y pérdida de su planitud, rotura de las raíces superficiales, exposición a la erosión…) sin que, en muchos casos al propietario le quede más opción que la judicial –nunca deseable- ante la obcecación de su vecino.

Sin embargo, como ya he dicho antes, no todo es totalmente bueno o malo: en el caso de la olivicultura convencional, el no laboreo, incrementa considerablemente el uso de herbicidas. Especialmente si se compara con el laboreo tradicional en el que la labranza alcanza distancias muy cercanas al tronco o troncos del olivo, permitiendo, generalmente, realizar una sola aplicación tras el rulado y previamente a la recogida. Por otro lado, y en ausencia de acolchado que minimice los efectos de la sequía en suelos pesados y sobre todo en solana, la labranza superficial se hace necesaria para evitar la evaporación producida a partir de grietas profundas, siendo solo sustituible por un grueso acolchado que en la mayoría de los caso resulta de difícil consecución. Es por ello que en este tipo de terreno, especialmente en años escasos de pluviosidad, resulta imprescindible realizar pases periódicos con aperos adecuados. No obstante, con paciencia se pueden tomar medidas que minimicen sus efectos como veremos más adelante.

1.1.2. Suelos.

Mantener los suelos supone, dentro del cómputo general de gastos, un importante esfuerzo por parte del agricultor. En el caso de explotación no labradas, mantener los suelos supone realizar las correspondientes aplicaciones con herbicida o, en su caso, desbroces y, por otra parte, una limpieza de los mismos previa a la recolección, para, de esta manera, tener el suelo en optimas condiciones en el momento de la recogida. Por supuesto, si se trata de olivares labrados, la dificultad se incrementa, debido a la necesidad de realizar anualmente el correspondiente alisamiento de la superficie del ruedo.

Si estas tareas no tuvieran que realizarse, el agricultor vería aligerado considerablemente el esfuerzo tanto económico como laboral. Esto sería posible si se realiza una recogida temprana, algo por ahora solo practicado en determinadas explotaciones que, además de contar con los medios técnicos adecuados, persiguen ciertos objetivos relacionados con la calidad. Se trata de una tendencia en aumento, cada vez el porcentaje de aceituna recolectada en el mes de noviembre, incluso octubre, se incrementa. No obstante, la mayoría de las explotaciones, si bien adelantan el inicio de la recolección, prolongan la misma hasta bien entrado el invierno, dependiendo de factores como la climatología.

Pues bien, en aquellos casos en que la época de recolección haga poco probable la existencia de aceitunas en el suelo, es decir, en explotaciones donde toda la recolección se realice en preenvero o en aquellas otras en que algunas parcelas sean recolectadas en estas circunstancias, ciertas labores asociadas a los suelos pueden ser suprimidas con todas las ventajas que ello reporta. Se trataría en definitiva, de dejar que las hojas procedentes del árbol, se acumulen en el suelo hasta formar un manto vegetal de varios centímetros. El proceso de acumulación es lento, se necesitan como mínimo tres o cuatro años para formar una capa aceptable hasta conseguir beneficiarse de las ventajas de dicha medida. El tiempo de formación es variable y depende de varios condicionantes, entre los que sobresale, la humedad y la temperatura. En cualquier caso, el proceso de descomposición es lento, sólo aquellos climas con alta temperatura y humedad, descomponen con rapidez la materia orgánica procedente de restos vegetales y animales. Es por ello que las mismas se van acumulando en el suelo, siendo, generalmente, la velocidad de acumulación superior a la de descomposición. Al fin y al cabo, en la naturaleza, la acumulación de hojas por parte de algunas especies arbóreas propias de nuestro entorno, como la encina, no es ni más ni menos que una adaptación milenaria que hace la planta para evitar que crezcan otras a su alrededor, para mantener la humedad y para enriquecerse con su propia materia orgánica; solamente hemos de observar al recorrer una dehesa, poco intervenida, los acolchados generados en el entorno inmediato del tronco. Sería, en cierto modo, ofrecer a una planta seleccionada como es el olivo, la posibilidad de beneficiarse de una práctica ancestral llevada a cabo por su antecesor natural, el acebuche; no creo que le resulte contraproducente.

Mediante esta medida se trabaja en varios frentes. En primer lugar puede prescindirse del trabajo de eliminación de la hoja del ruedo, de la recogida exhaustiva de las varetas –por lo menos de las más pequeñas- y, cuando la acumulación de hojas y restos es considerable, al impedir en gran medida la proliferación de hierba, puede reducirse –en algunos casos considerablemente- el tratamiento con herbicidas o, en el caso del olivar ecológico, el desbroce. Todo ello supone, en su conjunto, una reducción considerable de gastos que necesariamente van a repercutir en la rentabilidad. Sin embargo, no solo es una medida puramente economicista, la acumulación de hojas incrementa la materia orgánica, protege el suelo tanto de las altas como de las bajas temperaturas y reduce la evaporación, en definitiva, aporta las ventajas del acolchado. Por tanto, el incremento de la rentabilidad, puede verse acompañado con un incremento de la productividad, sin contar con las ventajas medioambientales añadidas que, como ya se ha dicho, debieran estar presentes en el planteamiento agronómico que el agricultor hace en su explotación.

Sin embargo, como casi todo en la vida tiene su lado negativo, hay que renunciar a la aceituna caída, ya que una vez establecido el acolchado no es posible realizar la recolección de forma mecánica y, evidentemente, manual es inasumible. Aun así, hay que tener muy, pero que muy en cuenta, lo caro que resulta no renunciar al porcentaje de frutos caídos; a los gastos de preparación del suelo, hay que añadir los de recogida. Resulta evidente que si calculásemos lo que cuesta recoger la aceituna del suelo (Servicios agrarios externos), independientemente de la del árbol, superaría con creces el valor del producto; salvo en aquellos casos en que el porcentaje caído es abundante, generalmente por recogida tardía y condiciones meteorológicas adversas. Este riesgo se minimiza cuando la recogida se realiza mecánicamente coincidiendo con el envero o preenvero, por tanto, de manera temprana, lo cual, por su parte, también contribuye a incrementar la producción del año siguiente y aumentar la calidad del aceite (la formación del aceite de la máxima calidad, con mayor contenido en polifenoles, antioxidantes naturales y aromas, es anterior a la fecha en que suele realizarse la mayor parte de la recolección –otra cosa es que la pérdida de peso, entre otros factores poco estudiados, incremente los rendimientos grasos-). En la mayoría de los casos, renunciar a esa pequeña parte de la cosecha, incrementa la rentabilidad y disminuye mínimamente la producción; hay que tener en cuenta que la recogida de la aceituna representa un porcentaje de los gastos totales que, en algunos casos, puede incluso ser superior al 50% y, dentro de la misma, la recogida del suelo, un pequeño porcentaje de la producción, contribuye a encarecerla significativamente; sin ser proporcional a lo que representan los gastos de recogida. Por otro lado, el aceite extraído de la aceituna del suelo es de peor calidad, debido al desarrollo de hongos saprófitos sobre la pulpa –relacionados con la procedencia de la aceituna, del suelo o del vuelo, y el tiempo entre la recolección y la molturación-.

No se disponen de datos sobre el porcentaje que representa la aceituna del suelo con relación al total; la cantidad depende de múltiples factores entre los que son destacables, la variedad del árbol, el ataque de parásitos, el momento de recogida –evidentemente el porcentaje de aceituna de suelo, va incrementándose a medida que se retrasa la recolección- y las condiciones meteorológicas, siendo un elemento destacable el viento. Son todos ellos factores que no afectan al total de la explotación, es decir, generalmente al comienzo de la campaña, los frutos están `agarrados´ y raramente se produce una caída importante; el riesgo, en consecuencia, afecta, siempre en términos muy generales, a aquella parte de la explotación en la que, por distintas circunstancias, se retrasa la recolección -por ejemplo, variedades más tardías o condicionantes meteorológicos-. En cualquier caso, raramente llega a ser superior al 20%; podría decirse, siempre en términos muy generales, que en la mayoría de los casos no supera el 10%. Pues bien, renunciar a ello, simplemente teniendo en cuenta los gastos de recogida, ya resulta rentable -todos los olivareros saben de qué estoy hablando-; y no digamos, si a estos gastos, le sumamos los derivados del acondicionamiento del suelo (herbicidas, desbroce, limpieza…); y, además, le añadimos el incremento en el precio que, en la mayoría de los casos, representa la aceituna del vuelo con relación a la del suelo –teniendo en cuenta además que a partir de cierto momento, el incremento del rendimiento de la materia grasa de la aceituna del suelo, supone también una pérdida de peso-; sin olvidar, por una parte, la ventaja que supone retirar el fruto del árbol tempranamente y su repercusión en la cosecha del año siguiente y, por otra, las ya comentadas ventajas del acolchado. Siguiendo este razonamiento, queda claro que puede no interesar por pura rentabilidad, organizar la explotación con el condicionamiento que supone tener que preparar el terreno para dicha faena; por otro lado, la producción puede verse incrementada por las ventajas del acolchado y, puestos a argumentar a favor de este planteamiento, la aceituna `perdida´, pasaría a formar parte del acolchado y al final contribuiría, con el resto de la materia orgánica, a proteger y enriquecer el suelo hasta convertirse de nuevo en fruto.

Si este planteamiento resulta interesante para una explotación donde se lleva a cabo una recogida tradicional semimecanizada -salvo quizá, en aquellos casos donde las barredoras mecánicas después de tener las aceitunas en el suelo, realizan el proceso de recogida-, si se lleva a cabo mediante vibradoras con `paraguas´ invertido, las ventajas resultan evidentes; al poder realizarse la recolección más temprana, las pérdidas por caída son mínimas y, por tanto, puede `descuidarse´ el suelo. El sistema resulta aún más atractivo, si además se tiene en cuenta que antes de ser vertida la aceituna al remolque, y por distintos métodos (Bienes y servicios. Maquinaria agrícola), puede separarse de la mayor parte de la hoja que se ha caído en el proceso, quedándose de esta forma en la parcela.

Dentro de este capítulo, también debe hablarse necesariamente del tratamiento que debe darse a las calles; el espacio no ocupado por el olivo. Evidentemente, el manejo de estas, tiene varias implicaciones que están relacionadas con la erosión (evita la erosión, sobre todo en los olivares en pendiente), la materia orgánica (fertiliza el suelo, fijando nitrógeno atmosférico por las leguminosas, silvestres o sembradas, aumenta la materia orgánica, incrementa la actividad biológica, sirve de refugio a los enemigos naturales de las plagas…), la evaporación, la compactación, la fauna y la microfauna, etc. Es, por tanto, una cuestión que está presente en algunos de los apartados tratados. Junto con la recomendación anterior acerca del mantenimiento de las hojas en el suelo del olivo, la cubierta vegetal en las calles, contribuye al acolchado del suelo del olivar con todos los efectos positivos que esta práctica aporta. Es por tanto muy recomendable, desde muchos puntos de vista; crear y mantener vegetación en toda la superficie del suelo no ocupada por el porte del olivo, aporta distintos beneficios y, desde el punto de vista de la rentabilidad de la explotación, no resulta gravosa, salvo quizá, en el primer o segundo año de no laboreo, siempre en términos muy generales. Por otra parte, según datos obtenidos en distintos estudios, el olivar no labrado con vegetación, resulta más productivo que el de suelo desnudo; significa esto que las necesidades nutricionales e hídricas de las plantas que ocupan la cubierta vegetal, son compensados por los beneficios que procuran, mientras que la ausencia de vegetación, aunque, evidentemente, no requiere de estos elementos y, por tanto, no compite con el olivo, presenta carencias en otros sentidos ya referidos.

La clave, desde mi punto de vista, está en dejar que, de forma natural, crezcan las especies que mejor se adapten a la zona, esta vegetación espontánea (adventicias, malas hierbas, maleza, yuyo, plantas arvenses o plantas indeseables…), además de ser barata, aporta gran cantidad de biomasa –más de 2000 kg/ha de biomasa seca en cubiertas maduras-. Para ello, es necesario realizar una o varias siegas o desbroces a más de diez centímetros del suelo, que contribuyan a eliminar las plantas anuales (vegetal que germina, florece y sucumbe en el curso de un año), protegiendo las perennes o vivaces (plantas que viven durante más de dos años); sobre todo si algunas de ellas contienen bacterias asociadas fijadoras de nitrógeno como los alverjones o altramuces (Lupinus hispanicus) y, además, son de porte bajo como los carretones (Medicago rugosa) ; estas y otras leguminosas (Fotos: bandas de vegetación), pueden llegar a suponer más de un 15% de una cubierta vegetal madura. En la mayoría de los casos, salvo en años excesivamente húmedos, tras realizar esta operación en varias ocasiones, el desbroce deja de ser necesario o, a lo sumo, alguno al final de la primavera –muy importante para que, antes de granar, no consuma el agua acumulada, que tan fundamental es para la larga etapa estival del clima mediterráneo, y devuelva los nutrientes a la tierra-, por tanto los gastos que genera son mínimos; especialmente cuando se establece una vegetación adventicia de porte bajo o rastrera, que no requiera mantenimiento, todo lo más, algunos cuidados o precauciones relacionadas fundamentalmente con el paso de maquinaria que, aunque resulta inevitable, puede hacerse estableciendo rodadas fijas o pasos alternativos –tratados en el apartado relativo a la compactación-. La combinación de esta práctica, junto a la utilización de determinados desechos de poda, tal y como se planteará en las medidas antierosivas, contribuye a la estabilización y enriquecimiento del suelo en mayor medida de lo que se puede pensar a priori.

En este planteamiento, como en otros, no puede perderse de vista que, ante todo, debe primar la rentabilidad; las medidas propuestas no pueden generar gastos añadidos que la reduzcan, y digo esto, porque existen prácticas que, aunque muy recomendables –sobre todo, al inicio de la transformación a no laboreo, en cubiertas de escaso valor, para favorecer su enriquecimiento, y recuperar el suelo de manera más rápida con el aporte de biomasa y nitrógeno-, podrían generar algunos gastos añadidos que no son necesarios si se sigue el proceso anteriormente descrito. Una de ellas sería la siembra selectiva en las calles de, por ejemplo, leguminosas (veza, yero, altramuz, esparceta, tréboles…), que, sin poner en duda su bondad, requiere realizar una siembra y una siega posterior, que implica un dinero y dedicación que sinceramente creo que no se rentabiliza -además de ser prescindible si se deja actuar adecuadamente a la naturaleza-. Ella, la naturaleza, ayudada por la siega o siegas de primavera, se encargará de reducir la proliferación de plantas anuales, y dará lugar a una gama herbácea donde, según los entornos, tengamos fijadoras de nitrógeno, poliníferas, nectaríferas –ambas muy convenientes para acoger insectos-, ricas en biomasa… o, varías funciones a la vez. Todas ellas, teniendo en cuenta que no resulten muy competitivas por el agua y que no entorpezcan la recolección, aportan muchas más ventajas que inconvenientes y ayudan a enriquecer el agrosistema (Ecoagrosistema). Otra práctica muy conveniente, pero rentabilizada tan solo en casos muy concretos, es la de pastorear o carear el olivar –el ganado, además de nutrir la tierra con sus excrementos, siega la hierba-, en este caso, salvo en situaciones donde el ganado se encuentra en la propia explotación o simplemente va de paso, su puesta en práctica resulta muy compleja; hay que tener en cuenta que muchas explotaciones están constituidas por varias parcelas, a veces muy distantes, realizar el careo en tiempo y forma –el pastoreo no puede ser excesivo o, corre el peligro de ser perjudicial por sobrepastoreo o por ramoneo- requiere un esfuerzo económico inasumible, habría que disponer del ganado -en propiedad o alquilado-, de la persona o personas encargadas de su cuidado y los medios de transporte necesarios para su traslado. No pongo en duda su conveniencia, tanto en otros ámbitos como es el de la prevención de incendios -últimamente se está retomando esta práctica ancestral para desbrozar y limpiar de maleza los bosques-, como cuando, si las circunstancias son apropiadas, combinarlo con la actividad agraria dando lugar a una explotación agropastoril (oveja, cabra, cerdo…) en la cual ambas economías se complementan, sin embargo, en general, su aplicación es, cuanto menos, dificultosa.

1.1.3. Marcos de la plantación.

Para llevar a cabo algunos de los planteamientos hasta ahora expuestos, especialmente una recolección temprana y rápida en pro de la calidad –una tendencia como veremos en aumento-, resulta imprescindible estructurar la parcela de tal manera que la distribución de los árboles, no solamente no impida, sino que tampoco dificulte, la realización de determinadas faenas asociadas al olivar. Por otra parte, en el caso de olivos de varios pies –u olivos con varias plantas, o como algunos prefieren, con varias “matas”- y en relación a la posibilidad de recolectarlos mecánicamente, debe ser considerada su conversión en plantas de un único tronco. Una posibilidad que no pretende cuestionar la conveniencia de las distintas modalidades de recolección, la recolección mecánica, con o sin `paraguas´ invertido, independientemente de sus ventajas e inconvenientes, es la única que permite reducir el tiempo de recogida, eludir en mayor medida la dependencia de mano de obra y, en consecuencia, aminorar los costos de recolección. El creciente adelanto y acortamiento de las campañas de recogida para la obtención de una materia prima en las mejores condiciones, obliga en cierto modo a buscar fórmulas que agilicen el proceso, aunque esto, según algunas voces críticas, pueda perjudicar a la planta frente a otros métodos menos agresivos.

Sin embargo, la longevidad de los olivos y el tiempo necesario para su puesta en producción impiden readaptarlos a toda una serie de cambios que, sobre todo desde mediados del siglo pasado, se han ido produciendo en las técnicas y operaciones de cultivo y recolección. El resultado es la convivencia de técnicas de cultivo modernizadas con estructuras de plantación que mantienen los mismos elementos desde hace décadas (marco de plantación, variedades, olivos de varios pies…). Incluso en plantaciones relativamente recientes, se han mantenido, en muchos casos, los mismos criterios tradicionales; esta tendencia ha sido rota, solo en los últimos años en un intento loable de adaptar la estructura de plantación a las nuevas modalidades de cultivo.

En plantaciones tradicionales era normal distribuir, en marcos normalmente cuadrangulares o al tresbolillo, entre 60 y 110 plantas por hectárea. Teniendo en cuenta que las mismas contaban con dos, tres o hasta cuatro troncos u olivos por planta en, por ejemplo, hectáreas de 90 plantas con tres troncos pueden existir hasta 270 olivos; en general, entre 200 y 350 según la densidad y el número de pies por planta. La concentración de varios olivos en el mismo espacio presentaba ciertas ventajas para el modelo tradicional: dejaba libre más superficie de la parcela para quemar el ramón o para realizar siembras, facilitaban el vareo manual, permitían hacer renovaciones del ramaje sin afectar a la producción, e incluso, la siembra de distintas variedades en una misma parcela, `garantizaba´ la producción anual... Sin embargo algunas de estas ventajas se convierten en inconvenientes para determinadas faenas actuales, sobre todo aquellas relacionadas con la recolección.

Por todo ello, en la actualidad la estructura se está modificando radicalmente, dando lugar a distintos marcos que, con distintas medidas, pero un solo tronco, pretenden el mismo objetivo, es decir, facilitar la mecanización de la recogida. Desde mi punto de vista, el ideal es aquel que sitúa una línea de olivos de un solo pie perpendicular a la pendiente, por pequeña que esta sea, con una separación de entre 5 y 7 metros; la siguiente línea, paralela a la anterior, debe encontrarse a una distancia mayor de 10 metros y menor de 12; los olivos de las lindes deben tener una separación similar a la establecida para la línea más densa y paralela a la pendiente, dejando un claro sin olivo en ambos extremos de la misma para el paso de maquinaria, que debe ser siempre perpendicular a la pendiente, siguiendo la calle más ancha con un recorrido zigzagueante (Dibujo 1).  Hay que tener en cuenta, que esto último es sumamente importante para reducir la compactación y no establecer rodadas en sentido paralelo a la pendiente; todas las faenas que requieran maquinaria pesada, pueden realizarse recorriendo en zigzag las calles anchas, incluso, para determinadas faenas, estableciendo calles de paso alternativas, como se ha tratado anteriormente en lo referido a la compactación.

Esta estructura con olivos de un solo pie y marcos rectangulares de 5-7 x 10-12, y una dirección de la calle más ancha perpendicular a la línea de pendiente –muy importante, sobre todo, en pendientes superiores al 8% o 10%-, permiten, por una parte, establecer una franja de vegetación que, además de todas las ventajas comentadas, ofrece un importante obstáculo antierosivo (en el apartado correspondiente, se verán otras medidas interesantes al respecto) y, por otra, aumentar la superficie de captación de energía solar por parte de las hojas de los olivos al ocupar estos una parte importante de la superficie de la parcela, aproximadamente el 50%. Esta medida debe ser complementada con una poda que persiga el mismo objetivo, es decir, exponer el máximo número de hojas o superficie foliar a la energía procedente del Sol, ventilando de esta forma la planta, para evitar en la mayor medida posible plagas y enfermedades –en el caso, por ejemplo del repilo, se trata de una de las mejores medidas preventivas-. Todo ello, a su vez, procurando dejar suficiente follaje para que la planta no quede expuesta a las inclemencias meteorológicas (frío, insolación…), no obstante, reconozco, el equilibrio es difícil. A su vez, como veremos en lo relativo a biodiversidad, permite aprovechar determinados espacios para que, la acumulación restos orgánicos convierta la parcela en un lugar `adehesado´ atractivo a especies animales; amén de otros beneficios. Todo ello además, sin olvidar el propósito principal, la posibilidad de mecanizar la recogida facilitando las posibilidades ofrecidas por maquinaria recolectora que, año tras año incrementa su sofisticación.

Evidentemente, no todas las parcelas tienen una geometría adecuada para aplicar esta `fórmula general´, algunas requieren adaptar este planteamiento, manteniendo en la medida de lo posible, los principales objetivos con relación a la erosión, la recolección, la compactación, la captación de luz y la biodiversidad. Me refiero, por ejemplo, a parcelas alargadas en el sentido de la pendiente formando un rectángulo en el que su lado corto, de no más de 25 o 30 metros, no permite insertar más de tres filas de olivos (Dibujo 2). En este caso, las calles de paso necesariamente tienen que discurrir en el sentido de la pendiente, intentando subsanar los efectos de las rodadas, distribuyendo adecuadamente restos del desvareto por las mismas.

Sin embargo, me parece un auténtico error disminuir las medidas propuestas arriba, si la calle más ancha, la perpendicular a la pendiente, se estrecha en la búsqueda de un mayor aprovechamiento superficial, si el ruedo de un olivo se superpone con los adyacentes, si estos se mantienen limpios para facilitar la recogida… los efectos erosivos a largo, medio e incluso corto plazo, sobre todo en pendientes pronunciadas, resultarán muy contraproducentes. Del mismo modo, la ausencia de vegetación, tendrá todos los efectos perniciosos que, repetidamente, se están tratando aquí. Solo llego a entender los marcos tan estrechos si en la totalidad de estos suelos, ignorando las aceitunas de suelo, y en ausencia de herbicidas, se práctica el desbroce mecánico. Resulta descorazonador observar un número creciente de parcelas donde los marcos estrechos, el herbicida y la pendiente (no necesariamente pronunciada) se han coadyuvado dando lugar en pocos años a terrenos en onda u ondulados en los que el olivo se sitúa en la cresta de la misma, dando lugar a una sucesión en miniatura de `montes´ y `valles´. De esta forma el agua de lluvia al no encontrar ningún obstáculo discurre periódicamente por estos pequeños valles, hasta profundizar en exceso. Sin pretender ser agorero, entiendo que estas parcelas perderán de manera irreversible una parte de su suelo, reduciendo sustancialmente su fertilidad y empeorando su transitabilidad; todo ello, siempre según la intensidad y periodicidad de las lluvias, en un corto espacio de tiempo. Estas estructuras de plantación, por tanto, resultan poco recomendables para aquello que quieran que sus hijos –no digamos sus nietos-, reciban la o las parcelas en las mejores condiciones. Es, desde mi punto de vista, una de las peores decisiones agronómicas que se están llevando a cabo en los últimos años, los resultados ya son visibles, basta observar algunos parajes.

Todo lo dicho hasta ahora, es aplicable a parcelas en las que se establece una nueva plantación a partir de la eliminación de la anterior o, sobre aquella otra, que anteriormente no ha sido dedicada a olivos. Pero, qué pasa cuando existe una plantación de olivos nuevos, digamos de menos de 80 o 90 años, con un marco tradicional y plantas de varios pies. En la mayoría de los casos, pueden ser adaptados y rectificados, hasta conseguir una estructura casi similar a la de los olivares de nueva creación como los descritos. El proceso es algo complejo y cuenta con muchos detractores, pero entiendo que resulta una alternativa interesante para el olivar tradicional. La mayoría de los marcos del olivar tradicional son cuadrangulares, generalmente cuadrados, con distancias entre plantas que van desde aproximadamente los 10 a los 14 metros. Esta situación permite insertar una nueva planta, nunca al tresbolillo, en la hilada de olivos perpendicular a la pendiente, consiguiendo de esta manera, un marco muy parecido a los propuestos para las nuevas plantaciones (Dibujo 3). El proceso conlleva cierta complejidad, debido a la conveniencia de transformar los olivos existentes, generalmente de varios pies, en olivos de un solo pie. Para ello, hay que empezar por seleccionar el pie más adecuado para, a partir de ese momento y tras varias podas, ser trasformado en un olivo de un pie para facilitar la recolección mecánica. La `operación´ podría realizarse en un solo año, pero es recomendable realizarla paulatinamente para, por una parte no perder cosecha –los pies no seleccionados van siendo eliminados poco a poco, a medida que interrumpen el desarrollo del seleccionado, sin dejar de producir, hasta ser eliminados definitivamente- , y por otra, redirigir convenientemente la formación del único pie del `nuevo´ olivo. El tiempo necesario para ello oscila en torno a los seis años, a lo largo de los cuales irán creciendo los plantones insertados en la línea; aunque debido a la ocupación del suelo por las raíces de los más viejos, el crecimiento es más lento (no obstante, se agiliza conforme se van eliminando los pies de los olivos viejos y sus raíces dejan de competir con la nueva planta). La acción no está exenta de inconvenientes, en ocasiones, el pie seleccionado, no responde a la fisonomía más adecuada para ser `vibrado´; por otro lado, una vez finalizado el proceso, contaremos en la misma parcela con olivos de edades diferentes y, por tanto, con troncos de distinto grosor. En cualquier caso, la nueva disposición contaría con las ventajas propias de los olivares de nueva plantación ya vistos. Se trata de una alternativa que pretende adaptar la explotación a la recolección mecanizada para disminuir el tiempo de recogida y el coste de la misma, permite la conservación de parte de la plantación –incluyendo plantas interesantes por su variedad o longevidad- y, en consecuencia, no deja de ser totalmente improductiva.

Puede que esta alternativa no resulte atractiva, en cuyo caso, si se quiere renovar hay que eliminar la totalidad de las plantas de la parcela; en este caso, y desde mi punto de vista, se cometen ciertos errores que contradicen abiertamente la `filosofía´ agronómica que aquí se defiende. La práctica más extendida es aquella en la que se quema o se retira toda la biomasa existente con anterioridad, la correspondiente a los olivos a eliminar; el ramón es quemado, la leña retirada y el suelo es desfondado con labores superiores a los 40 centímetros para hacerlo más permeable, destruir raíces y airear las capas más profundas . De esta forma, eliminamos una materia orgánica mediante la combustión –este fuego perjudica de manera importante el suelo matando microorganismos y organismos muy convenientes- que, triturada, protegería un suelo que durante algunos años, no va a recibir otros aportes debido al escaso porte de los nuevos plantones; estos restos –humidificados-, junto al manejo adecuado de la vegetación adventicia, generarían un acolchado o mulching muy conveniente. La leña, debidamente troceada, si no va a dársele otros usos, puede ser amontonada en aquellos espacios que no obstaculicen el trasiego necesario en la nueva plantación, creando con ello depósitos a largo plazo, sobre todo de calcio, que además cumplirán otras funciones ya descritas; en este caso, hay que tener en cuenta la época del año en que la proliferación de plagas asociadas a la madera no perjudique a la nueva explotación ni a las limítrofes. Otra opción que además evita el riesgo anterior, sería la realización de hoyos donde acumular estos restos que, tapados con posterioridad, se convierten en espacios de acumulación de agua y compostaje lento. No obstante la opción, quizá, más conveniente sería aquella que posibilitara triturar la totalidad de los restos.

Por otro lado, con el desfonde se rompe la estructura física del suelo en un intento de aireación y descompactación poco efectivo en el medio y largo plazo, ya que con el paso posterior de maquinaria, se vuelve a compactar rápidamente. Si se mantiene su estructura y lo protegemos siguiendo las recomendaciones tratadas con insistencia en esta página, trabajamos a más largo plazo desde una óptica conservacionista. En consecuencia, el hoyado para ubicar las nuevas plantas, debería ir precedido del triturado de los ramones y el troceado de los troncos que, apartados temporalmente serían restituidos en forma de pequeños montones o enterrados; por ejemplo a aquellos espacios de aproximadamente seis metros que quedarían entre los olivos de la fila más densa perpendicular a la pendiente –se trata también de una forma indirecta de obstaculizar el paso de maquinaria en el sentido de la pendiente-, pudiendo, en su caso, ser retirados o, si es posible triturados, cuando obstaculicen la recolección. A partir de este momento, y si la meteorología lo permite, se debe ser, especialmente cuidadoso, en pro de la formación de una cubierta vegetal que, en la mayoría de los casos, garantizará la estabilidad del suelo.

Independientemente de estos ejemplos utilizados para ilustrar las muchas maneras de organizar una explotación con vistas a alcanzar un grado de mecanización aceptable, cada parcela presenta unas particularidades que la hacen única y, por tanto, la adaptación debe ser `personalizada´. No se trata de fórmulas inamovibles, se trata de crear parcelas o regenerar otras, persiguiendo una rentabilidad en la recolección, sin renunciar al resto de los planteamientos agronómicos; un “adehesamiento ordenado”.

También en la nuevas plantaciones `superintensivas´ pueden adoptarse ciertas prácticas en la línea defendida. No obstante, cuenta con algunos detractores. Quiero terminar este apartado, reproduciendo una cita de Manuel Pajarón acerca de las nuevas plantaciones en seto: «Últimamente están tomando cierto apogeo (están de moda) las plantaciones en seto, superdensas, con variedades precoces, de rápida entrada en producción, que llegan a tener hasta dos mil árboles por hectárea. Además de alcanzar en los primeros años (mientras las plantas son chicas y no se sombrean) unos niveles productivos impensables con otras densidades, permiten la mecanización integral de la recolección con máquinas similares a las vendimiadoras, de tal forma que una sola persona puede recolectar en un día seis o siete hectáreas. Aparentemente no se puede competir con ellas. Pero, aparte de para el vivero, las cuentas no están claras, ni aun manejando en exclusiva términos monetarios (dejando a un lado los posible efectos ambientales). La vida productiva de la plantación es muy corta, no hay datos más allá de los doce años, los costes de implantación multiplican por cuatro los de una plantación de densidad normal (300 árboles/ha), las intervenciones de poda deben ser continuas, los problemas de enfermedades y plagas se agravan… La cuestión es que, con todos los datos en la mano, ni siquiera soportan un análisis riguroso de viabilidad económica a medio plazo.»

1.1.4. Aportes y tratamientos.

Para las empresa dedicadas a la elaboración y comercialización de productos químicos de síntesis utilizados con distintos fines en la agricultura, en concreto en la del olivo (fitosanitarios, abonos…), existe un objetivo prioritario -como por otra parte sería el de cualquier empresa que se precie- que es la venta de su producto; para ello, no dudará en utilizar los medios necesarios para disuadir a los posibles compradores (Entrevista. “Un psiquiatra en pie de guerra”). Aunque, evidentemente, no puede generalizarse esta afirmación, como en todo habrá de todo.

La dificultad está en ver lo que realmente se necesita, seguramente menos de las necesidades estimadas por los que componen la cadena de distribución. Sin embargo, si dejamos o propiciamos que la propia naturaleza se encargue de algunas de las funciones -el olivar es un cultivo susceptible para este propósito-, estaremos eliminando parcialmente algunas de estas necesidades y, por tanto, los costes derivados de las mismas y, en algunos casos, los perjuicios de los excesos. Tiende a pensarse que la supresión de ciertos tratamientos, está asociada a la conversión de convencional en ecológico, sin embargo, la moderación fitosanitaria debe estar respaldada por motivos económicos y agronómicos, no solo por los propiamente normativos que impone la legislación. No necesariamente debe producirse una modificación de la lógica fitosanitaria exclusivamente en el caso del olivar ecológico, también en el convencional pueden producirse modificaciones que, sin alcanzar los requisitos necesarios para la certificación, conlleven otras implicaciones convenientes.

En cualquier caso, y en primer lugar, debe quedar claro, que el abonado o el tratamiento foliar, no debe realizarse de forma indiscriminada y siguiendo una periodicidad independientemente de la necesidad; no se debería, por ejemplo, usar venenos contra plagas que no lo son, por si acaso, o abonar aun a costa de dar lugar a un exceso de uno o varios componentes, siendo peor el remedio que la enfermedad. En definitiva, hay que racionalizar con información, a ser posible, adecuada, y basada en datos técnicos (Agricultura de precisión). No es este un proceso fácil, sobre todo en aquellas explotaciones parceladas en exceso, sin embargo, debería imponerse progresivamente en busca de una mayor rentabilidad –disminución de insumos o bienes (abonos, fitosanitarios…) empleados para producir otros bienes (aceite)-, a la par que una mejora medioambiental e incluso agronómica; por cierto, los dos objetivos prioritarios desde la lógica de esta página. En principio, por ejemplo, no tendría mucho sentido el uso de herbicidas residuales, el abuso del nitrógeno en formas solubles o de los insecticidas poco o nada selectivos, entre otros.

1.1.4.1 Aportes.

Con el abonado se pretende tener un suelo donde al árbol obtenga todo lo necesario para su desarrollo y productividad. En definitiva, un suelo equilibrado que contenga en la proporción adecuada los componentes minerales y no minerales. Pero lograr esto es complicado por distintos motivos, no todos los suelos tienen las mismas características, ni se desarrollan en el mismo ambiente.

Desde mi punto de vista, antes de plantearnos qué tenemos que aportar al suelo del olivar, debemos conservar lo que ya hay y tratar de generar en el propio terreno aquello que nos permita la naturaleza. Si se simplifica en exceso el ecosistema del olivar, eliminando todos los componentes que, en vez de ser considerados como auxiliares, tienen consideración de competitivos y, por ello, perjudiciales, crearemos un sistema muy dependiente que requerirá importantes aportes externos para mantener su productividad, además de hacer un `flaco´ favor al medio (Ecoagrosistema).

Para hacer esto posible tenemos inevitablemente que actuar en varios sentidos, teniendo en cuenta que las medidas adoptadas son complementarias entre sí y que un suelo degradado (desestructurado y con escasa actividad biológica), no es capaz de transformar las aportaciones realizadas en nutrientes para el cultivo:

-En primer lugar, debe evitarse a toda costa la pérdida de lo que ya hay mediante actuaciones que tiendan a estabilizar el suelo. Debe reducirse al mínimo los efectos de la erosión, tanto hídrica como eólica -no solo se pierde suelo con la escorrentía, la arrollada u otras formas de erosión superficial, aun siendo esta la fundamental-, también el viento sobre suelos desnudos y disgregados realiza una importante labor erosiva eliminando, en ambos casos, una parte esencial del mismo. En este sentido, las posibilidades que se plantean en el apartado relativo a la erosión, donde serán tratadas más extensamente, sirven para ambos fenómenos, y como otros asuntos, también aquí, el no laboreo es determinante e imprescindible. De esta forma, si conseguimos estabilizar nuestro suelo, estaremos evitando la salida de elementos que de no ser así, más tarde o más temprano tendremos que reponer; es más, mediante ciertas medidas muy poco costosas y fáciles de realizar, es posible frenar la escorrentía y acumular sedimentos procedentes de otras zonas erosionadas, teniendo en cuenta además, que puede invertirse los efectos del viento y, en vez de arrastrar partículas, depositarlas.

-En segundo lugar, la parcela puede convertirse en un `sistema´ generador de nutrientes si se aprovechan las posibilidades que brinda la propia naturaleza. Las aportaciones energético-nutricionales que pueden proporcionar la vegetación espontánea, la fauna y microfauna asociada a la misma o al propio suelo y los restos orgánicos consecuentes (Ciclo de los nutrientes. Cadenas tróficas), son innumerables y en muchos casos, poco conocidos. Se trata en definitiva, de crear un marco atractivo para todos estos elementos, y, para ello, nada mejor que -sin perjudicar a la planta principal, el olivo- construir un escenario propicio. Para ello, son muy convenientes algunas otras iniciativas que se han tratado en relación con la resolución de otros problemas (acolchado, cubierta vegetal, compactación, humidificación…) o algunas otras que quedan por proponer en relación, por ejemplo, al control erosivo; todas ellas contribuyen a complejizar el agrosistema, enriqueciéndolo y haciéndolo menos dependiente (Ecoagrosistema). Por ejemplo, como ya se verá, el uso de los restos de poda, para el freno de la erosión, además de generar nichos ecológicos que son el alberge de cierto tipo de fauna, protegen el suelo a modo de espesos acolchados; en este sentido, las acumulaciones de restos orgánicos (Fotos: refugios), generalmente procedentes de la poda, en lugares que no entorpezcan el paso de maquinaria, además de ser un refugio faunístico muy agradecido para muchas especies, mantienen la humedad por mucho más tiempo, y son lugares de compostaje en los que depositar regularmente parte de los restos orgánicos referidos –no todos, hay que triturar una parte importante, no tendrían cabida; además triturados, cumplen otras funciones y, aunque no son muy ricos en nutrientes, son una fuente importante de materia orgánica y contribuyen a la formación del acolchado, que tan conveniente resulta a los suelos-. De esta forma, intensificamos la actividad vital en la parcela, ofrecemos un lugar `paradisiaco´ a animales cercanos para que nos visiten, coman, o sean comidos, excrementen, caben, y quizá, algunos, decidiendo establecerse -siendo por supuesto, bienvenidos-, nos harán un gran favor, que nosotros deberíamos agradecer, haciendo lo más agradable posible su estancia en beneficio de ellos, de nosotros y, los más importante, de la naturaleza. Es muy agradable observar como esta especie de adehesamiento ya referido, producto de las actuaciones que se están proponiendo, ofrece refugio, en el sentido más amplio de la palabra; y más agradable aún, contemplarlos con discreción cuán si se tratase de un ecosistema natural; no puedo entender, aunque lo `respeto´, que matarlos resulte placentero..., o lo que es peor, declararle la `guerra´ a los depredadores –muchos de ellos protegidos y en peligro de extinción- de las piezas de caza (búhos, águilas, zorros…, incluso reptiles, que tan convenientes resultan al agrosistema); una práctica muy extendida, e incluso auspiciada desde distintos ámbitos que, junto al deplorable `trampeo´, tanto daño hacen al ecosistema. No obstante, la sociedad en general y el mundo rural en particular, las acepta y las consiente permitiendo incluso a los individuos que las desarrollan vanagloriarse públicamente de sus `hazañas´. Una sociedad madura, medioambientalmente hablando, cuanto menos, obligaría a estas personas mediante el rechazo a mantener en secreto sus actuaciones bajo pena de oprobio social; las autoridades por sí solas se muestran incapaces de erradicar estas conductas delictivas.

-En tercer lugar, ya ha quedado dicho en la información adicional referida al ciclo de los nutrientes que lo realmente aprovechable desde el punto de vista comercial, el aceite, supone entre un 15 y un 30 % aproximadamente de la aceituna. Se trata de un elemento poco importante desde el punto de vista nutricional, ya que su composición esencial, está constituida por carbono, oxígeno e hidrógeno –elementos obtenidos en la fotosíntesis-; los elementos importantes se eliminan a través del orujo, el alpechín o en almazaras con maquinaria de dos fases, el alperujo o alpeorujo –buen fertilizante por su alto contenido en materia orgánica, pH un poco ácido, bajo contenido salino, relación C/N alta, rico en potasio, menos rico en nitrógeno y bajo en fósforo-, elementos de desecho que son eliminados sin plantear su reposición, al igual que los restos de hojas y tallos que van mezclados con la aceituna. Sería ideal poder recuperar tanto los nutrientes como la materia orgánica que dichos elementos constituyen, que por cierto, sería la casi totalidad de los sustraídos al olivar con la cosecha. Aunque en contra de lo que pueda parecer, no es tarea fácil; por una parte porque requeriría una organización e infraestructura adecuada para el compostaje –que parece ser la manera más adecuada, tanto en pequeñas pilas como en plantas de compostaje, y previa a su retirada para ser devuelto a la parcela-, por otra, porque el tratamiento de estos elementos (alpechín, orujo, alperujo, hojas, tallos…), requiere aún investigar en las técnicas más adecuadas para su aprovechamiento optimo. En cualquier caso, en la actualidad sería posible combinar estos productos de desecho –a veces incluso, su retirada, supone un coste añadido para las almazaras-, especialmente al alperujo con las hojas y tallos, hasta conseguir un compost que contiene prácticamente todos los nutrientes minerales de la aceituna, y, de esta manera reponer lo sustraído o una parte importante de los sustraído. Sería interesante compartir las muchas experiencias que se vienen realizndo en este sentido que, unidas a la voluntad de llevarlas a cabo por parte de los distintos agentes implicados (cooperativas, entidades privadas, gestores políticos…), posibilitaran su aprovechamiento. Se trata de un recurso propio y cercano que, una vez compostado, puede ser usado tanto en el olivar como en otros cultivos.

Una vez agotadas todas estas posibilidades (reducción de salidas, aportes orgánicos…), es evidente que una parte importante de la reposición nutricional quedaría cubierta, no sabría decir en qué medida, sería cuestión de realizar las comprobaciones pertinentes a través de la evaluación de parámetros químicos y físicos (análisis de tierra, análisis foliares, actividad microbiana…), o bien a través de la simple observación (mantenimiento de la producción, apariencia externa de la planta, presencia o ausencia de determinadas herbáceas…). Lo que sí estaría claro, es que todos estos componentes, generados en el olivar o repuestos, serían abonos orgánicos o naturales con todas las ventajas reconocidas sobre los químicos, y que, si bien hubiese que complementar la parcela o parcelas con abonos orgánicos o inorgánicos, la cantidad sería significativamente inferior, reduciéndose, en consecuencia, los gastos. Teniendo en cuenta, además, que algunos componentes pueden ser más perjudiciales en exceso que en defecto –se deben evitar los excesos, pues fuera de ciertos umbrales los aportes suplementarios no solamente no tienen ningún interés económico, sino que pueden ser tóxicos para las plantas (en particular los oligoelementos), y de dañar el entorno- (Ciclo de los nutrientes. Cadenas tróficas). Por ejemplo, el exceso de nitrógeno –la normativa de agricultura ecológica limita a 170 kg el nitrógeno empleado por hectárea- y otros componentes químicos usados en la fertilización (Artículo N. Geographic. "Un planeta fertilizado". Mayo 2013) tiene muchas contraindicaciones, entre las que pueden destacarse las siguientes:

  • Uno de los más citados es el de la contaminación del agua potable o la eutrofización de las aguas, ya que si los abonos, orgánicos o minerales, son difundidos en cantidad excesiva para reponer las necesidades de las plantas y si la capacidad de retención de los suelos no es grande, entonces los elementos solubles llegan a la capa freática por infiltración, o hacia los cursos de agua por arrastre. Efectos, por ejemplo, ligados al ciclo del nitrógeno y la toxicidad de los nitratos en las aguas potables o al ciclo del fósforo, además de otros elementos nutritivos como el potasio, el azufre, el calcio u los oligoelementos.
  • Sobre la fertilidad de los suelos, su estructura, el humus y la actividad biológica.
  • Sobre la erosión.
  • Relacionados con la emisión de gases de efecto invernadero, sobre todo con la degradación de los abonos inutilizados, con los contaminantes emitidos por la industria de producción de abonos y con el uso de energía no renovable por parte de esta.
  • Presencia de metales pesados (cadmio, arsénico…) y elementos radiactivos (fosfatos, purines…).
  • Sobre los parásitos en las cultivos. En este sentido, por ejemplo, el exceso de nitrógeno predispone a la planta en mayor medida al ataque del repilo, la cochinilla de la tizne o la verticilosis, como medida preventiva, se recomienda no abusar de los abonos nitrogenados y sustituirlos por abonos orgánicos y verdes.
  • Diminución de la calidad de los productos agropecuarios y efectos perjudiciales sobre la salud.
  • Agotamiento de recursos minerales y efectos sobre el entorno relacionados con la intensificación de la agricultura.

En agricultura ecológica, se intenta conseguir un buen nivel de fertilidad manteniendo al mismo tiempo un buen nivel de materia orgánica. El estiércol o compost aplicado, preferentemente alpeorujo (entre 2.000 y 3.000 kg por hectárea si es cada tres años), de mineralización lenta, permite fertilizar adecuadamente. Este planteamiento, en sus dosis adecuadas, junto a las propuestas anteriores, la 1 y la 2, parece ser el menos costoso, y menos que sería aún si el compostaje de residuos de almazara, se hiciese de manera sistemática. Existen otras opciones que combinan estiércoles de distintas procedencias o compost comercial, también viables, aunque más costosas.

En cualquier caso, al final de todo el proceso, no solamente estaríamos evitando la erosión, aumentando la materia orgánica, mejorando su estructura y características físico-químicas…, sino también, obteniendo una producción rentable y competitiva, basada en un alto grado en recursos internos. A partir de aquí, será el agricultor en última instancia quien decida, una vez tomadas las precauciones descritas, el tipo de compuesto nutricional que más le conviene.

1.1.4.2. Tratamientos.

La explotación convencional del olivar se ha caracterizado y se caracteriza, en muchos casos, por el uso y el abuso de los métodos químicos (plaguicidas, fitosanitarios) que han dado lugar a graves problemas debido, entre otras cosas, a que han sido utilizados en muchas ocasiones en dosis excesivas, en periodos no recomendados o aplicados de manera inadecuada. Todo ello, unido a la pérdida de biodiversidad asociada al monocultivo y a otras prácticas poco recomendables, ha convertido muchas plagas en endógenas, fortaleciéndose e inmunizándose debido el empleo de las mismas materias activas; potenciado todo ello a su vez, por la desaparición de sus enemigos naturales. Por otra parte, las plantas, debido al exceso de abonado químico, especialmente el nitrogenado, crecen verdes y tiernas, pero muy débiles frente al ataque de las plagas. El agrosistema, en definitiva, se ha debilitado, y la solución no pasa por la intensificación de los tratamientos químicos; más bien, por la disminución progresiva de los mismos favoreciendo la recuperación de los equilibrios naturales entre plagas y depredadores (Ecoagrosistema). Está demostrado que un olivar equilibrado en este sentido alberga alrededor de un 15% de fitófagos considerados plagas, frente a más de un 50% de insectos beneficiosos (parasitoides, depredadores) a los que hay que sumar un aproximadamente 30% de insectos que, sin afectar al olivo, contribuyen a mantener la biodiversidad y el equilibrio natural (neutrales, polinizadores, descomponedores); en estos casos, es del todo innecesario el empleo de fitosanitarios (Ciclo de los nutrientes. Cadenas tróficas). En los olivares ecológicos no suele haber problemas excesivos con plagas salvo con la mosca del olivo (Bactrocera oleae). No obstante, existen métodos alternativos como por ejemplo, trampas muy efectivas que utilizan botellas transparentes a las que se les hace unos pequeños agujeros, por los que penetran la mosca. Se rellenan de una disolución de fosfato diamónico y se coloca una botella cada dos olivos. No obstante hemos visto otras formas de paliar sus efectos.

En definitiva, puede afirmarse que el problema deriva, en gran medida, de un equilibrio roto debido a la simplificación del agrosistema y a la destrucción de su entorno ecológico; si una especie prolifera convirtiéndose en una amenaza es debido a la reducción de biodiversidad animal y vegetal a que hemos sometido nuestras explotaciones, situándonos en un monocultivo extremo, donde el control de estas amenazas, como algo natural, pasa por el uso y abuso de plaguicidas tóxicos que matan indiscriminadamente y hacen aún más dependiente el sistema. La solución al problema está relacionada con todo lo planteado en esta página; el `adehesamiento´ propuesto, además de otros beneficios, genera biodiversidad, que no es ni más ni menos, que la existencia de especies diversas tanto animales como vegetales que, interactuando dentro del ecosistema-agrosistema, constituyen un sistema que permite la supervivencia y el equilibrio como parte fundamental del mismo. Considerando que las medidas resultan más efectivas conforme se incrementa la superficie que las ponen en práctica, a mayor superficie mayor equilibrio. 

No digo que este incremento de la biodiversidad sea la solución definitiva contra determinadas plagas que, como la mosca, son de difícil arreglo, pero, tampoco, utilizar medidas como los tratamientos aéreos de dudosa eficacia, además de indiscriminados. Hemos de tener en cuenta que la gran mayoría de organismos presentes en los olivares no son potenciales plagas, sino más bien, enemigos naturales de las mismas. Existen además distintos métodos alternativos para el control de las poblaciones de parásitos como las trampas de feromonas o trampas cromotrópicas; métodos biológicos comerciales a base de preparados con enemigos naturales de las plagas como el Bacillus thuringiensis contra los lepidópteros; además de otros productos minerales como el aceite mineral contra la cochinilla (Saessetia oleae), o el azufre contra la negrilla (Capnodium elaeophilum). Pero, incluso tratándose de un producto muy común en el tratamiento foliar contra el repilo (Spiloceae oleagina) como es el cobre, autorizado incluso para su uso en agricultura ecológica, su aplicación abusiva, también tiene contraindicaciones, ya que se trata de un metal pesado que puede acumularse en concentraciones no deseadas y su efecto como fungicida, afecta a los hongos asociados a las raíces de los olivos, las micorrizas.

Con relación a los tratamientos foliares con fines nutricionales, como abonos, la cosa no está nada clara, existen muchos posicionamientos al respecto que cuestionan los beneficios, dudan sobre su efectividad real y, en cualquier caso, no se pronuncian con rotundidad al respecto:

José Luis Sánchez en “El olivo, la verdadera verdad”, realiza apreciaciones muy interesantes sobre la fertilización, llegando a afirmar: «Me quedo anonadado cuando, algunos agricultores “adelantados”, que disponen de riego por goteo, me comentan que no añaden abono ni al suelo ni al agua porque son defensores del abono foliar. Seamos serios. Una cosa es que aprovechando los tratamiento fitosanitarios añadamos algún estimulante en el caldo, cuyo coste por olivo es mínimo; y otra cosa muy distinta, es pretender que esto sustituya la alimentación del árbol; es como si una persona en vez de comer diariamente, se pusiera, de vez en cuando, una inyección vitamínica. Hay quien me dice esto muy seriamente. Pues eso les digo yo: seamos serios, y tenga en cuenta la cuarta conclusión, el abono foliar no es más que un pequeño complemento, nunca un sustituto del fertilizante».

Carlos Navarro, en un artículo de lectura recomendable afirma que «La experiencia acumulada por el agricultor y la información de numerosos ensayos de campo realizados por Organismos de Investigación y Desarrollo y otras entidades han puesto de manifiesto que las respuestas obtenidas a las aplicaciones foliares han sido muy variables.»

Manuel Pajarón en la página 69 de su apreciado manual comenta: «En el cultivo ecológico que se hace hoy, se emplean con frecuencia abonos foliares –de origen natural (procedentes de algas, de cereales, o de residuos vegetales, generalmente) autorizados para su empleo en la “agricultura ecológica”- con intención de reforzar la nutrición de los árboles y obtener mayores producciones. Esta vía se situaría fuera de las consideraciones hechas hasta ahora, por lo que en principio el empleo de abonos en forma líquida por vía foliar, en el cultivo ecológico se justificaría únicamente como medida excepcional de socorro. Pero, hay que recordar que en la agricultura orgánica tradicional se han venido empleando bioestimuladores naturales, generalmente procedentes de plantas: y este es, precisamente, el principal efecto de los extractos de algas aplicados al olivar, la estimulación fisiológica por la acción de hormonas vegetales (citoquininas, principalmente) y de otros principios, no siempre bien conocidos, pero que influyen favorablemente sobre el crecimiento y la reproducción celular, por una parte, y que por otra parte incrementan, en general, la tolerancia de la planta a las condiciones adversas… Claramente justificables en las primeras fases de la transición del cultivo convencional al ecológico, no lo parece tanto –fuera de situaciones excepcionales- una vez alcanzado un grado suficiente de diversidad funcional… Al margen de estas consideraciones, esta práctica debería revisarse desde un punto de vista exclusivamente económico, pues no está nada claro que exista una respuesta productiva significativa en todas las situaciones (al igual que con muchos foliares empleados en olivicultura convencional)».

Puede decirse que existen tantos puntos de vista como pronunciamientos de especialistas en relación con la cuestión, de los que pueden extraerse solo algunas conclusiones generales:

  • Los fertilizantes foliares solo deben emplearse como complementos ante circunstancias excepcionales, no como base de la fertilización.
  • Su empleo debe basarse análisis foliares objetivos.
  • Un suelo equilibrado y bien estructurado desde el punto de vista físico-químico, evita e incluso hace innecesarios ciertos tratamientos.
  • En exceso, pueden tener efectos contraproducentes.
  • No todos los parajes plantas y suelos responden de manera semejante a las estimulaciones pretendidas.

A estas consideraciones agronómicas generales, ha de añadirse, en el caso del olivar, los problemas derivados del uso inadecuado sobre las aceitunas (suelo y vuelo) en periodos previos a la recolección, es decir, la posibilidad de paso de cierta materias activas al aceite, pudiendo verse rechazado por compradores exigentes o inmovilizado por inspecciones oficiales. Esta realidad, cada vez más tenida en cuenta por los productores, obliga a la toma de acciones preventivas que si son eludidas por algunos agricultores, bien por desconocimiento, bien por conveniencias de ciertas aplicaciones temporales (herbicidas, plaguicidas…), pueden tener serias repercusiones en la calidad y, en consecuencia, en el precio de venta. Una posibilidad cada vez más tenida en cuenta a la hora de decidir la conveniencia de ciertas aplicaciones y, sobre todo, de ciertas materias activas.

Por mi parte, no me siento capacitado para realizar afirmaciones rotundas en este sentido; más bien, me inclino por lo ya dicho en relación a otros muchos asuntos acerca de la búsqueda de recursos internos y medioambientalmente recomendables, para tratar de dar respuesta a los muchos interrogantes planteados. Por lo demás estoy seguro que cada lector obtendrá sus propias conclusiones. Lo que sí puedo confirmar empíricamente es que determinadas parcelas muy concretas en las que no se realizan tratamientos aéreos desde hace varios años, no difieren de las tratadas ni en producción ni en porte ni en vistosidad. Si acaso las no tratadas, seguramente por otras acciones muy en la línea de lo que aquí se promueve, tienen mejor apariencia. Yo por mi parte, invitaría a los que así lo deseen a suprimir progresivamente o a tratar solo circunstancialmente, siempre de modo experimental, ciertas partes de la explotación. Estoy seguro que si algunos me leyeran pondrían el `grito en el cielo´, sobre todo si tienen directa o indirectamente intereses empresariales… Prefiero que me juzguen personas neutrales con base científica, aunque me vapuleen por mi modesto atrevimiento.

1.1.5. Biodiversidad. No monocultivo estricto.

Aunque por definición, el monocultivo es un concepto opuesto al de biodiversidad, y el policultivo de autoabastecimiento, una práctica incompatible con nuestro actual sistema económico, una forma de paliar los daños medioambientales del monocultivo extremo estaría relacionado con la posibilidad de intercalar el cultivo elegido con especies naturales –animales y vegetales- que no solo no entorpezcan el proceso de crecimiento y producción del mismo, sino que lo complementen (erosión, control biológico de plagas, materia orgánica…). Aunque entiendo que esta posibilidad es más compleja en cultivos herbáceos, en arbóreos o arbustivos, es relativamente fácil. En cualquier caso el paisaje agrario raramente es totalmente homogéneo y permite muchas posibilidades en este sentido, se trata tan solo de aplicar cierta intuición para que el monocultivo no lo sea tanto.

La biodiversidad es esencial para el equilibrio del sistema (Ecoagrosistema), por ejemplo, en lo referido a la restitución del equilibrio faunístico ante el incremento desmedido de alguna especie, que pueda traducirse en una plaga contraproducente para el cultivo. En este sentido, a medida que el agrosistema es más complejo, es menos dependiente y frágil, o lo que es lo mismo, contiene, además de la especie elegida, una variedad importante de organismos animales y vegetales -que, no solo no entorpecen el desarrollo del cultivo, sino que actúan como auxiliares y complementarios-, interactuando entre sí, como ocurre en los verdaderos ecosistemas. Aunque un olivar nunca puede ser un ecosistema natural en sentido estricto, ya que entonces perdería su razón de ser, puede enriquecerse, ecológicamente hablando, hasta reducir al mínimo -nunca totalmente- los efectos de los desequilibrios que se producen en la agricultura convencional y que dan lugar a una dependencia creciente de los fitosanitarios.

En el caso de los insectos causantes de determinados desperfectos en el fruto del olivo o alguna de sus partes, tales como la mosca, el prays, la cochinilla de la tizne, el algodoncillo, la euzofera…, en la mayoría de los casos se trata de organismos nada recientes, todo lo contrario, proceden de una evolución de millones de años. Conviven con este de manera natural y, en muchos casos, están asociados a su depredador o depredadores, que también poseen una adaptación ancestral. Pues bien, si para la eliminación de uno de estos huéspedes tratamos sistemáticamente -incluso cuando no se trata de una plaga, sino la mera presencia del mismo, como ocurre en gran número de ocasiones- con productos tóxicos poco selectivos, eliminamos no solo el organismo `agresor´, sino también sus depredadores naturales, convirtiendo el proceso en un `círculo vicioso´ que, no solo no eliminará la especie indeseada, sino que la hará menos vulnerable y, en consecuencia, junto a la disminución de las especies `buenas´, el problema cada vez requerirá de un aumento de la periodicidad e intensidad en los tratamientos. Algo parecido ocurre cuando eliminamos el hábitat natural (vegetación, refugios naturales…) de los organismos beneficiosos, la mayoría por cierto (Ciclo de los nutrientes. Cadenas tróficas).

Existen multitud de ejemplos para ilustrar este planteamiento que pueden ser consultados en publicaciones especializadas, uno representativo y a su vez preocupante, es el de la euzofera, la larva de la mariposa que se introduce en la corteza de las ramas provocando la muerte de una rama o del pie completo, y que, hasta hace bien poco, no causaba daños de importancia. Esta larva no tiene ningún depredador conocido entre los insectos, sin embargo, determinadas aves como el agateador común (Fotos: fauna olivar. Aves), cuyas poblaciones han descendido vertiginosamente en los últimos años, la mantenían `a raya´. Para estas y otras aves, quizá, ya no sean determinados olivares un refugio adecuado por la pérdida de la referida biodiversidad y por el ataque a que son sometidos aquí y en otros lugares por los que se desplazan -incluyendo su caza con `trampas´ que, aunque resulta difícil de creer, todavía hoy sigue siendo una práctica extendida-. Por su parte, recientes estudios llevados a cabo en la provincia de Granada, demuestran como el parásito Myopites stylata pone sus huevos en las cabezas de las flores de Inula viscosa (Fotos: vegetación olivar), también conocida como hierba mosquera (Dittrichia viscosa, sin. Inula viscosa). Las larvas se desarrollan y pueden permanecer hasta el final de la floración años. La primavera siguiente, los insectos salen de las chimeneas de la hiel. Estas agallas, son parasitadas por un insecto polífago (Eupelmus urozonus) que en las regiones del Mediterráneo es uno de los agentes más importantes del control natural de la mosca del olivo (Bactrocera oleae). El mantenimiento de reductos de esta planta, puede ayudar a controlar esta plaga.

Son muchas las bondades de esta, deseada por muchos, biodiversidad, y aún más que quedan por descubrir; en cualquier caso, y en definitiva, la variedad es la clave del equilibrio biológico y, si esta se lleva a cabo de un modo generalizado, estoy seguro que será la naturaleza, la encargada de poner en su sitio a cada especie. Las conclusiones que en este sentido han aparecido relativas a la importancia de este factor, están muy limitadas, pues los reductos estudiados en los que en su manejo está presente la sensibilidad medioambiental, están rodeados de monocultivo estricto muy simplificado, que lógicamente, interactua transfiriendo sus efectos negativos a estos `oasis´.

Simplemente realizando algunas de las recomendaciones ya planteadas, estamos generando biodiversidad o diversidad de vida, no obstante, pueden ser acompañadas de otras medidas relacionadas con la vegetación dentro y alrededor de la parcela y, por supuesto en el entorno más o menos inmediato a la misma:

-Dentro. El acolchado, la cubierta vegetal herbácea, la descompactación, etc., son manejos que contribuyen a alcanzar el objetivo deseado; sin embargo, en pro de la diversidad, pueden adoptarse otras actuaciones (ya planteadas desde otra perspectiva, aunque complementaria, en al apartado referido al abonado, por tanto, como otras muchas practicas propuestas, cumplen varias funciones). Me estoy refiriendo a la creación de `refugios´ que, a la misma vez que protegen el terreno que cubren, generan materia orgánica compostada y, en lugares apropiados, son reductos de vegetación, permitiendo a una variada fauna, disponerde un lugar apropiado para protegerse (Fotos: Refugios). Para que no resulten contraproducentes ni entorpezcan las faenas, deben situarse en aquellos lugares que no deban ser transitados, además, si se toman en serio las medidas anticompactación, pueden ser entendidos como obstáculos para impedir que la maquinaría se desplace por determinados lugares. A su vez, si se coloca en el centro de los mismos posaderos con un poste o rama seca les sirve a las rapaces, tanto diurnas como nocturnas, de `oteadero´ y pueden ser muy convenientes para equilibrar el exceso de roedores y conejos (Consejería de Agricultura, Pesca y Desarrollo Rural. Producción ecológica. Producción. Agricultura ecológica. "Las aves y la agricultura").

En muchos casos también existen parcelas que contienen espacios no cultivables -bien por la pendiente, bien por el sustratoedáfico-, que merece la pena proteger; pueden aportar múltiples beneficios. Estos deben ser considerados como espacios complementarios desde el punto de vista agronómico, aunque también medioambiental y paisajístico, que merecen ciertas actuaciones destinadas a consolidarlos e incluso recuperarlos mediante la reforestación con especies autóctonas. Es una de las medidas que mejor puede contrarrestar los efectos del monocultivo estricto, sobre todo en aquellos parajes donde la existencia de estos `oasis´, es abundante. En este sentido, es mucho más difícil encontrarlos en las grandes extensiones de olivar, como las propias de las campiñas de Jaén y Córdoba, que en los olivares de las serranías donde, en la mayoría de las ocasiones, conservan una gran riqueza vegetal, de alto valor ecológico. No obstante, precisamente por lo dicho, debiera tratarse de una prioridad en aquellos lugares donde un paisaje monótono de olivos hace rara la presencia de espacios de esta tipología.

Una mención aparte dentro de este capítulo, merecen las posibilidades que desde esta y otras perspectivas (erosión), ofrecen las zonas limítrofes entre parcelas, ya que, si las circunstancias lo permiten -no impidiendo el tránsito o la realización de determinadas faenas-, pueden ser convertidas en espacios-refugio a la vez que barreras contra la erosión; pueden verse algunos ejemplo en la galería de fotos  dedicadas a las albarradas vegetales (Fotos: albarradas vegetales). No se trata de convertir los olivares en espacios tipo bocage, con la existencia de delimitaciones excesivas desde el punto de vista vegetal, más bien, y siguiendo el planteamiento propuesto, de aprovechar los espacios pertinentes, para realizar una combinación adecuada de restos de poda y vegetación herbácea en pro de la biodiversidad, la erosión, la evaporación, la compactación, el acolchado, la humidificación… Se trata de retazos de vegetación natural en los bordes del cultivo que, junto a la cubierta herbácea y otros elementos ya descritos, estimulen las potencialidades internas del agrosistema.

-Fuera. La existencia de masas vegetales en el entorno, o no, repercuten de forma determinante en la diversidad total existente. En este caso, pueden ser utilizados los mismos criterios usados para las zonas incultas existentes dentro de las parcelas. Su puesta en valor como ya se ha dicho, tiene repercusiones paisajísticas, medioambientales y agronómicas, constituyendo verdaderos `oasis´ de vida (Fotos. Reductos vegetales). También aquí, las zonas de campiña presentan una marcada diferencia con las serranías, por tanto, en las primeras es urgente la conservación y recuperación de los pocos o muchos reductos existentes mediante las medidas planteadas; en las segundas debería aprenderse a valorar y potenciar sus bondades. En muchos casos, tan solo dejándolas tranquilas estamos haciendo mucho, la naturaleza pacientemente se encarga de lo demás; para ello resulta indispensable, por ejemplo, el establecimiento de `moratorias´ frente al pastoreo indiscriminado, sobre todo, si se ha realizado alguna actuación de repoblación. Afirma en esta línea Manuel Pajarón: «La diversidad se restaura desde la base, a partir de los productores (esas plantas verdes que fijan la energía del Sol y obtienen nutrientes de la tierra para el resto de la cadena trófica… La infraestructura ecológica en el olivar estará compuesta por los reductos de vegetación natural, tan frecuente en los olivares de sierra. Pero allí donde se hayan suprimido habrá que reconstruirlos, haciendo plantaciones de árboles y arbustos, en forma lineal o en grupos irregulares, aprovechando los espacios de menor valor agrícola, con especies bien adaptadas de la flora local o de cultivo tradicional, que alberguen fauna útil y diversifiquen el agrosistema sin que por su talla o su situación den sombra al olivo ni compitan con él por el agua…»

Más adelante trataremos el tema desde una óptica colectiva, intentando demostrar, que la importancia del mismo, bien merece movilizar todos los agentes implicados desde el punto de vista local, administrativo, asociativo e incluso educativo.

1.1.6. Erosión de las vertientes.

A esta altura de la exposición, poco queda que decir sobre la erosión, sin embargo, la importancia del asunto es de tal calado, que debiera convertirse en el eje vertebrados del resto de los aspectos agronómicos que afectan al olivar; como al resto de los cultivos. El problema afecta a todos los países, siendo especialmente significativo en los climas áridos y semiáridos, entre los que se encuentra nuestro clima mediterráneo (Degradación vegetal antrópica. Erosión). Es más, según todas las previsiones, tiene visos de acrecentarse en un futuro más o menos próximo (Paleoclima y clima). La erosión de las vertientes es un problema que afecta a una parte muy importante de la superficie terrestre, siendo especialmente intensa en los suelos sometidos a explotación agraria. La pérdida de suelo por causas erosivas, especialmente por precipitación, es un problema que se hace especialmente preocupante debido a los efectos derivados del posible cambio climático.

Quizás, en relativamente pocos años -en nuestro caso, especialmente desde mediados del siglo pasado, aunque el proceso arranca con la propia actividad agropecuaria,a medida que las sociedades van adoptando las formas de producción neolíticas-, estemos eliminando una capa de suelo, del que no dispondrán los que nos sucedan, ya que son millones de años los que se necesitan para formar unos escasos centímetros de suelo y, sin embargo, a veces, bastan pocas horas para destruir espesores superiores. No tenemos derecho a actuar de manera tan irresponsable con un bien tan preciado, nuestros hijos, nietos, biznietos…, tendrán más dificultades para obtener alimentos con los que alimentar a una población en crecimiento. No debemos olvidar que sin suelo, o con un suelo deteriorado, la producción vegetal y en consecuencia, la animal, corre un serio peligro.

Sin embargo, como en otros muchos asuntos medioambientales,lo abordamos parcial e insuficientemente. En este sentido, existen iniciativas gubernamentales a distintos niveles, que tratan de concienciar e incentivar determinadas prácticas; sobre todo relacionadas con espacios boscosos más o menos degradados. Sin embargo, las adoptadas en suelo agropecuario son escasas; poco puede esperarse en este sentido, como en otros, si las iniciativas no parten de los propios `interesados´, aunque bien mirado, interesados somos todos. Si el agricultor no es consciente de los efectos perversos -a corto, medio y largo plazo- que la erosión tiene sobre su explotación, no tiene la información ni los medios necesarios para combatirla y, por si fuera poco, no recibe incentivos atractivos, el resultado no puede ser otro. La situación queda suficientemente explicitada en la información adicional referida a la erosión, el problema merece ser considerado de manera urgente y general, ya que no solo afecta a un solo cultivo ni a una sola región. Sin perder de vista esta consideración, vamos a tratar de centrar la cuestión, sin descartar la adopción de medidas similares en otros ámbitos.

La mayor parte de los olivares andaluces presentan suelos altamente degradados, física y biológicamente. La erosión eólica y, sobre todo, la hídrica, alcanza valores medios muy elevados debido a la situación en ladera de buena parte de los olivares –el 25% de la superficie agraria útil (SAU) de olivar, está en una pendiente media superior al 20%-, y a que el suelo se encuentra prácticamente descubierto todo el año. La degradación física y biológica está relacionada con el exceso de laboreo, el escaso aporte de materia orgánica al suelo, la utilización de plaguicidas (sobre todo los herbicidas) y fertilizantes químicos, la compactación y, por tanto, la pérdida de la capacidad de absorción y retención de agua de los suelos que hace aumentar la escorrentía; especialmente en un contexto climatológico caracterizado por lluvias irregulares estacional y anualmente, a veces torrenciales y, muy a menudo, interrumpidas por largos periodos de sequía. Buen ejemplo de todo ello, es la situación en que quedaron muchas parcelas tras las intensas lluvias registradas en el año agrícola (2012-13). (Fotos. Cárcavas)

Este panorama tan grave, del que existe escasa concienciación, requiere, y no creo que exagere, que se supediten a él, el resto de las actuaciones agronómicas; especialmente en pendientes pronunciadas. Teniendo en cuenta además, que las medidas para su atenuación son compatibles, e incluso complementarias, con el resto de los planteamientos encaminados a mejorar la rentabilidad y productividad; algo de esto, ya ha quedado dicho hasta el momento. De no ser así, muchos de nuestros suelos irán experimentando una pérdida de fertilidad progresiva, a la par que una disminución importante de su horizonte, que pondrán en serio peligro su futura viabilidad agronómica.

Siguiendo con la lógica hasta ahora mantenida, es decir, la búsqueda de estrategias que traten de rentabilizar la actividad, han de buscarse `soluciones´ no excesivamente onerosas y, si es posible, que repercutan positivamente en otros aspectos. En este sentido, existen tres objetivos fundamentales que ayudarán a conseguir la meta final, a saber, disminuir la velocidad del agua, amortiguar el impacto de las gotas de lluvia y aumentar la capacidad de absorción, retención y/o almacenamiento de agua del suelo; para de esta forma, reducir o suprimir la erosión e incrementar la sedimentación. Aunque las medidas van fundamentalmente encaminadas a la llamada erosión hídrica, también se contemplan para un tipo de erosión a la que generalmente no se hace alusión, la eólica; el viento, aunque de una manera menos aparatosa que el agua, realiza pacientemente su labor sustrayendo partículas a un suelo granulado en exceso y desprotegido. En cualquier caso, lo pretendido para la primera, es válido para la segunda; combatir los efectos del viento es menos complejo que combatir los efectos del agua, se trata simplemente de mantener el suelo cubierto de material vegetal, en definitiva, acolchado; por tanto, centrémonos en la primera causa del problema y las medidas relacionadas:

-Disminución de la velocidad del agua. Al agua, desde el punto de vista erosivo, le pasa como a los proyectiles, lo que intimida no es el proyectil en sí, sino su velocidad. El agua mansa o estancada, aún teniendo otros efectos perniciosos, no es activa erosivamente hablando. El problema se plantea desde el momento en que adquiere velocidad con la pendiente y aumenta su caudal al unirse con otros regueros, a veces no necesariamente formando arroyadas -puede tratarse de una escorrentía superficial que, `lavando´ el suelo, priva a este de componentes esenciales-. Las causas de tales fenómenos están suficientemente comentadas, se trata ahora de plantear medidas prácticas y viables. Antes de nada, decir que poniendo en marcha algunas de las propuestas que ya han sido enunciadas, estamos actuando en esta línea. Puede servir de referencia lo ya tratado en relación a los suelos, esta sería la primera medida de urgencia para minimizar los efectos erosivos (apartado 1.1.2.): los tallos, las hojas, las raíces, las hojas basales y los restos vegetales en general, constituyen auténticas microbarreras que se oponen a la trayectoria del agua, deteniendo su velocidad y filtrando los componentes disueltos en la misma. De esta manera, se depositan restos arrastrados –si es que se permite- ladera arriba y, al disminuir su velocidad, posibilitan una mayor infiltración. A estas ventajas ha de añadirse las derivadas de las mejoras físico-químicas producidas en distintos horizontes del suelo como consecuencia de la humidificación de la materia orgánica, la descompactación, la ausencia de laboreo o el aumento de la actividad biológica del suelo, entre otras. En definitiva, usando inteligentemente la vegetación espontánea y retos vegetales generados en la parcela, estamos obstaculizando significativamente el proceso erosivo (Fotos 3, 4 y 5: cárcavas) , a la vez que se potencian otros efectos beneficiosos desde el punto de vista agronómico. Por supuesto, con relación a los efectos del viento anulamos el arrastre de partículas posibilitando la deposición de las mismas y su estabilización.

Añadir a lo ya dicho que: para que la hierba sea verdaderamente eficaz frente al agua y logre `amansarla´, en la mayor medida posible, es conveniente que esté cortada a unos diez centímetros (más o menos) de altitud, ya que de esta forma, pierde parte de la flexibilidad y presenta mayor resistencia frente al empuje del agua. Por el contrario, si la hierba no ha sido cortada, su tallo es más flexible y ante el empuje del agua, puede doblegarse y dejar que el agua circule sin obstáculos por el manto creado encima de la superficie herbácea. Del mismo modo, una hierba excesivamente corta, puede no retener el agua adecuadamente.

Sin embargo en muchos casos esta práctica no es por sí sola suficiente -especialmente cuando la pendiente es superior al 10 o 15% o la parcela es una zona de confluencia de cursos esporádicos de agua-, ha de recurrirse a estrategias complementarias que, deben cumplir la premisa rentabilista que mantenemos hasta ahora a modo de principio. Debe eludirse, salvo en casos muy excepcionales –ramblas caudalosas, taludes inestables…-, la realización de obras costosas que requieren un gran esfuerzo constructivo, así como la realización de terrazas y bancales; sin poner en duda el mantenimiento de las ya existentes, entre otras cosas por su atractivo ( Fotos. Terrazas y bancales ). Otra cosa es que se realice un `aterrazamiento´ perpendicular a la pendiente mediante la acumulación de sedimentos y con suficiente anchura para el paso de la maquinaria, que pretenda que el agua siga un recorrido en `escalera´ para disminuir su velocidad y, por tanto, su capacidad erosiva.

En el olivar, encontramos todo lo necesario para `dar la batalla´. Los restos de poda adecuadamente usados se convierten en remedios muy efectivos para este cometido y, como en la proposición anterior, tienen efectos positivos relacionados con otros asuntos agronómicos. Son elementos que se encuentran in situ y, por tanto, de bajo coste; en olivares maduros hay materia prima suficiente, en nuevas plantaciones, puede considerarse necesario traerla de otras parcelas. Ya se han propuesto otros usos para este material, acumulado en lugares no transitados dentro de la parcela, sirven de refugio a la fauna y se convierten en obstáculos, que impide a la maquinaria pesada, transitar por determinados sitios, evitando de esta forma, la compactación; a la par contribuyen a detener el agua en dichos lugares. Simplemente el esparcir los restos del desvareto por el suelo, ya están realizando un excelente función, creando una trama con la vegetación y el suelo, difícilmente erosionable y aportando los beneficios propios de la materia orgánica. Sin olvidar que triturados no pierden, ni mucho menos, sus propiedades contra la erosión.

Para reforzar su función antierosiva, deben ser colocados estratégicamente, sin existir para ello una forma concreta; las posibilidades son innumerables y más bien dependen, de la lógica de cada lugar o parcela, que de criterios fijos y repetitivos. Su función fundamental es detener la velocidad del agua en aquellos lugares por donde transita, amansándola y haciéndola depositar los materiales que arrastra, generalmente tierra, que, mezclada con el ramaje y la vegetación a que ha dado lugar su umbría, forma una barrera infranqueable. En muchos casos es conveniente anclarla al suelo con distintos métodos en el momento de su realización, de esta forma, evitaremos su desplazamiento en el primer encuentro que tenga con el agua. En todos los casos, requiere escasa inversión ya que, por una parte la materia prima es gratuita y, por otra, la mano de obra necesaria para su colocación mínima si lo comparamos con otros métodos (mampostería, encofrado…); teniendo en cuenta además, que el ramón utilizado ya no necesita ser triturado o quemado para su `eliminación´. Y, aunque resulte repetitivo decirlo, estas `albarradas´ vegetales se van a constituir en elementos favorables a la biodiversidad, la compactación, y tantos otros efectos derivados de la aportación de materia orgánica a los suelos. Para ilustrar algunas de estas afirmaciones, sirva como ejemplo una serie de fotos que incluyen distintas formas de colocación de los ramones y, en algunos casos los efectos posteriores en distintas parcelas (Fotos: albarradas vegetales)... No obstante, las fotos no reflejan convenientemente la visión que se obtiene si se observan en el terreno; pueden inducir a error. Trataré de ir incorporando nuevas fotos con más acierto, conforme las parcelas, en función de las actuaciones llevadas a cabo, evolucionen.

A la hora de realizar estas operaciones conviene tener en cuenta algunas cuestiones generales para conseguir la máxima efectividad sin interrumpir el resto de las faenas:

Si se pretende evitar la arroyada múltiple y la escorrentía superficial a lo largo de toda una parcela, se puede colocar una línea de ramón que en principio no tiene que ser superior a los 20-30 cm. de altura a lo largo de toda la parcela y, evidentemente, perpendicular a la pendiente. Para este cometido resultan ideales los restos del desvareto debido a su porte y manejabilidad, además debido a la época en que se realiza esta labor, no están expuestos a la palomilla del olivo o barrenillo (Phloeotribus scarabaeoides). Este cordón puede anclarse con cuerda para darle consistencia hasta que sea ocupado por vegetación herbácea –bien rodeándolo en forma de espiral, bien pasando la cuerda por la parte superior; en ambos casos, cada ciertos metros puede estacarse la cuerda para tensarla y anclarla-; la operación es fácil y rápida. Hay que tener muy en cuenta que si el `cordón´, o `cordones´ -paralelos entre sí y perpendiculares todos a la línea de pendiente-, ocupan toda la longitud de la parcela, hay que dejar espacios libres para el paso de maquinaria; generalmente en los extremos si tomamos como referencia los marcos recomendados. Así mismo, deben ser situados justo en la parte de arriba del olivo, donde termina el vuelo; en marcos superiores a 10 metros, no impide el paso de maquinaria ni obstaculiza la recolección. En cualquier caso, las dificultades sobrevenidas son compensadas, con creces, por los efectos desencadenados tras las primeras aguas de cierta intensidad; por otra parte, evita los pases de maquinaria entre los olivos más densos de la hilada perpendicular a la pendiente, algo por cierto, muy conveniente.

Conforme la vegetación ocupa el cordón este va adquiriendo una consistencia que, tratará de mantenerse, añadiendo en las sucesivas podas más ramaje; sobre todo en la parte inferior para evitar que el agua, al `saltar´, erosione el escalón.

Esta propuesta es muy conveniente también para taludes o ribazos, evita su desmoronamiento, fijan vegetación y conforman auténticos refugios faunísticos. Si se utilizan en zonas limítrofes con otras parcelas, se debe ser cuidadoso para no ubicarlas en el terreno del lindero.

Como efectos negativos, producen cierto aterrazamiento, aunque es compensado por el hecho de allanar la parte inferior de los olivos situados por encima y, por tanto, disminuir la velocidad del agua. En algunos casos, también pueden dificultar ciertas faenas.

En los casos en que se produce una concentración del agua de precipitación en un lugar de la parcela, dando lugar a cárcavas o abarrancamientos, el proceso resulta algo más complejo. En estos casos, el anclaje debe ser más consistente, para ello, puede utilizarse un alambre atado en sus extremos a dos fuertes estacas, situadas a ambos lados del cauce. El alambre debe estar a nivel, impidiendo la concentración del agua, y por debajo de la altura del terreno adyacente; en caso contrario, el agua rebosará por los extremos y formará nuevas cárcavas. Para tensarlo y darle solidez, pueden usarse otras estacas en el centro y vientos en sentido opuesto a la pendiente. Si la cárcava tiene profundidad, se debe repetir el proceso con alambres situados por debajo del primero. La longitud, dependerá de la vaguada realizada por la erosión hasta ese momento.

Una vez completado el proceso se apila ramón apelmazándolo todo lo posible y engarzándolo al o los alambres, teniendo en cuenta, que la parte superior debe quedar los más llana posible –hay que evitar que el agua se concentre-, y que la parte inferior del escalón debe quedar cubierta por ramón para evitar la erosión en la caída. Un complemento muy interesante en este sentido, sobre todo en cárcavas considerables es la plantación de parriza o labrusca (vid silvestre); sin descartar otras que posean las características de la anterior para, entrelazada con el ramón, detener el agua y su energía cinética.

Las `albarradas´ deben estar separadas unas de otras por no mucha distancia; hay que evitar que el agua, una vez detenida en la primera –la más fuerte-, adquiera velocidad; para ello, nada mejor que encontrarse con otra antes de concentrarse de nuevo. El intervalo, siguiendo los anteriores criterios, puede ser la separación existente entre los olivos siguiendo la línea de pendiente y ubicándolas en la parte superior de los mismos.

En todos los casos, la efectividad se incrementa a medida que la parcela es más grande y, por tanto, puede actuarse a lo largo de una mayor longitud en el recorrido del agua. Todavía resulta mucho más efectiva, si son varias las parcelas que incluyen medidas de este tipo; sería una situación ideal aquella que cubriese la totalidad de la vertiente de un curso esporádico o permanente.

Podría seguirse describiendo, a modo de ejemplo, otro tipo de posibilidades, pero como se ha dicho al principio, cada parcela tiene sus características; será la lógica y la experiencia la que `comande´ las iniciativas en este sentido; las posibilidades, repito, son múltiples.

-Amortiguación del impacto de las gotas de lluvia. El impacto de las gotas de lluvia sobre un suelo desnudo, es un agente erosivo mucho más importante de lo que pueda parecer; sobre una tierra ya de por sí disgregada. La caída y consecuente disolución de las partículas a través de las salpicaduras, prepara el terreno para que el agua las transporte sin dificultad. Sobre suelo labrado, las posibilidades de retención son mínimas, especialmente desde que los nuevos aperos han eliminado la tradicional medida de realizar surcos y caballones consistentes, aterronados y perpendiculares a la pendiente; no obstante, esta era una medida efectiva cuando la cuantía de las precipitaciones era baja o moderada, si esta se producían de forma intensa, y la precipitación superaba la capacidad de absorción, el agua acumulada en las hendiduras o surcos, al romperlos, se unía a la acumulada en los inferiores, provocando una arrollada de intensa capacidad erosiva.  

La amortiguación del impacto en la actualidad, pasa por adoptar prácticas ya tratadas, especialmente el acolchado; si entre el suelo y la gota existe una capa vegetal, los efectos del fenómeno son reducidos o eliminados.

-Aumento de la capacidad de absorción y retención de agua. Al igual que en los objetivos anteriores, potenciar las características citadas en los suelos, pasa por realizar todo lo planteado hasta ahora, en definitiva mejorar las cualidades físico-químicas del suelo. Es un ejemplo más de los efectos múltiples de cualesquiera de las acciones propuestas. Sin embargo, en este sentido, hay que subrayar un hecho especialmente influyente, la compactación (ya tratada en el capítulo referido al laboreo). Si el agua de precipitación, no se absorbe a un ritmo adecuado por la disminución de la permeabilidad del suelo y su capacidad de almacenamiento, el agua correrá por la superficie con menor cantidad de litros por metro cuadrado, acusando, como es lógico, su capacidad erosiva y convirtiendo este factor junto al laboreo, en uno de los más influyentes a la hora de entender el proceso. Esta situación, explica, en gran medida, el incremento de los efectos erosivos en los olivares, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo pasado, coincidiendo con la generalización de la labranza mecánica.

Como puede verse, los tres fenómenos descritos, aislada o conjuntamente, explican en gran medida las causas que posibilitan el fenómeno erosivo y la  disminución de la cantidad de agua infiltrada debido a su paso rápido por la parcela; las acciones encaminadas a evitarlo, aunque tratadas separadamente, en realidad, son válidas en conjunto para minimizar todo el proceso. En el agrosistema todo está interrelacionado, de forma que cualquier modificación afecta al conjunto del sistema, beneficiándolo o, por el contrario, perjudicándolo (Ecoagrosistema).

1.1.7. Parcelario.

Evidentemente el parcelario juega un papel fundamental en la viabilidad de las explotaciones agrarias, y la situación, en nuestro caso,dista mucho de ser favorable. Por el contrario, existe un parcelario, en la mayoría de los casos, poco dado a la optimización de los recursos -el 60% de las explotaciones andaluzas de olivar tienen menos de 5 ha.-. Las pequeñas, medianas y grandes explotaciones excesivamente parceladas hacen las mismas menos rentables: requieren traslados constantes con la consiguiente pérdida de tiempo y combustible, presentan en muchos casos formas irregulares y, sobre todo, impiden, especialmente en el caso de las pequeñas y medianas, estructurarlas y utilizar los medios técnicos (maquinaria, regadío, asesoramiento…) más adecuados para lograr incrementos de productividad y rentabilidad razonables.

El problema de la parcelación en nuestro país, no es novedoso y, en consecuencia, han sido abundantes los posicionamientos que sobre el tema han postulado personajes importantes procedentes de distintos ámbitos. También han sido abundantes los intentos normativos, sobre todo en el siglo pasado, de remediar esta situación; contraproducente desde muchos puntos de vista (Concentración parcelaria). Sin embargo, las actuaciones han sido muy limitadas y el problema sigue existiendo en la actualidad obstaculizando sobremanera las potencialidades de nuestra agricultura; siendo en el olivar especialmente grave. Hay que reconocer que la solución es muy dificultosa, son muchos los inconvenientes que impiden que las explotaciones tengan un tamaño adecuado y que la propiedad individual esté concentrada en una sola parcela. Al analizar los perjuicios de la atomización parcelaria, con relación al aumento de la mecanización agraria, la creación de nuevos regadíos o la mejora de los ya existentes, se concluye fácilmente que la concentración es beneficiosa desde muchos puntos de vista, no obstante, dadas las dificultades de su realización, así como la lentitud del proceso y los problemas medioambientales que acarrea, se ha hecho impopular y es rara su realización en la mayor parte de las Comunidades Autónomas de nuestro país.

El mapa del parcelario del olivar extensivo dibuja una situación heterogénea. Ante este panorama, las soluciones a corto, medio y largo plazo no son viables, por tanto, no nos queda más remedio que adaptarnos a la situación y buscar soluciones parciales, sobre todo, para la pequeña y mediana propiedad. En este sentido, una de las formas de contrarrestar el problema estaría en las posibilidades que ofrece el asociacionismo en sus múltiples variantes. Sin pensar que esto sea la panacea trataré de argumentar esta afirmación que en principio puede resultar un tanto atrevida por mi parte. Sin embargo, estoy seguro que habrá muchos olivicultores que, en base a su experiencia o conocimientos, podrán hacer aportaciones interesantes, permitiendo encontrar fórmulas ejecutables que eludan, en la medida de lo posible, los efectos no deseados de este tipo de experiencias.

Es evidente que un pequeño agricultor con, por ejemplo, 10 ha., parceladas y distantes entre sí, la única forma que tiene de rentabilizar su explotación es utilizando el trabajo propio o familiar -con maquinaria generalmente de uso manual (vibradoras, desbrozadoras…), o autopropulsada de pequeña cilindrada (vehículos todoterreno, pequeños tractores…)-, para contrarrestar la imposibilidad de disponer de otros medios de mayor eficacia por hora de trabajo. Del mismo modo, las posibilidades de disponer de riego en todas sus parcelas, que permitiesen un incremento productivo serán, salvo en casos excepcionales, remotas. Todo ello, teniendo en cuenta que estamos hablando de un cultivo, el olivo, no mecanizable en su totalidad. Sirva como ejemplo una de las tareas que consumen la mayor parte de la inversión, la recolección. Al hablar de la misma, cualquier agricultor sabe perfectamente cómo se han ido incrementando los costos hasta hacerla, en determinadas circunstancias (cosecha escasa, baja productividad por hora de trabajo…), extremadamente costosa en un contexto de precios, a veces ridículos. En este sentido, son muchas las medidas que pueden adoptarse para abaratar el proceso, sin embargo, aun adoptando las medidas oportunas, para un pequeño e incluso mediano agricultor será muy difícil la plena mecanización, su pequeña propiedad no le permite amortizar el capital necesario para esa inversión. En este sentido, si no dispone de mano de obra propia, necesitará contratar servicios agrarios externos de mano de obra poco mecanizada o, de los medios mecánicos de otra empresa. En el primer caso, incluso en las condiciones más adecuadas, los gastos pueden suponer un tanto por ciento importante del valor de la cosecha, en determinados casos, superior al 50%; en el segundo caso, sobre todo si la explotación en cuestión no está adaptada para ser recogida mecánicamente, los pagos a dichas empresas, también, aunque en menor medida, pueden resultar onerosos.

Por todo ello, una explotación que trate de disminuir al máximo los gastos en concepto de recogida tendrá, por una parte, que adaptar lo mejor posible las plantas y la plantación a la maquinaria y, por otra, desde mi modesta opinión, asociarse con otros agricultores para, entre todos, y con una adecuada organización, hacerse de los medios necesarios para disponer de la maquinaria que les permita realizar la recogida con los mínimos costes, así como el resto de las labores.

Otro ejemplo estaría relacionado con la puesta en riego de determinadas explotaciones; es del todo inviable realizar la inversión necesaria en las distintas parcelas que conforman una propiedad; en el supuesto de la existencia de agua en el subsuelo. También aquí “la unión hace la fuerza” y, esta posibilidad tan solo sería ejecutable con la creación de comunidades de regantes a partir de los puntos en los que la existencia de la misma lo permitan. A partir de la disponibilidad de agua en una zona concreta, lo razonable, sería proceder a su extracción y acumulación, para luego ser distribuida convenientemente por las parcelas de los propietarios que constituyan dicha comunidad. Por supuesto los gastos para la realización de dicha infraestructura así como el mantenimiento de la misma, serían proporcionales a la extensión de las parcelas de cada uno de los propietarios; del mismo modo la distribución de la cantidad de agua, o del tiempo disponible por cada uno de los agricultores se realizaría igualmente en función de la extensión. Seguro que en este caso, también existen experiencias que pueden ilustrarnos convenientemente.

Estos ejemplos, pueden servir para ejemplificar la conveniencia de tales prácticas que, evidentemente, no eliminan totalmente los inconvenientes del parcelario minifundista, pero atenúan considerablementesus efectos negativos sobre la rentabilidad, y contribuyen a la competitividad del olivar tradicional en relación con las nuevas plantaciones intensivas. El tema será retomado en el siguiente apartado.

No quiero aparentar ingenuidad y, por tanto, quiero dejar muy claro que el reto es muy dificultoso, las relaciones de este tipo pueden plantear gran cantidad de problemas, sin embargo, estoy seguro que existen muchas que funcionan bien y se benefician de las ventajas que estos sistemas aportan. Desde aquí invito a aquellos que tengan que contarnos algo en esta línea, lo hagan; incluso aquellos que conozcan las bases legales más adecuadas para que la organización, además de efectiva, elimine las posibilidades de posibles desavenencias entre sus socios.En este sentido, las autoridades políticas, además de facilitar iniciativas de este tipo, tendrían que crear canales de asesoramiento legal y ayudas para su fomento; siempre con la condicionalidad que establece la normativa al respecto. Esto, ciertamente contribuiría a la rentabilidad que, con otras medidas, se persigue en relación a la rentabilización del mundo rural, a la fijación de una población estable y, con respecto a los eco-condicionantes, a la existencia de entornos agrarios integrados desde el punto de vista medioambiental y de calidad de los alimentos.

Si esta alternativa es desechada por distintos motivos, la única forma que tendrá un pequeño o mediano agricultor que explota directamente su tierra -o lo hace bajo cualquier otra forma jurídica o régimen de tenencia (aparcería, arrendamiento…)-, es adecuar su explotación a las posibilidades de mecanización actuales, tal y como se plantea en el apartado correspondiente a “marcos de plantación y olivos de un solo pie” -además de otras medidas- para de esta forma, minimizar los gastos producidos por la contratación de empresas a la hora de realizar las distintas faenas, especialmente la recogida. Si esto es válido en general, resulta especialmente adecuado para agricultores a tiempo parcial o aquellos otros que, por distintas circunstancias, no pueden dedicar su tiempo ni el de su familia a la atención de su explotación. Por el contrario, aquellos que no necesitan -por el reducido tamaño de su explotación o por su disponibilidad-, recurrir a ayuda externa, pueden `permitirse´ realizar la recogida del modo tradicional o ayudado por maquinaria manual, ya que los gasto de tipo laboral, no serán considerados en sus cálculos y, consecuentemente la rentabilidad neta será superior. Salvo esta excepción -nada desechable por cierto, puesto que agrupa un porcentaje considerable de olivares de explotación directa-, el resto de las posibilidades para la mediana y, sobre todo, pequeña explotación, debe considerar seriamente -teniendo en cuenta que en las condiciones de mercado actuales, la rentabilidad es mínima e incluso negativa-, adoptar medidas en este sentido. Estoy seguro que los afectados, saben perfectamente de lo que hablo, teniendo en cuenta, además, que los precios que manejan algunas de estas `empresas´(vehículo de transporte de personal y conductor, precio por hora de maquinaria manual, transporte de aceitunas…), puede resultar inasumible, y solo puede asumirse, desde el incremento de la productividad energética y laboral de este tipo de servicios; es decir, que el uso de la maquinaria contratada o, en su caso, propia, bien por horas, bien por rendimiento, sea rentable y obtenga una productividad alta por hora de trabajo. Para ello, es esencial, repito, adaptar, según lo propuesto, la parcela o parcelas; existen actualmente muchos ejemplos en esta línea, sobre todo aquellos que establecen un precio por kilo de aceitunas incluyendo el transporte hasta la almazara.

Son muchas las situaciones, además de las recogidas aquí, que resulta complejo sintetizarlas todas: grandes, medianos y pequeños propietarios, propiedades más o menos parceladas, explotación directa, arrendatarios, aparceros…, sin embargo, y concluyendo, la adecuación de la o las parcelas a los nuevos tiempos, en la mayoría de los casos resulta indispensable para la viabilidad de las mismas, pudiendo optar a algunas de las fórmulas propuestas para minimizar los efectos.

1.2. MOLTURACIÓN.

En términos generales hasta la primera mitad del siglo XX la molturación o molienda era realizada por entidades privadas, a las que los agricultores –a excepción de aquellos que la extensión de su propiedad les permitía hacerlo a título particular o aquellos que estaban integrados en alguna entidad asociativa- acudían con su producto. El cometido del agricultor, por tanto, era exclusivamente producir la materia prima; de molturar y comercializar, ya se encargaban otros. En este sentido, el inicio del fenómeno cooperativista, supuso un gran paso adelante, ya que esta modalidad asociativa permitía a aquellos agricultores que así lo decidían, obtener parte del valor añadido.

Hoy, una parte importante de los propietarios realizan su propia molturación a título individual o colectivo. Las cooperativas agrarias aglutinan sobre todo, a pequeños y medianos propietarios para, en teoría, ser ellos los beneficiarios del valor adquirido por la aceituna tras su conversión en aceite o aceitunas de mesa; incluso realizan un esfuerzo con muy distintos resultados según la entidad, para llevar su producto -totalmente elaborado tras ser embotellado con muy distintos formatos- hasta los lugares de venta. Sin embargo algo no encaja, cuando los precios obtenidos por kilo de aceite en las cooperativas no superan, en algunos casos, los obtenidos en almazaras privadas. Agricultores no pertenecientes a cooperativas, venden su producto a molturadores-comercializadores particulares sin, en general, recibir cantidades con diferencias significativas por kilo de aceite. 

Dejando a un lado la comercialización y centrándonos en la molturación hay que decir, en consecuencia, que las cooperativas, siendo indispensables –si no existiesen, seguramente las privadas aprovecharían la situación de poder en que quedarían-, pueden mejorar sus resultados. La empresa privada, por definición, optimiza en mayor medida los recursos disponibles; en su lícito afán por reducir costes, consigue, en general, molturar aceite con menos gastos. En principio, las cooperativas, también como empresas privadas que son, aunque pertenecientes a la economía social, deberían optimizar de igual manera el proceso y, sin perder de vista, que ya supone todo un logro que sean los productores los que procesen su aceituna, ser más ambiciosas al respecto.

En este sentido, existen desde mi punto de vista dos inconvenientes a considerar:

En primer lugar, la estructura organizativa de las cooperativas -aunque la normativa permite otras posibilidades-, impide que la gestión sea todo lo efectiva que pudiera ser. Sin por supuesto, poner en duda la dedicación y buenas intenciones de los órganos administrativos-gestores de la mayoría de las cooperativas o la propia filosofía del cooperativismo, así como del personal encargado del buen funcionamiento de la empresa, creo que existen retos por realizar que pueden contribuir a una mayor rentabilización en lo que a molturación se refiere. No debemos olvidar que el objetivo en sí, es reducir los gastos de obtención de un kilo de aceite a través de una producción, desde el punto de vista agronómico, y de una molturación más rentable; menos costosa y de mayor calidad.

Los `retos´ en este sentido, van a ser planteados, que no desarrollados, en el siguiente apartado, en el que, lo que en definitiva se plantea, es una gestión profesional, remunerada e incentivada, y no sometida a presiones locales sociales y/o políticas. Una gestión no limitada, aunque repito bienintencionada, por concepciones, a veces poco adecuadas desde la óptica empresarial. Una gestión que convierta al Consejo Rector en un órgano fiscalizador que marque los objetivos y metas, al que el Gestor deba rendir cuentas de las actuaciones realizadas en la línea marcada; si es posible, en coordinación con el conjunto del sector. La molturación, por supuesto, en el conjunto de los objetivos debe ser una cuestión prioritaria, una meta en sí, en la que la búsqueda de la calidad y la rentabilidad del proceso justifique la adopción de decisiones puramente empresariales en el marco de los principios generales de la `institución´. En este sentido, hay que valorar las posibilidades que, dentro de los principios y la normativa relativa a las entidades asociativas de la llamada economía social, ofrecen, fundamentalmente las cooperativas, para acoger distintos tipos de propuestas colectivas (cooperación intercooperativa, proyectos integrados, adopción de estrategias mercantiles, administración  y gestión...) que repercutan positivamente en el sector y, sin perder de vista los principios cooperativos, puedan compatibilizarse con ciertas prácticas más propias de las sociedades mercantiles convencionales. No obstante, no pueden ser descartadas otras figuras jurídicas, otras modalidades empresariales que permitan optimizar el proceso y, a su vez, englobar la máxima cantidad de situaciones de tenencia, entre otras variables.

En segundo lugar, el `minifundismo´ empresarial a que está sometido el sector, hace, en la mayoría de los casos, el anterior inconveniente, insalvable. Una gestión profesional, requiere cierto tamaño empresarial. La realidad es bien distinta, ni siquiera en el ámbito local existen sociedades unificadas; obstaculizando sobremanera una línea de trabajo conveniente en este sentido. Los objetivos de las mismas, que debieran ser convergentes, se convierten en divergentes; en muchos casos con posicionamientos absurdos que hacen aún más fuertes a los comercializadores. Realizar una molienda rentable en este contexto, especialmente en años de malas cosechas, es complicado, siendo los resultados manifiestamente mejorables.

La tendencia, por tanto, debe ser otra; debe tratarse de corregir situaciones que, por ejemplo en el ámbito local, posibilitan la existencia de varias cooperativas que aglutinan distintos productores, productores no pertenecientes a ninguna asociación y productores con almazaras propias. Esta situación multiplica esfuerzos y provoca divisiones poco recomendables, desaprovechando las ventajas de la economía de escala, es decir aquellas ventajas que la empresa obtiene gracias a su expansión (compra, gestión, financiación, márketing, tecnología…, y otros factores que reducen el costo medio a largo plazo). Si la población es pequeña, el problema se agrava aún más, cuando en muchos de estos casos, habría que enmarcarlo en el ámbito comarcal; al igual que algunas de las molturadoras privadas tienen `puntos´ de compra distantes del lugar donde se moltura, también esta posibilidad podría resultar viable para una comarca. Es decir, `puntos´ de recogida ubicados estratégicamente, para desde allí ser trasladadas a un `punto´ central que recibiese, como ya veremos, distintas clases de aceitunas para elaborar las distintas categorías de aceite. No obstante, el tiempo entre la recolección y la molturación supone un impedimento importante a la hora de diseñar una estructura adecuada. La calidad obliga a reducir este intervalo al mínimo, por tanto, deben existir molturadoras a lo sumo comarcales, pero mejor locales, que realicen la primera fase del proceso.

Evidentemente, esta línea de trabajo no es cortoplacista; más bien una tendencia, un objetivo que posibilite una realidad más competitiva a partir de fórmulas que, evidentemente, no son nada simples y que deben proyectarse en el medio y largo plazo; sin prisa pero sin pausa. Plantearé a partir de ahora una sugerencia teórica ambiciosa, quizá inalcanzable en la práctica, pero creo que atractiva, muy moldeable y adaptativa. En cualquier caso se presta, por supuesto, a interpretaciones y correcciones que permite no dar nada por cerrado, todo lo contrario, es una propuesta abierta. Si soy capaz de generar cierta reflexión al respecto, me doy por satisfecho.

1.3. GESTIÓN INTEGRAL.

La visión integral que se ha mantenido hasta el momento sobre el olivar, debe llevar a valorarlo como un paisaje complejo, donde puedan considerarse elementos distintos de los relacionados exclusivamente con la producción oleícola. Es un paisaje, por tanto, donde lo agrícola está, o puede estar entrelazado con lo cultural, lo cinegético, lo turístico, lo pecuario… Sin embargo, el propietario de la parcela o parcelas que integran este conjunto paisajístico-natural, suele contemplarlo desde una óptica exclusivamente agrícola; en el aprovechamiento o rentabilización de su propiedad no cabe más opción que los kilos de aceite obtenidos y, aunque sin duda, este es el elemento esencial y la razón de ser de esta actividad, pueden entrar en consideración otras opciones complementarias; tanto a nivel particular como general.

Como en otros aspectos ya tratados, también aquí la distribución de la propiedad y los distintos regímenes de tenencia, tiene un papel determinante, son muchos y variados los integrantes de este heterogéneo colectivo –sin olvidar a propietarios con aprovechamientos distintos al olivar como vides, cereales o espacios adehesados, entre otros- en cuanto a intereses y características de sus explotaciones y, en este sentido, la coordinación y el entendimiento en pro de objetivos comunes, conlleva ciertas dificultades difíciles de superar. La gestión del paisaje por tanto, se lleva a cabo de manera particular, no existe ninguna entidad digna de consideración, que persiga objetivos y metas comunes con relación a asuntos ya tratados como el regadío o la infraestructura viaria, u otros por tratar como el aprovechamiento cinegético, la reforestación, el aprovechamiento de los `residuos´ de la molturación, el uso combinado de la ganadería… Todo ello con más motivo, si en una determinada comarca, paraje, municipio, o cualquier otro ámbito geográfico que queramos imaginar, siguiendo algunas de las recomendaciones ya tratadas u otras complementarias, se consiguiese crear un entorno agrícola naturalizado o agrosistema complejo, donde mediante un `adehesamiento´ ordenado, sean restituidos ciertos parámetros medioambientales que enriqueciesen dicho paisaje generando biodiversidad y, en consecuencia, atractivo paisajístico.

Cualquier paraje de estas características con una extensión suficiente, por ejemplo de unos 140 km2 -una extensión de aproximadamente 14.000 hectáreas, que podría ser parecida a la de muchos términos municipales- y, puestos a imaginar, de propiedad unipersonal, es muy probable, o por lo menos así lo veo yo, que se plantease un aprovechamiento combinado, es decir, además de tratar de rentabilizar al máximo la producción mediante la optimización de recursos como los ya vistos (marco de plantación, regadío, manejo de suelo, infraestructura viaria, mecanización, aporte de nutrientes…), podría plantearse la búsqueda de ingresos procedentes de la ganadería, del turismo, de la caza o de cualesquiera otra actividad complementaria y compatible con la principal. Claro que en este imaginario caso, las decisiones estarían en manos de un único propietario y la gestión de la empresa igualmente. Sería relativamente fácil poner en funcionamiento las acciones encaminadas a tal fin, siempre y cuando, estas fuesen rentables y/o satisfactorias para el propietario.

No es, ni mucho menos, el caso de las distintas situaciones que se dan en la realidad, esta es mucho más compleja, la puesta en práctica de acciones de este tipo requieren de la voluntad y coordinación de propietarios de muy distintas condiciones socioeconómicas y con posicionamientos al respecto, a veces muy dispares. En términos generales, el mundo rural es, en este sentido, estático, las iniciativas escasean y, en muchos casos al proceder del exterior, no repercuten económicamente como debieran en el mismo. Por todo ello, no es tarea fácil, activar en este sentido al colectivo agrícola o, más bien, agrario-rural, para que llegue a la conclusión aquí pretendida; a saber, un aprovechamiento integral que repercuta, directa e indirectamente, en la sociedad rural y complemente unos ingresos, a veces paupérrimos, conservando, a su vez, un patrimonio natural…

Las iniciativas individuales, que las hay, son insuficientes, aunque loables. Debe tratarse más bien, de movimientos colectivos gestionados y coordinados desde dentro y que comprometan al mayor número posible de interesados. Para posibilitar este tipo de acciones se requiere, además de voluntad, una coordinación que puede tener como eje el marco asociativo de ámbito local o comarcal, es decir, una asociación pactada de personas, con el fin de cumplir, mediante mutua cooperación, todos o algunos de los fines propuestos y que sirva de aglutinante para el resto de las forma jurídicas existentes.

En cualquier caso, no pretendo entrar a valorar sistemáticamente las distintas forma jurídicas empresariales, ni su adecuación a los planteamientos aquí propuestos, cada una tiene sus ventajas e inconvenientes, entrar en ello sería una labor, además de inabarcable, excesivamente profesional. Entiendo que el proceso debe ser inverso, es decir, partiendo de los objetivos pretendidos, utilizar la fórmula que más de adecue (Cooperativas, SATs, Sociedades, Asociaciones…) a una posible puesta en práctica de un modelo de organización rural que posibilite un aprovechamiento adecuado de los recursos agrarios, para que repercuta positivamente tanto en los productores como en el contexto físico y natural que lo contextualiza. No hay que perder de vista que se trata de un modelo teórico abierto a matizaciones en todos los sentidos y, como modelo teórico, solo pretende proponer una estructura de funcionamiento general a partir de la cual, construir una alternativa hipotética que, desde la reflexión, intenta contribuir a la mejora de un ámbito, desde mi punto de vista, escasamente valorado, infrautilizado e inadecuadamente explotado.

Pues bien, desde este planteamiento, entiendo que la estructura asociativa que puede adecuarse a estos propósitos colaborativos es la de Asociaciones sin ánimo de lucro, tanto para el sector agrario en general, como para el de la olivicultura en particular. Se trataría de un proceso muy complejo no exento, ni mucho menos, de dificultades.

Un proceso que debe partir de iniciativas internas, puesto que, hasta ahora, y hasta donde llega mi información, las actuaciones externas, tanto privadas como públicas, persiguen unos intereses distintos de los aquí pretendidos (como he manifestado en la presentación de esta página, no creo que, desde una actitud “victimista”, deba esperarse que otros solucionen los problemas; sin menospreciar las posibles ayudas que desde una administración competente pueden derivarse en esta línea). De esta forma, los propios ayuntamientos, aunque no dudo que apoyen estos propósitos, se mantienen al margen del sector, incluso en poblaciones donde esta actividad es preeminente, no está entre sus prioridades la puesta en marcha de actuaciones serias en este sentido. Una situación favorable, como punto de partida, sería la de aquella localidad donde una asociación aglutinase a todos los productores agrarios que, desde distintas situaciones, persiguiesen un proyecto común, compartido a su vez, con otras asociaciones de la comarca y de todo el ámbito oleícola. Debe existir un órgano colectivo que coordine y dirija a todos los actores implicados en el proceso. Una asociación rural o sociedad agraria que, por ejemplo, con representación proporcional en función de la superficie como principal variable, aglutinase a los productores agropecuarios en la búsqueda de soluciones y mejoras que repercutan en la totalidad del colectivo y, a su vez, se constituyan en `lobbys´ locales –como mínimo- con capacidad de presión e intermediación con los poderes públicos.

Se trataría de un tercer nivel de concreción tras las almazaras que, como veremos más adelante, debería estar integrado en un cuarto nivel comarcal que no necesariamente estaría identificado con las comarcas administrativas ni las Denominaciones de Origen, sino más bien con las geográficas. Todo ello, a su vez, insertado en una estructura de ámbito regional no administrativo.

Aunque desde un punto de vista muy genérico, pueden establecerse los siguientes niveles de integración partiendo del primer nivel, que serían las propias explotaciones:

Nivel 1. Explotaciones agrarias. Empresas agrarias individuales o, en su caso, asociativas, con superficies, parcelario, cultivo y regímenes de tenencia variables (propietarios pequeños, medianos y grandes con almazara propia, asociados o `dependientes´). Se encargan de la obtención de la materia prima para la producción de aceite, aceituna de mesa y otros derivados. Aunque evidentemente esta propuesta está pensada para zonas ocupadas mayoritariamente por explotaciones oleícolas, puede hacerse extensiva al mundo rural en general. Por tanto, no se consideran exclusivamente las explotaciones oleícolas, también pueden y deben considerarse el resto de las actividades agropecuarias.

Nivel 2. Almazaras. Molturadoras individuales o asociativas, generalmente de ámbito local (aunque, sobre todo en el ámbito individual, algunas almazaras se abastecen de puntos de producción distantes). Normalmente, conviven varias modalidades en una misma localidad, raramente los productores están organizados en una misma molturadora. Desde este punto de vista resultaría ideal la existencia de una sola entidad, que actuase al unísono con la supuesta asociación local. Al igual que en el nivel 1 deben ser consideradas cualquier otro tipo de industrias agroalimentarias que formen parte del entramado agrario.

Nivel 3. Asociaciones locales. Propuesta teórica de integración de los agentes agrarios locales y excepcionalmente interlocales, en la búsqueda de objetivos que repercutan positivamente en el ámbito rural en general y en el oleícola en particular: molturación, infraestructuras, regadío, paisajismo y medio ambiente, producción ecológica y sostenibilidad, asesoramiento y gestión…

Nivel 4. Federaciones. Asociaciones comarcales no administrativas. Clúster geográfico-sectorial. Propuesta teórica de integración de comarcas-paisajes geográficos olivícolas intercomarcales e interprovinciales `homogéneos´, o cuasi homogéneos en cuanto a parámetros físicos y humanos. Constituidas por una asociación de asociaciones locales que traten de coordinar las actuaciones de cada localidad, asumir proyectos I+D+i no asumibles localmente y, sobre todo, buscar fórmulas comerciales conjuntas que integren horizontal y verticalmente sus respectivas producciones.

Nivel 5. Confederaciones. Asociaciones regionales no administrativas. Propuesta teórica de integración de asociaciones productoras comarcales de las distintas regiones productoras interprovinciales e interregionales (Comunidades Autónomas). Se trata de constituir un ámbito geográfico de extensión variable, en función de la presencia más o menos intensa de superficie oleícola, que constituido por una asociación de asociaciones comarcales, trate de coordinar, además del resto de las variables agronómicas, medioambientales, etcétera, la comercialización a nivel regional del aceite y el resto de los derivados.

Las empresas agrarias y las almazaras, por tanto, además de gestionar la producción, la molturación y la comercialización desde una óptica más competitiva, debieran tener entre sus cometidos, la coordinación y gestión con el resto de las entidades agrarias locales de proyectos comunes, para así contribuir a la rentabilización económica y al adecentamiento medioambiental del patrimonio agrario local e intentar conseguir -además de minimizar los costes de conversión de la materia prima aceituna en aceite, o aceituna de mesa, y tratar de obtener el máximo valor añadido al producto-, crear un entorno propicio para el desarrollo de la actividad agraria (infraestructura, reforestación, abastecimiento de agua…), aprovechar de manera sostenible los recursos rurales naturales (regadíos, cinegéticos, turismo, alpeorujo y hojín…), poner en marcha servicios que favorezcan la mecanización de las labores, la compra-venta de productos y materiales agrarios, la gestión y asesoramiento administrativo de las distintas explotaciones, los proyectos I+D+i que repercutan en la calidad y el procesamiento del los productos derivados y, en definitiva, reflexionar sobre todo aquello que pueda repercutir positivamente en el entorno rural y en los que allí habitan.

Esta teórica asociación local o, en su caso, comarcal, debiera estar constituida por representantes de las entidades empresariales agrarias locales, incluyendo los representantes de otros sectores agrarios (ganadería u otros cultivos relevantes distintos de la olivicultura existentes en la localidad). Este órgano, sin poder ejecutivo, se convertiría así en un foro de reflexión que marque los grandes objetivos locales de la zona rural relacionada para, a su vez, trasladarla a cada una de las entidades representadas. Estas, coordinadas entre si y, en su caso, con otras de la comarca, tratarían de llevar a cabo proyectos comunes que repercutiesen en la actividad agrícola en particular y agraria en general, dentro de un ámbito que, se supone, marcadamente rural. Proyectos que en el corto, medio y largo plazo, sentaran las bases de una agricultura moderna, sostenible y competitiva, que influyendo en el ámbito rural en el que se incardina, suponga una transformación paisajística en el más amplio sentido de la palabra y, por supuesto, fomenten el espíritu asociativo y enriquezcan el recorrido a partir de experiencias individuales.

Para llevar a cabo cierto tipo de actuaciones, como veremos a continuación, debe contarse con un presupuesto, que podría ser sufragado proporcionalmente a la superficie de cada entidad y, a su vez, en el caso de entidades asociativas, a la de cada explotación, por ejemplo. También en cierto tipo de actuaciones, como también veremos a continuación, la posibilidad de obtener beneficios, obliga a que repercutan con proporcionalidad. Para ello, no necesariamente ha de buscarse un beneficio proporcional directo que repercuta en los asociados, más bien, que determinados beneficios producto de la puesta en marcha de proyectos remunerables que produzcan ganancias (cinegéticos, gestión y abastecimiento de agua, abonos, turismo…) sean dedicados a sufragar otros proyectos propios de las actividades llevadas a cabo por la asociación (infraestructuras, i+D+I, personal…): “La participación económica de las personas físicas y jurídicas que componen las asociaciones, y de estas con relación a las coordinadoras, a través de un sistema de cuotas ordinarias y extraordinarias proporcional y transparente, es lo que posibilita la ejecución de actuaciones que, bien entendidas, van a repercutir, también proporcionalmente, en el objeto (infraestructuras, aprovechamiento de recursos, gestión, formación, servicios, guarda y custodia…) que justifica la constitución de estas entidades. Sin olvidar la búsqueda de recurso externos -por ejemplo como Asociaciones de Utilidad Pública (Artículo 32 de la Ley de Asociaciones)-, y cualquier otra fuente de recursos que complemente lo anterior y permita seguir desarrollando las actuaciones de las asociaciones y la estructura de coordinación”.

Sin tratar de concretar todos los pormenores, cierro esta reflexión, abundando en una de las cuestiones que me parece más importante relativa al organigrama de funcionamiento. Un organigrama que se plantea sucintamente en la Información Adicional relativa a Asociaciones sin ánimo de lucro, y que puede ser la clave a la hora de encarar la puesta en marcha y el funcionamiento ordinario de cualquier entidad colaborativa, debiendo realizar una distribución de tareas y competencias entre los órganos internos de manera concreta y pormenorizada. En este sentido, resulta primordial el buen funcionamiento de las áreas o comisiones de trabajo. Estas, formadas por miembros de las asociaciones que deseen contribuir al funcionamiento de la asociación, constituidas por un número variable de socios y socias, y coordinadas y asesoradas de forma interasociativa, es, desde mi punto de vista, imprescindible que participen de manera voluntaria y en función de su disponibilidad, en el proyecto asociativo. Esto no significa que se renuncie al asesoramiento o formación externa para la mejor consecución de los logros propuestos, o que se cuente con el apoyo del comité ejecutivo o equipo técnico, sino que personas integradas y comprometidas con el entorno rural en cuestión, sean las encargadas de desarrollar una línea de trabajo específica en cada una de las áreas establecidas y coordinadas por los órganos de gobierno. Debido a las numerosas líneas que pueden ponerse en funcionamiento y a la interrelación existente entre ellas, los participantes pueden formar parte de más de una comisión, todo es cuestión de organizarse.

Seguidamente paso a relacionar algunos de los ámbitos de actuación que, entiendo, pueden contemplarse, total o parcialmente; sin por ello pretender cerrar una propuesta, que trataré de concretar paulatinamente. En todos los casos, entiendo, que la realización de las mismas de manera conjunta y coordinada, optimiza en mayor medida, tanto la ejecución, como los efectos que pudieran derivarse. A su vez, facilita la posibilidad de ser integradas en ámbitos más amplios, pudiendo constituir, al menos en teoría, un entramado, al menos, intercomarcal. Todo ello, sin perder de vista las enormes dificultades que conlleva la puesta en práctica de iniciativas en este sentido, teniendo en cuenta, además, que en muchos casos puede suponer un solapamiento de competencias que se traduce en la pérdida de `soberanía´ y autonomía de las empresas participantes. No obstante, de realizarse de manera exitosa, su repercusión puede ser muy positiva, tanto en los costos derivados de la producción (infraestructuras, insumos, servicios…) y molturación de la aceituna (gestión y molienda conjunta), en la productividad (riego, agricultura de precisión, compostaje, asesoramiento…) en los ingresos derivados de las actividades conjuntas (gestión cinegética, turismo…), en los efectos indirectos de proyectos I+D+i y en la propia comercialización, si es que dan lugar a los entramados referidos.

Sin pretender abarcar detalladamente todos los campos de actuación posibles y tratados sucintamente, pueden establecerse ciertos ámbitos que, aunque interrelacionados entre sí, deben ser tratados de forma individual por mera cuestión expositiva. La numerosa lista de ámbitos de actuación que van a ser tratados, no implica que la dificultosa constitución de una supuesta asociación, conlleve la puesta en marcha inicial de la totalidad de los mismos, ni siquiera a largo plazo; todo dependerá de sus posibilidades técnicas y humanas y, por supuesto, de sus necesidades y prioridades. En definitiva de las líneas de actuación y los objetivos marcados por cada asociación. Si una localidad a través de su asociación entiende que sería prioritario la conversión de las explotaciones en cultivo ecológico o la puesta en riego o el aprovechamiento cinegético, creará las correspondientes comisiones de trabajo para organizar y planificar la realización del proceso. Un proceso que requiere coordinación, información, formación, reflexión… por parte de unos comisionados que tratarán de implicarse dentro de sus posibilidades, en la puesta en marcha y desarrollo del proyecto bajo la supervisión de los órganos de gobierno:

-Molturación. Tratada en el apartado anterior como un elemento fundamental de la reducción de costes, entiendo que debiera ser planteada de manera integrada, como mínimo, localmente, dentro del nivel 3. No obstante, la libertad de acción en esta línea, no está reñida con la participación en el resto de los proyectos referidos a nivel local y comarcal. Aunque contraproducente desde el punto de vista de la productividad empresarial, son muchos y variados los motivos que pueden llevar a una empresa a realizar la molturación de forma independiente. Sin embargo, los retos que en el medio y largo plazo tiene planteados el sector, entre los que destaca la reducción temporal de la campaña, la diferenciación de calidades y variedades, la reducción del tiempo entre recolección y molturación, entre otros, requieren de medios técnicos y humanos solo asumibles por empresas de cierto tamaño. Hasta tal punto esto es así, que en el caso de localidades con superficies de olivar de reducidas dimensiones, se requiere un nivel 4 para entrar en una economía de escala que permita rentabilizar en la mayor medida posible la actividad.

En este sentido, la comisión correspondiente debe tratar de busca, a través de distintas medidas y estrategias: reducir los costes de molturación, mejorar las calidades de los aceites resultantes y aprovechar los `residuos´ a través de la transformación y comercialización tanto interna como externa.

-Insumos. Las necesidades de bienes relacionados con las faenas propias del olivar, son abundantes (fitosanitarios, abonos, herramientas, combustible…). Desde este punto de vista, entiendo que cualquier asociación de cierta entidad, debiera disponer de un servicio de venta suficientemente diversificado, para cubrir dichas necesidades. Un servicio, que no solamente pusiese a disposición de los socios toda la panoplia agrícola necesaria, con precios y calidades favorables, sino que también supusiese para la asociación la posibilidad de obtener beneficios internos; sobre todo, si se contempla la posibilidad de dar cabida a terceros no socios o socios colaboradores. La importancia de este aspecto, justifica la existencia de una comisión que tratara de delimitar y concretar los productos y servicios prestados, así como su organización y funcionamiento.

-Fomento de regadíos y puntos de abastecimiento de agua. El incremento de la productividad, la minimización de la vecería y el abastecimiento de agua, hacen ineludible la adopción de medidas generales que repercutan en el mayor número posible de productores. En este como en otros asuntos las iniciativas individuales, sin desmerecerlas, dan lugar a unos resultados muy limitados. Resultaría muy conveniente, por tanto, que existiese una política hídrica a nivel local e incluso comarcal que, al margen o a la zaga de las grandes infraestructuras nacionales y autonómicas y protagonizada por los propios interesados, diseñe y ejecute las infraestructuras necesarias aprovechando al máximo las posibilidades de cada zona. La comisión encargada, con el necesario asesoramiento técnico, y tras disponer de la información necesaria, tratará de activar al colectivo agrario para poner en marcha planes que cubran estas necesidades. En este sentido, dos serían fundamentalmente los campos de actuación:

-Localización de veneros –dentro de la normativa que establece la legislación- o utilización de los ya existentes que, en función de su abundancia, dieran lugar a comunidades de regantes más o menos extensas y que compartiesen proporcionalmente los gastos de la puesta en riego y lógicamente su distribución, ateniéndose a lo estipulado por la normativa relativa a Comunidades de Regantes.

-Establecimiento de puntos estratégicos de abastecimiento de aguas que, una vez realizados, puedan ser mantenidos con el establecimiento de cuotas según el agua retirada, algo más que simbólicas (existen los medios técnicos que hacen posible esta posibilidad). No se puede estar permanentemente a la espera de que el ayuntamiento “de turno”, decida atender estas necesidades que, por otro lado, entienda que quizá no sean de su competencia, algo, cuanto menos discutible, en entornos rurales.

-Oleoturismo. Existe en ciertos ámbitos agropecuarios una tendencia creciente hacia la realización de una oferta turística acorde a la demanda que en los últimos años se viene produciendo hacia el ámbito rural en general y hacia determinados productos en particular. Un ejemplo lo tenemos en el mundo del vino. Sin embargo la oferta debe estar relacionada con el conjunto rural en general, aunque dentro del mismo el aceite cobre un especial significado, no solo su degustación y conocimiento, sino todo lo relacionado con el entorno donde esta actividad tiene lugar. Existe todo un potencial relacionado con el ámbito donde se desarrolla la actividad oleícola (paisaje, naturaleza, gastronomía, arte, urbanismo rural…) que más bien podríamos denominar como agroturismo o turismo rural. Todos ellos se complementan e interrelacionan dando lugar a un conjunto entrelazado que permite pensar en su aprovechamiento como otra actividad económica que repercuta en los que allí habitan. Por tanto, merece la pena dedicar esfuerzos colectivos al diseño de estrategias que, como la que se tratará a continuación, estén destinadas a crear un marco atractivo que ofrezca una oferta turística amplia y de calidad.

Mucho de lo aquí tratado tiene unas repercusiones medioambientales que favorecen el proyecto, un proyecto que presenta múltiples posibilidades. Una de ellas, que bien puede ser incluida en el trabajo de esta comisión, o bien puede constituir una comisión independiente, es el de la gestión y custodia de recursos cinegéticos existentes con el objetivo, por una parte, de contribuir a una biodiversidad conveniente y, por otra, de obtener ingresos procedentes de una explotación sostenible de los mismos. No se trata de suprimir esta práctica, más bien de racionalizarla concediendo permisos, a cambio del pago de la cantidad establecida. Personalmente, me cuesta entender cómo la caza -mayor y sobre todo menor- que se realiza en terrenos donde, a veces, el olivo está intercalado con reductos más o menos extensos de espacios naturales o seminaturales, está gestionada por entidades externas que, dentro de la normativa, establecen qué, cómo y cuándo se debe cazar. Estas decisiones deberían estar en manos de los propios dueños que, atendiendo a criterios economicistas y conservacionistas, siempre en beneficio del sector, estableciesen las reglas. Por supuesto se requeriría de cierto entramado humano y material compatible con otros fines; en esta línea, por ejemplo, el personal encargado de la guardería que, en colaboración con las autoridades, no solo estaría destinado a velar por el cumplimiento de las decisiones al respecto, también sería responsable de la custodia y conservación de la infraestructura de carácter común no dependiente de la administración (aguas, caminos, carriles…). En este apartado, y en lo referido a la custodia, sería, por ejemplo, un objetivo interesante plantearse muy seriamente la erradicación de una vez por todas del “trampeo” que, aunque en menor medida, sigue siendo practicado de manera indiscriminada en nuestros olivares, diezmando la necesaria población de “pajarillos”.

Otro cometido de esta supuesta comisión puede estar relacionada con la catalogación y protección de olivos centenarios, en torno a los cuales y, salvo honrosas excepciones, existe escasa sensibilización. En muchos casos, debido a distintos motivos, la pérdida de los mismos puede convertirse en irreversible, las medidas, si es que se toman, pueden llegar tarde. Por demás, constituyen un valor muy poco reconocido y con muy distintas potencialidades, pero repito, en retroceso.

Son muchas las posibilidades en torno a esta actividad que, bien aprovechada, puede convertirse, entre otros, en uno de los motores que necesitan las poblaciones rurales para su estabilización.

-Evaluación agronómica de las parcelas: nutrientes, estado de los suelos, actividad microbiana, plagas, y todos aquellos parámetros evaluables a través de mediciones objetivas (análisis de tierra, análisis foliares, actividad microbiana…) y observaciones profesionales. Resulta evidente la necesidad de tales valoraciones para utilizar de una manera lógica los aportes externos (nutrientes, agua en el caso del riego…) que requieren las distintas parcelas de las diferentes explotaciones. Por ejemplo, es un hecho probado, los buenos resultados que procuran las valoraciones sobre la situación hídrica de los suelos en cultivos de riego, donde las necesidades de agua y su aportación son estimadas en función de datos objetivos; o la detección de carencias nutricionales que conduzcan a la realización de los aportes oportunos. Valga como ejemplo una cooperativa de Nueva Gales del Sur (Coleambally Irrigation Distric) que ha modernizado su sistema de gestión y distribución de agua mediante un sistema (Total Channel Control) que alimentado por energía solar, supone un ahorro de 60 millones de m3 al año además de la recepción del agua exacta en el momento adecuado; o los datos que, trasmitidos por satélite permiten conocer los recursos hídricos, predecir la productividad de las parcelas y ajustar los sistemas de riego con mayor eficacia.

El agricultor requiere ser orientado y, para ello, se hace necesaria la existencia de un profesional o profesionales de demostrada valía, que en relación con los objetivos comunes ya comentados, coordine las medidas pertinentes encaminadas a la optimización de los recursos existentes en este sentido. Un profesional de estas características, debería estar en nómina en cualesquiera de esta supuestas asociaciones de carácter local de cierta entidad, siendo su ámbito de actuación, además de lo estrictamente agronómico, todo aquello que de forma directa o indirecta afectase a la productividad y rentabilidad del olivar; y formando parte del comité ejecutivo o equipo técnico encargado de supervisar, valorar y gestionar el funcionamiento general de la entidad.

A lo largo de la exposición se ha hecho alusión repetidamente a los análisis de distintas variables con el objetivo de determinar el estado de la planta. Estoy seguro que muchos no dudarán de su conveniencia, aunque, sus tarifas, en muchos casos resultan prohibitivas; teniendo en cuenta además, la existencia de explotaciones con muchas parcelas. Se hace necesario, por tanto, la valoración de algunos de estos parámetros a través de una apreciación óptica que determine las necesidades reales de técnicas de laboratorio; para este cometido, se requiere un profesional neutral, no dependiente de empresas externas y vinculado personal y profesionalmente a los objetivos y metas de la asociación. Una vez realizada la evaluación, habrá que estudiar las posibles alternativas para que el proceso de laboratorio resulte asequible al agricultor, bien a través de empresas externas convenidas, bien por medios propios. Por otra parte, es necesario el establecimiento de un protocolo interno para ordenar los requerimientos por parte de los distintos socios, así como la contribución módica de los mismos en función de los servicios requeridos.

En este sentido, la llamada “agricultura de precisión” a través de aviones no tripulados conocidos como drones, permite monitorizar los cultivos, tanto el suelo como las plantas, con técnicas multiespectrales y cámaras térmicas, que toman información, entre otras cosas, de su temperatura. El conocimiento de los tipos de suelo, además, permite diseñar el manejo del el riego, los fertilizantes, los correctores… con el objetivo de ahorrar costes y llevar a cabo una gestión más sostenible y eficiente.

En este caso, la comisión encargada tendrá entre sus cometidos, la evaluación de los medios y el personal técnico necesario para la prestación del servicio, el diseño y la elaboración de los protocolos adecuados para el uso ordenado de los mismos y la planificación de un sistema de pago que cubra sobradamente los gastos derivados de la actividad.

-Infraestructuras. Ya se ha tratado con anterioridad la importancia de la ordenación del uso de los espacios comunes (servidumbres, puntos de abastecimiento de agua…) para que contribuyan a la optimización de los recursos utilizados en la rentabilización del campo y reduzca los efectos derivados de la excesiva parcelación. Por todo ello, se hace necesario un compromiso colectivo cuyo objetivo sea la constante mejora de los mismos, sin embargo, de nuevo aquí tropezamos con el mismo inconveniente, a saber, un numeroso grupo de propietarios incapaces de ponerse de acuerdo en cuestiones tan básicas como por ejemplo, la ordenación de los accesos a las parcelas, entendidas como propiedades privadas con la obligación de cumplir sus servidumbres -de paso u otro tipo-, pero con derecho a ser tratadas como tales, propiedades privadas.

No se trata de acusar a nadie, en realidad todos somos culpables en mayor o menor grado, sin embargo, la situación en muchos casos, llega a tal nivel de indefensión que, como se ha comentado en apartados anteriores, se hace necesario, por lo menos intentar poner cierto orden. No solamente en lo referido a accesos, ya hemos visto que existen prácticas poco respetuosas con equipamientos comunes como las cunetas, o elementos agronómicamente muy convenientes como “manchones” o ribazos de vegetación y taludes, que se hace necesario conservar en buen estado; aunque en muchos casos, sea competencia de otra entidad administrativa local o de cualquier otro ámbito.

En este sentido sería muy conveniente delimitar parajes con accesibilidad común desde caminos o carreteras de la red viaria, y definir permanentemente el entramado de carriles a partir de acuerdos consensuados entre los distintos propietarios. Estas iniciativas deberían partir, más que de los propios propietarios, de las comisiones referidas, a los que pudieran acudir los interesados en establecer estos parámetros de acceso y paso. Las conclusiones técnicas contarían con la aprobación de esta comisión antes de ser presentada a los propietarios afectados que, tras un periodo de reflexión se adscribirían, o no, a las decisiones. Como criterio general, estaría la recuperación de las servidumbres tradicionales o el establecimiento de pasos nuevos que causen el menor perjuicio posible a los afectados, con el compromiso por parte de los usuarios de tales accesos, de respetar en la medida de lo posible los mismos (existen circunstancias, generalmente climatológicas, que pueden dificultar el acceso) y contribuir a su conservación, por acción –utilizando la vegetación, restos de poda u otros medios para aportar solidez y posibilidad de tránsito- u omisión –eliminando labores en dichas zonas-. Dicho compromiso, también supondría, a modo de una comunidad de propietarios, la realización y el pago de las actuaciones encaminadas al mantenimiento adecuado de la red establecida. Las dificultades inherentes al proceso son muchas, y los acuerdos consensuados difíciles, aunque no imposibles, siempre existe una mayoría razonable. En cualquier caso, no se trata de actuar según estos criterios en la totalidad de la superficie, más bien en aquellos lugares donde los propietarios consensuen estas necesidades.

El proceso podría iniciarse a partir de la petición, por parte de un sector o de la totalidad de propietarios de un determinado paraje, con acceso o accesos comunes, a la comisión; esta, siguiendo el proceso que, a modo de ejemplo, he utilizado anteriormente para ilustrar el planteamiento –no se trata, por supuesto de una propuesta definitiva, habría que pormenorizar y concretar el protocolo de las actuaciones así como, los elementos intervinientes-, llegaría a ciertas conclusiones no vinculantes en principio, aunque sí orientativas, con la posibilidad de ser respetadas por el mayor número posible de propietarios. El resto del proceso y las mejoras a realizar en las condiciones de acceso a cada una de las parcelas, dependerá de los propietarios implicados y de los costes que estén dispuestos a asumir. Si estas actuaciones se generalizan paulatinamente, con el tiempo, se puede conseguir cierto orden en la situación que permitiese la “regulación” de un aspecto que genera multitud de polémicas y malentendidos; a partir de aquí, todo dependerá de decisiones personales que opten por respetar, a nivel general, la “infraestructura” resultante.

Suponiendo que con este tipo de actuaciones, u otras, surtiesen efecto, las implicaciones positivas en los pocos o muchos parajes ordenados, estarían relacionadas, no solo con la compactación y conservación de elementos agronómicos, también con los problemas de tiempo y conservación de maquinaria derivados del traslado entre parcelas.

-Aprovechamiento de “residuos” de molturación y otros derivados. Considerar residuos a todo aquello que no es aceite, puede ser un concepto erróneo ya que, adecuadamente utilizados, pueden suponer un complemento energético y nutricional para las explotaciones, amén de procurar otros beneficios de carácter económico que repercutiesen en el común de los asociados a partir de la venta de los derivados propios de la actividad.

Ya se ha tratado la importancia del aprovechamiento del alpeorujo a través del compostaje. Por tanto, se hace necesario considerar la posibilidad de sacar partido de estos derivados, pero en este caso, el aprovechamiento debería ser planteado a nivel, como mínimo, comarcal, es decir, dentro del nivel 4. En este sentido, la existencia de una planta de aprovechamiento y compostaje comarcal, redundaría en beneficio de todos, pudiendo resolver mejor los problemas inherentes a este proceso y aprovechar con mayor rentabilidad tanto las instalaciones como la maquinaria. Existen otros “residuos” que también deben ser considerados, los restos de hojas procedentes de la limpieza de la aceituna, que según ciertas apreciaciones técnicas, parece ser que mezcladas con el alpeorujo, mejoran el compost resultante, en cuyo caso, tendrían que ser trasladadas a la supuesta planta en las condiciones requeridas por los técnicos.

El producto resultante debe ser comercializado para obtener unos beneficios proporcionales a la aportación de alpeorujo por parte de cada localidad y, por supuesto siendo los asociados los que con prioridad, pudiesen dar uso al compost para nutrir sus propiedades. Como en las propuestas anteriores, no pierdo de vista la dificultad que conlleva su puesta en práctica, se trata simplemente de una posibilidad.

Sin renunciar a otros aprovechamientos como los llevados a cabo a partir de la formación en 1967 de la cooperativa de segundo grado Oleícola El Tejar. Son varios los subproductos aprovechables: aceite de oliva de segunda centrifugación; con la pulpa separada del hueso, se fabrica pienso para el ganado y fertilizante orgánico, y se utiliza además como biocombustible; con el hueso, separado de la pulpa, se fabrica carbón activo; incluso para el aprovechamiento masivo del alperujo húmedo, centrales eléctricas.

Y por supuesto, cualquier otra posibilidad que ofrezcan los numerosos subproductos que pueden resultar de la actividad tal y como aparecen relacionados en la pestaña de Productos Derivados.

En todos los casos resulta conveniente cierto esfuerzo I+D+i que, aunque puede ser realizado en cualquiera de los niveles y coordinado por la comisión correspondiente, lo ideal es que se produzca en los niveles 4 y 5 -suponiendo de su existencia-, y que tanto en su realización como en su repercusión participasen en coordinación todas las asociaciones.

-Reforestación. Existen entre nuestros olivares y superficies agrarias en general, multitud de reductos que, por su orografía o características de sus suelos, no se dedican a ningún cultivo y, en la mayoría de los casos, no son aprovechados agrícolamente hablando. Su valor ecológico pasa desapercibido y, por tanto, para muchos se trata simplemente de un espacio sin utilidad, sin embargo, como ya hemos visto en el tratamiento dado a la biodiversidad, otros vemos en ellos “oasis” de vida que deben recibir un tratamiento y protección muy especial. Desde este punto de vista, deberían, no solo ser protegidos, sino también ser tratados para que restaurasen todos los valores medioambientales que potencialmente pueden acoger; merecen ser repoblados con especies adecuadas para albergar especies vegetales y, por tanto, animales que, a veces, no tienen otros lugares donde refugiarse. Es por ello que en cada una de las fincas donde se dan estas circunstancias, al propietario debiera facilitársele los medios necesarios para que, concienciados debidamente, repoblaran o permitiesen la repoblación de dichos parajes. Una labor esta, que cuenta en muchos sitios con personas voluntariosas que no tendrían inconveniente en participar. Son muchas las asociaciones que estarían dispuestas a colaborar, a las que se sumarían agricultores sensibilizados con la cuestión y programas incentivados por la administración que facilitan este tipo de iniciativas. Los beneficios son múltiples, y repercuten tanto en el paisaje como en la generación de biodiversidad, con todas las implicaciones que supone a distintos niveles: turístico, agronómico, cinegético…

La labor de la comisión correspondiente estaría relacionada con la identificación cartográfica de dichos parajes y la adopción de medidas y actividades para su recuperación, mantenimiento y conservación.

-Maquinaria y servicios agrarios externos. En la rentabilización de las explotaciones, sobre todo pequeñas y medianas, la mecanización constituye un obstáculo que a título individual, resulta difícil de remediar. Ya hemos visto como la estructura de la propiedad y la parcelación hacen difícil la puesta en marcha de acciones que permitan incrementar la competitividad con relación a las explotaciones intensivas, todo ello, en un contexto de mercado poco favorable que, si cabe, dificulta aún más la viabilidad del olivar tradicional. Se hace muy necesario, por tanto, poner en marcha mecanismos que posibiliten al agricultor disminuir costes relacionados con las distintas faenas que se llevan a cabo en el olivar, especialmente las relacionadas con la recolección. Hasta ahora, se han planteado algunas medidas que tratan entre otras cosas, de reducir gastos, siendo entre ellas un capítulo importante, la adaptación de las explotaciones a las posibilidades mecánicas que existen en la actualidad. Sin embargo también hemos visto como la utilización de las mismas supone en algunos casos una inversión económica inasumible por un sector importante de los productores. Ante ello caben dos únicas posibilidades: o contratar los servicios a empresas externas, o disponer de los medios mediante distintas modalidades de asociación. Es aquí donde las asociaciones pueden jugar un papel importante favoreciendo y facilitando los servicios necesarios a los socios y en condiciones ventajosas con relación a la existente en otras empresas de servicios.

Para un pequeño o mediano agricultor con una explotación tradicional sería un gran incentivo, saber que si realiza un esfuerzo y adapta su o sus parcelas a las exigencias mecánicas, tiene la posibilidad de poner en práctica, a un precio razonable, una recolección mecanizada que le permita reducir gastos; teniendo en cuenta además, que una recogida temprana, repercute en otros aspectos beneficiosos, tanto a nivel individual, como colectivo, por ejemplo, el incremento de cosecha para el siguiente año y la calidad del aceite respectivamente. Es más, desde el punto de vista de las calidades de los aceites resultantes, debiera ser un objetivo en sí, la reducción del tiempo de recolección. Para ello, además de las adaptaciones agronómicas pertinentes, debieran estudiarse la posibilidad de proporcionar ciertos medios mecánicos para la realización de distintas tareas y la ordenación de dichos servicios. Una comisión creada ac hoc trataría de identificar las necesidades susceptibles de socializar y diseñar los procesos adecuados de uso.

-Diversificación. Ya hemos tratado algunas de las consecuencias agronómicas del monocultivo estricto, sin embargo, es menos usual considerarlo, desde el punto de vista económico, como una práctica arriesgada y poco diversificada. Depender exclusivamente de un producto, conlleva una serie de riesgos económicos que hay que valorar muy detenidamente en el medio y, sobre todo, largo plazo. Son muchas las variables que pueden ser tenidas en cuenta a la hora de planificar, con cierta perspectiva temporal, los pros y los contras de las decisiones adoptadas en cualquier ámbito económico. También las actividades agrarias están expuestas a amenazas que pueden hacer tambalearse proyectos en su día prometedores. La meteorología, las condiciones cambiantes del mercado, las tendencias consumistas, ciertas amenazas biológicas…, entre otros factores, pueden dejar a zonas enteras en la marginalidad agroeconómica sin disponer de alternativas cortoplacistas que amortigüen la situación. El olivar, como otros cultivos, dispone de zonas que están ocupadas en su totalidad, o casi totalidad, por olivos. Para comprobarlo solo hay que darse una vuelta por los parajes olivareros de las provincias de Jaén y Córdoba.

A diferencia de los cultivos anuales, los arbóreos se planifican por años, a veces muchos años. Las zonas en cuestión, apuestan por el aceite y sus derivados como modo de vida, siguiendo en unos casos la tradición y en otros, ciertas expectativas que se generan en torno al producto. Sin embargo, nunca como hasta ahora la expansión ha sido tan abrumadora: en muchas localidades el porcentaje de suelo ocupado por el olivar es aplastante, progresivamente ha ido sustituyendo otros usos que la agricultura de mercado y la mecanización ha erradicado. En otras, que hasta hace bien poco el olivar era poco representativo, ha pasado a ocupar una parte importante de su término.

Produce cierto miedo pensar que, por distintas e imprevisibles circunstancias, puedan verse alterados los factores que sustentan esta tendencia. Por ello, no estaría de más plantearse esta posibilidad y prever con anticipación alternativas, algunas de las cuales pueden implementarse con medidas simultáneas al propio desarrollo del cultivo `estrella´.

En esta línea las indicaciones técnicas, sopesadas por una comisión creada ex profeso, pueden ir escudriñando posibilidades que, como el aprovechamiento pecuario planteado a continuación, ofrezcan, tanto al interesado (complementariedad ingresos, redistribución anual tareas…) como a la comunidad, nuevas oportunidades que traten de eludir la excesiva dependencia `monocultivar´, sobre todo si se trata de cultivos en los que las herramientas y aperos necesarios sean compatibles con los usados para los olivos.

Un caso especial dentro de esta línea lo constituye la ganadería. Es un hecho contrastado y experimentado la posibilidad de llevar a cabo un aprovechamiento agropecuario, se trata de un aprovechamiento mixto que potencia, si cabe, el planteamiento integral con el que aquí se está abordando el mundo del olivar. Ambas actividades, pueden resultar complementarias y beneficiarse mutuamente, sin embargo ya hemos visto que deben ser consideradas algunas cuestiones al respecto. Por un lado, si bien el careo o pastoreo de los suelos, en el caso de olivares no labrados, aporta excrementos a los suelos y procura un desbroce gratuito, en exceso puede resultar contraproducente; hablando en este caso de sobrepastoreo por pérdida de toda la masa vegetal, además de otros posibles efectos adversos como el ramoneo o la compactación. Por otro lado, esta alternativa puede resultar poco rentable si, como ya hemos visto anteriormente, tenemos en cuenta que para llevarla a cabo, debe contarse con el ganado idóneo y el cuidador o pastor correspondiente en explotaciones con parcelas diseminadas u otras circunstancias que obstaculizan el desarrollo adecuado de esta práctica que, aunque repito, muy conveniente, de difícil realización a nivel individual; a excepción de aquellos casos en los que las circunstancias son favorables, por ejemplo, explotaciones grandes en un sola parcela con la posibilidad de integrar un determinado número de cabezas de ganado en régimen estabulado o semiestabulado.

También aquí, la alternativa asociativa, se presenta como opción que, llevada a cabo correctamente puede producir ciertas contraprestaciones convenientes agronómica y económicamente. Se trataría de crear ganadería propia o dar la opción a ganaderos de delimitar una determinada zona de pastos que, usada en aquellas épocas del año adecuadas para pacer y con las limitaciones pertinentes para evitar el sobrepastoreo y el ramoneo, pudieran reportar a los parcelistas de dicho paraje los beneficios aludidos. Esta práctica se utiliza en algunos lugares del norte de la provincia de Córdoba suponiendo algunos ingresos a la explotación, aunque, lo más destacable son sin duda, los beneficios añadidos desde el punto de vista agronómico. Incluso, para la ganadería porcina ibérica, existe una alternativa en los olivares que posibilita la crianza con aceitunas, como ocurre en la finca de Sierra de Parapanda en la provincia de Granada.

Pero la diversificación también puede ser entendida sin salir del ámbito oleícola, es decir, ampliando las variedades de aceitunas existentes o potenciando otras que permitan, por ejemplo, la realización de mezclas o la puesta en marcha de la elaboración de aceitunas de mesa.

Dentro de esta estrategia y a la hora de tomar decisiones, además de las condiciones agronómicas requeridas, hay que evaluar las posibilidades de transformación y comercialización de los productos elegidos, la distribución de los mismos y cualesquiera otra consideración que deba ser tenida en cuenta para garantizar la viabilidad a largo plazo para aquellos que asuman el compromiso y decidan dedicar parte de su explotación a estas actividades agrarias alternativas.

-Reparación y venta. Esta opción plantea multitud de posibilidades desde el punto de vista de reparación y venta de todo tipo de productos relacionados con la actividad agrícola. Posibilidades para los agricultores integrantes, que pueden beneficiarse de una importante reducción de precios en productos y servicios, y posibilidades para la asociación que puede ingresar parte de los beneficios. Todo ello, sin tratar aquí de concretar pormenores, las posibilidades son enormes, todo depende de la capacidad organizativa de la comisión encargada y, por supuesto, de la respuesta dada por los propios asociados.

-Servicios administrativos. Necesarios para facilitar la realización de las obligaciones burocráticas (ayudas, fiscalidad, trámites…) relacionadas con la gestión de la actividad a todos aquellos socios que lo requieran, a cambio, por supuesto, de las cuotas establecidas. Como la anterior, pueden beneficiarse tanto el socio como la entidad.

-Cultivo ecológico. La producción ecológica constituye una de las puestas en valor más consideradas por parte de muchos de los olivicultores. La conversión de una explotación convencional a ecológica y su mantenimiento, conlleva ciertas dificultades (transición, abonado, molturación, comercialización…) que, individualmente, resultan más difíciles de superar. A medida que son más numerosas las explotaciones ecológicas de una determinada zona, el proceso se hace más llevadero, siendo una situación ideal desde este punto de vista, la existencia de una zona amplia donde se practique esta opción; tareas como el abastecimiento de abono orgánico, la molturación, las actuaciones agronómicas complementarias, etc., pueden ser realizadas con mayor facilidad, como corresponde a las llamadas economías de escala. Por todo ello, esta posibilidad puede ser contemplada dentro del ámbito asociativo, siempre y cuando, haya una mayoría razonable que así lo quiera; tendrán a su favor, por una parte las ventajas mencionadas y, por otra, el camino recorrido, si algunas de las iniciativas u objetivos comunes que se están planteando, se han llevado a cabo con anterioridad; la transición de convencional a ecológico supone una serie de actuaciones, entre otras cosas, encaminadas a evitar una merma en la productividad, que deben contar con el asesoramiento adecuado.

Una comisión convenientemente asesorada y concienciada, puede coordinar el desarrollo de esta modalidad de cultivo que, por otro lado, complementa algunas de las pretensiones aquí propuestas.

-Investigación. I+D+i. Si hay una cuestión esencialmente importante dentro de la actividad económica y, en general, en cualquier ámbito relacionado con el desarrollo y el progreso humano, este es la Investigación. También la actividad agraria requiere de ella, no solo en lo referido a la producción de productos primarios, sino también a su transformación en productos semielaborados y elaborados. Sin embargo, en términos generales, lo agrario es muy dependiente y pasivo en este ámbito, la mayoría de las novedades proceden del exterior, son excepcionales las iniciativas en este sentido.

En la mayoría de los casos, lo exiguo de las empresas junto a la falta de una tradición en esta línea, explicarían el fenómeno. El sector oleícola no queda a la zaga, igualmente adolece del empuje interno que podría suponer una apuesta seria en la búsqueda de innovaciones desde dentro. Y son múltiples los ámbitos que se encuentran a la espera de soluciones propias que aumenten la productividad y rentabilidad de las explotaciones, que mejoren las calidades de los productos, y que a partir de la materia prima resultante y su transformación, se obtengan una gama de productos en los que el agricultor sea el perceptor principal de su valor añadido.

Claro que esta apuesta I+D+i no puede realizarse individualmente, el tamaño de la empresas agrícolas, en la mayoría de los casos, es del todo insuficiente para llevar a cabo este esfuerzo.

Por ello, en el marco asociativo, solo en los niveles 4 y, sobre todo, 5, es viable acometer proyectos de este tipo que repercutan en los niveles inferiores (productos derivados, calidades, formatos, compostaje…, y un largo etcétera de cuestiones que sería complicado realizar aquí una clasificación exhaustiva). De ser desarrollados, el sector puede adquirir cierta independencia y autonomía a la hora de buscar la viabilidad económica y el incremento del valor añadido. Por eso, en este supuesto asociativo, es en estos niveles donde deberían coordinarse todas las actuaciones encaminadas a dicho fin.

-Comercialización. La importancia de este apartado, requiere un tratamiento muy especial, ya que representa la culminación de muchos de los procesos descritos. Los esfuerzos realizados en toda la relación anterior, dejan de tener sentido sin una política comercial dirigida a la adquisición de la mayor cuota de mercado posible. Como en algunos de los temas tratados, desarrollar este objetivo de manera individualizada conlleva escasos resultados y sitúa al sector en una espiral competitiva que solo beneficia a los agentes externos al mismo.

Aunque será tratada de manera individual más adelante, creo muy conveniente que existan comisiones en cada una de las asociaciones, cuyo cometido sea la búsqueda de canales comerciales y estrategias asociativas e interasociativas que permitan la realización de actuaciones comerciales adecuadas para superar una de las asignaturas pendientes del sector. En este caso resulta especialmente adecuado la intervención coordinada de los niveles 3, 4 y 5; en el caso de la existencia de estos niveles.

Por todo ello, también aquí, si cabe con más ímpetu, es necesario que la coordinación interasociativa englobe al mayor número de implicados. Hay que dejar de lado los chauvinismos localistas para actuar al unísono aunque manteniendo ciertas particularidades. De todo ello, trataré de esbozar algunas ideas en el siguiente apartado.

-Guarda y custodia. En la mayoría de los aspectos tratados, la existencia de cierto personal de guarda, custodia, mantenimiento y explotación, justifica la constitución de una comisión que coordine y administre dichas funciones. Incluso, la comisión de determinados delitos asociados a la actividad agraria, hacen necesario la complementación de la labor realizada por parte de las fuerzas de seguridad, muchas veces muy insuficiente por la falta de medios o la existencia de una normativa delictiva que a ojos del sector, no protege suficientemente la propiedad privada.

Un equipo cualificado y multifuncional debe estar presente en la nómina de cualquier complejo agrario local de envergadura, ya que los beneficios que se deriven, pueden superar con creces los costes generados.

Para optimizar los resultados, las comisiones, compuestas por voluntarios de vocación y de dedicación no exclusiva cuyo incentivo es la participación en la mejora de su entorno, deben contar con los medios inmobiliarios y mobiliarios adecuados. La existencia de un lugar físico, donde realizar reuniones, archivar documentación o realizar consultas, entre otros cometidos, resulta del todo esencial. Igualmente, la disponibilidad de medios técnicos y mecánicos compartidos, en función de las necesidades de cada comisión. Por supuesto, deben contar con asesoramiento y formación adecuado a su labor, bien procedente de los medios de cada asociación, bien en coordinación con las comisiones de otras asociaciones. Todo ello, dentro de una estructura interasociativa que, teóricamente, diseñará en su conjunto las actuaciones encaminadas a los fines propuestos, siendo en ello referencias fundamentales los logros de asociaciones locales en algún o algunos de los aspectos tratados. Por tanto, el contacto periódico permanente entre las comisiones de las distintas asociaciones resulta del todo esencial para el intercambio de experiencias, informaciones y logros. Las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) ofrecen múltiples posibilidades al respecto, sin renunciar a congresos, como mínimo anuales, donde distintos ponentes expongan sus consideraciones, valoraciones, reflexiones…, o cualquier otra cuestión que pueda contribuir a la mejora de la labor de las comisiones asociativas. Las comisiones actuarán coordinadas por los órganos de gobierno de cada asociación dentro de la lógica marcada por la misma. A su vez, cada comisión estará en contacto permanente con el resto de las comisiones mediante los protocolos establecidos y realizará todas aquellas actividades propuestas, con el objetivo de optimizar los resultados y divulgar su labor dentro del ámbito asociativo. Para cerrar el círculo, es del todo esencial la existencia de un equipo asesor para cada grupo de comisiones encargado de coordinar y marcar las pautas de actuación a modo de referencia para cada una de las comisiones.

Evidentemente, si todas o algunas de las anteriores propuestas, se convierten en realidad, van a repercutir positivamente a muchos niveles, y pueden traducirse en mejoras agronómicas, infraestructurales y, por tanto, económicas. Pero hay no queda todo, lo que se ha denominado anteriormente como un “adecentamiento” paisajístico, no es ni más ni menos que la puesta en práctica de acciones que embellecen nuestro entorno inmediato y enriquecen biológicamente el mismo con repercusiones positivas sobre la rentabilidad y productividad del olivar. En términos generales, van a suponer una contribución más a las acciones que a nivel internacional, se realizan para contrarrestar los efectos perniciosos de la actividad humana. Todo ello además, da lugar a entornos propicios para el desarrollo del turismo rural, donde un paisaje atractivo puede y debe ser complementado con iniciativas a nivel gastronómico, cinegético, deportivo…, que hagan honor a la denominación de "integral” del espacio olivarero. Este planteamiento, de llevarse a cabo de una manera más o menos sistemática, como por otra parte sería ideal, facilitaría en gran medida uno de los logros que, entiendo, debe convertirse en un objetivo común del sector en la zona olivarera por excelencia de la Península. Me refiero a la posibilidad de convertir la zona centro oriental de Andalucía, en candidata a Paisaje Cultural Olivarero en la lista de patrimonio cultural de la humanidad por parte del Comité de Patrimonio Mundial de la UNESCO.

Con lo dicho, queda hecha la propuesta -aunque solo a nivel superficial- de algunas de las posibilidades que entiendo pueden desarrollarse, en su totalidad o parcialmente, dentro de la modalidad asociativa. Sé que se trata de un planteamiento con ciertas dosis de utopía, que requiere de tiempo, voluntad y la resolución de muchas dificultades para implantarlo. Aún así, podría resultar interesante y, como dijo un poeta del que no recuerdo su nombre: «La utopía es una línea en el horizonte y, según te acercas, se aleja. Pero para eso está la utopía, para caminar». Hay que tener en cuenta que, aunque existe una normativa que trata de concretar el funcionamiento del asociacionismo en general, no existe un modelo que pueda servir de referencia a los que gestionen y administren estas entidades; un modelo eficiente que, contemplando propuestas como las ya enunciadas –u otras- y respetando la autonomía empresarial, pudiera servir de referencia para el ámbito local, comarcal o regional.

Añadir a todo o dicho que entiendo que el proceso de constitución de todo este entramado, debe realizarse de arriba abajo, es decir, las iniciativas debieran ser locales, y solo cuando existan en número suficiente, deben buscar la coordinación interasociativa. Todo ello a partir de un modelo flexible de referencia que oriente su constitución y desarrollo. Un modelo que puede ser parecido o distinto al aquí planteado, lo dicho es solamente una propuesta que lo que fundamentalmente defiende es la coordinación, el intento por parte de los afectados de crear órganos asociativos que busquen la mejora del mundo rural en todas sus acepciones.

A este respecto, espero recibir opiniones que rectifiquen o complementen lo aquí tratado a partir de valoraciones que, desde una óptica constructiva y, en su caso, basadas en experiencias relacionadas, puedan ayudar a lo que pretendo sea, una propuesta viable. Yo por mi parte, conforme el tiempo me lo permita, trataré de ir concretando mi modelo que, en principio, no tiene más pretensión que contribuir reflexivamente.
 

En elaboración.
 

 

En definitiva, primar, además de lo individual, lo colectivo, es decir, aquellas actuaciones encaminadas a reducir el minifundismo empresarial imperante, sobre todo, si van acompañadas de proyectos integrados con repercusiones socio-ambientales positivas en el medio agro-rural y posibilidades de aprovechamiento del valor añadido del producto resultante. Sin embargo, pocos resultados pueden esperarse si los productores, anquilosados en la tónica tradicional, no adquieren esta perspectiva y aprovechan adecuadamente los estímulos administrativos; en palabras del Presidente de la Comisión Europea, Don José Manuel Durao Barroso el pasado 22 de abril de 2013, refiriéndose a la política de austeridad llevada a cabo en la U.E.: «Para que tenga éxito, una política no debe ser simplemente buena desde el punto de vista técnico, sino que tiene que contar con un mínimo de apoyo político y social».