Vocabulario. Ecológico.

El movimiento ecologista, también llamado verde o ambientalista, es un movimiento de carácter social, político y económico, que apuesta por la protección del medio ambiente a través de la conservación de los recursos, la reducción de la contaminación y, en definitiva, la sostenibilidad del sistema.

Entiende, que la satisfacción de las necesidades humanas puede ser compatible con el respeto al medio. En este sentido, proponen modificaciones normativas en las políticas de todo el mundo, además de una mayor concienciación y sensibilización con relación al medio, tanto a nivel político como de la propia ciudadanía. En contra de lo que suele pensarse estos planteamientos tienen como centro al ser humano (antropocentrismo), se trata de entender a este como parte integrante del medio y, como tal, necesariamente tiene que tender a vivir en armonía procurando en la medida de lo posible su conservación y sostenibilidad. El planteamiento ecocentrista, aquel que prioriza la conservación sobre el propio bienestar humano, es menos representativo; sin embargo ha impregnado el término con un matiz peyorativo que hace que muchísima gente tengan una visión deformada e incluso negativa del mismo.

Sus representantes forman una amplia gama de organizaciones no gubernamentales - algunas a escala global y con importantes infraestructuras- y grupos políticos minoritarios con cierta representación en algunos países. Por otra parte, existe una gran cantidad de organizaciones locales que constituyen el grupo mayoritario dentro de este movimiento.

El ecologismo se desarrolla fundamentalmente a lo largo del siglo XX, especialmente en su segunda mitad. Este desarrollo es paralelo a la aparición de ciertas publicaciones como la de Rachel Carson -que alertan sobre el peligro de la actividad humana sobre el planeta, como la existencia de desastres medioambientales relacionados con fugas radioactivas, vertidos, pruebas nucleares, etc.- y, a la aparición de conclusiones científicas preocupantes acerca de las consecuencias de determinadas prácticas sobre el medio. 

Como consecuencia de todo esto, tanto la conciencia pública, como las ciencias del medioambiente, han ido sensibilizándose. La consecuente presión ha posibilitado la preservación de determinados medios para proteger especies en peligro y, especialmente durante la década de los 70, la aprobación de una serie de leyes, especialmente en los Estados Unidos, que supusieron el inicio de normas medioambientales posteriores. Actualmente, el movimiento rebasa los límites de los grupos ecologistas activistas y se ha instalado en la conciencia de la opinión pública alcanzando una resonancia internacional. Esto ha dado lugar, sobre todo en los países industrializados, a que las políticas programáticas de los partidos, incluyan, cada vez con más profusión, medidas encaminadas a paliar algunas de las situaciones generadas por nuestra actividad. Es también de destacar la aparición de ONG ecologistas (Greenpeace, WWF/Adena,…) y partidos verdes que tienen como objetivo la defensa del medio a partir de la realización de actos, campañas de concienciación,  e incluso boicoteando prácticas poco recomendables desde el punto de vista medioambiental

En la actualidad es la ciencia de la ecología junto a la biología de la conservación -un campo de importancia y en rápido desarrollo- es la que provee la base de unidad a la mayoría de ecologistas. Una manera de evitar el estigma de un "ismo" fue evolucionar -los grupos iniciales antinucleares- hacia partidos verdes más científicos, brotando ONGs como Greenpeacey Amigos de la Tierra, y grupos dedicados a proteger la biodiversidadglobal y prevenir el cambio climático. Pero en el proceso, gran parte del aliciente emocional y de los fines estéticos se perdieron; estos grupos tienen puntos de vistas éticos y políticos bien definidos, respaldados por dura ciencia y las nuevas tecnologías (agricultura de precisión), en base a planteamientos que contradicen algunas de las tesis con las que se ha llevado a cabo desde el inicio de la revolución Verde. Existen muchas iniciativas en esta línea, por ejemplo la descrita en el artículo de Tim Folger (“La nueva revolución verde”).

Su concreción en el mundo de la olivicultura da lugar a la olivicultura ecológica u orgánica que, como en otras manifestaciones agropecuarias del ecologismo, tiene como objetivo producir, en este caso aceite, evitando los productos químicos de síntesis (fertilizantes, herbicidas, plaguicidas…) con la intención de eliminar los contaminantes, protegiendo a su vez, la salud de los consumidores y los recursos naturales (MAGRAMA. La agricultura ecológica). Todo ello, en nuestro caso, según lo regulado en la normativa europea que rige la producción ecológica (Reglamento (CE) nº834/2007 del Consejo, de 28 de junio de 2007, sobre producción y etiquetado de los productos ecológicos y Reglamento (CE) nº889/2008 de la Comisión, de 5 de septiembre de 2008, por el que se establecen disposiciones de aplicación del Reglamento (CE) nº 834/2007). También puede obtenerse información, entre otros sitios, llamando a la Asesoría para la producción ecológica en Andalucía de la Secretaria General del Medio Rural y la Producción Ecológica, ASEPEA (955 032 578). No obstante, existe un exceso de normativa en distintos niveles administrativos que, junto a la confusión conceptual ligada al término, genera no pocas confusiones tanto al productor como al usuario, erosionando gravemente la imagen de esta forma de entender la producción , debido al uso fraudulento que, en algunos casos, se hace de términos como “bio”, “integrado”, “orgánico”, y largo etcétera de términos que, no en todos los casos responden a la filosofía pretendida. Queda todavía mucho por hacer. En este sentido, organizaciones como IFOAM viene reclamando desde hace años la llamada “armonización y equivalencia” en base al “laberinto de las disposiciones normativas que niegan el acceso al mercado a muchos productores orgánicos… como forma de reducir los obstáculos técnicos al comercio de productos orgánicos”.

Para  tratar de definir lo que puede entenderse cuando hablamos del cultivo ecológico del olivar, resulta ilustrativa la explicación que nos da Manuel Pajarón Sotomayor (El olivar ecológico. Aprender a observar el olivar y comprender sus procesos vivos para cuidarlo, Navarro, Guias para la fertilidad de la tierra, 2007, páginas 11-13):

«El rasgo que mejor caracteriza el cultivo ecológico –para los profanos y los que se inician- es la renuncia al uso de los productos químicos de síntesis, tal como establecía el primer reglamento español –el de 1988- y como sigue exigiendo toda la reglamentación vigente. Y así, además, es como resulta más fácil empezar su práctica: prescindiendo de los productos químicos de síntesis, y sustituyéndolos –cuando es posible- por otros productos de origen más o menos natural, autorizados por los citados reglamentos (en la Unión Europea, el reglamento Comunitario R(CE) 834/2007 del Consejo, de 28 de junio de 2007, sobre producción agrícola ecológica y su indicación en los productos agrarios y alimenticios).

Pero, ni la renuncia ni las simples sustituciones son suficientes. Una buena parte de los productos químicos que se usan en la agricultura convencional cumplen una función que, si se suprimen sin más, deja de realizarse y como consecuencia puede originar una caída significativa de las producciones. Y si se pretende sustituir, lo cual no siempre es posible, suelen tener como alternativa un insumo mucho más caro, con lo que aumentan los costes de producción. Así, esta práctica –tan simple y tan atractiva- conduce, irremediablemente, a una caída de las producciones o a un encarecimiento del cultivo, o a las dos cosas a la vez. Y ¿entonces?...

Entonces, para hacer cultivo ecológico del olivar hay que conseguir que esas funciones que hacen los productos químicos dejen de ser necesarias (como el control de poblaciones desmadradas de insectos, también conocidas como “plagas”, por ejemplo), o que las realice algún aliado natural, presente en aquellos terrenos de cultivo que mantienen íntegras algunas características de los sistemas naturales, como es todo aquello relacionado con la “fertilidad”, en la que intervienen los –tantas veces olvidados- microorganismos de la tierra (también por ejemplo). Para esto hay que exigir de esta forma de agricultura un cambio más generoso y profundo de la simple renuncia al empleo de productos de síntesis química. Un cambio en la forma de comprender el cultivo, que necesita apoyarse en los conocimientos científicos integradores que proporciona la “Ecología” (una ciencia joven y moderna). Un cambio que tiene mucho de “mental” (en la forma de comprender), pero en el que seguramente haya que implicar, también, muchos otros aspectos de la persona.

Para progresar en el cultivo ecológico no basta con conocer las prácticas, ni poseer las habilidades necesarias para producir mucha aceituna un año tras otro. Habrá que ser capaces también, de identificar aquellas condiciones –a veces sutiles- que determinan la estabilidad a largo plazo, como son la preservación de la biodiversidad, o la conservación y el incremento de la fertilidad de la tierrra. Sólo con el desarrollo de estas capacidades será posible conjugar la producción con la conservación, y por tanto la permanencia de este cultivo milenario.

El cultivo ecológico del olivar, que es posible y así lo demuestran las numerosas experiencias desarrolladas en casi todas las comarcas olivareras del mundo no sólo puede resolver el problema del riesgo, bastante probable, de residuos químicos en un producto “tan saludable” como el aceite de oliva, y los trastornos de carácter ambiental que afectan a los olivares de manejo químico intensivo y a su entorno (contaminación del aire y del agua, erosión, etc.) sino que, hoy por hoy, en aquellos casos en los que la rentabilidad es escasa o claramente negativa –especialmente en olivares de montaña o con otras limitaciones productivas- es una vía de mejora de los resultados económicos, ya que permite al agricultor llevar al mercado un producto de calidad y diferenciado, con una demanda creciente, lo que facilita la obtención de precios suficientemente remuneradores». 

O como se afirma en la página web de Cortijo Suerte Alta de Baena. Su consideración de lo ecológico se resume en la siguiente cita: “El concepto de ecología es un reto a la calidad, al matiz, a la atención, al equilibrio. La agricultura ecológica no es un tipo de labor arcaica sino la más actual y sofisticada que se puede hacer. No sirve hacer un tratamiento sistemático con un producto químico que elimine el insecto problema y de paso todo lo demás, pero tampoco sirve que una plaga en concreto dañe la calida de la aceituna. No sirve eliminar la hierba de los suelos dejándolos expuestos a la erosión y pobres en materia orgánica, pero tampoco que el pasto acabe con el agua, vital para el olivo, entrando en competencia con éste. El reto es el equilibrio, la atención al detalle, a cada tipo de insecto y de hierb a, al tempero, el momento oportuno para cada labor. La rutina y los criterios cuantitativos no sirven. La imaginación, la curiosidad y la cualitativo son la clave.”

Sin embargo, desde mi punto de vista, el concepto es aún más complejo. En agricultura, lo ecológico, creo, no debe circunscribirse a lo puramente agronómico, sino que debe conllevar una mentalidad ambientalista y conservacionista que trate de crear agrosistemas compatibles con cierto nivel de supervivencia de otras especies animales y vegetales, como se describe extensamente en el texto principal de la página.

Además, la producción, el transporte-conservación, el embalaje o empaque (packaging), la distribución y el consumo de los productos, debe tratar de minimizar las pérdidas, o más bien, los desperdicios que se producen en todo este proceso y que tan bien refleja Elizabeth Royte en su artículo “El alto coste del desperdicio de alimentos” (National Geographic. Agosto 2014). Por supuesto, en todo este planteamiento, debe primar tanto la seguridad de los consumidores, como de los propios agricultores. Solo así lograremos cuasi cerrar el círculo, ya que en realidad, si se consideran todas las necesidades (energía, suelo, envasado, transporte, etc.) para producir y poner el producto a disposición del consumidor, nunca podrá hablarse de lo estrictamente ecológico. No obstante, los objetivos que pueden plantearse en esta línea son numerosos. La respuesta a este desafío se llama agricultura sostenible, aquella que compagina rentabilidad económica, responsabilidad social, con la seguridad de agricultores y consumidores y el compromiso medioambiental.

Puede afirmarse, que además de lo estrictamente agronómico, un producto seria más ecológico a medida que emplea menor cantidad de añadidos en su embalaje y presentación y las posibilidades de reciclaje de los utilizados son mayores; utiliza menor cantidad de materia prima agrícola para obtener el producto final; recorre menor cantidad de espacio entre la zona de producción y la de consumo; su tiempo de conservación es más alto y se requiere menores elementos complementarios, como la refrigeración, para mantenerlo consumible.

En el caso concreto del aceite de oliva, incluso en mayor medida que la aceituna de mesa, hay que decir que en su proceso de producción, conservación, transporte y consumo, se generan muy pocos desperdicios, y menos aún que pueden generarse. De una manera u otra, el aceite producido, es consumido, además, su capacidad de conservación, prolonga la vida del producto durante largos periodos de tiempo, es más, el aceite en sí es un muy buen conservante y tradicionalmente ha sido utilizado con este fin. A lo que hay que añadir, por ejemplo, la posibilidad de ser convertido en jabón tras su uso -aunque bien es verdad que esta opción está infrautilizada-, o en biocarburante. Por otra parte, los elementos de desecho que se producen al molturarlo, fundamentalmente el alpeorujo, puede ser transformado en compost o en energía a partir de dicha biomasa, una biomasa que, a diferencia de la que se produce con el fin exclusivo de convertirla en energía, se genera a partir de los residuos de un cultivo que previamente se ha destinado a producir un alimento.

A partir de estos y otros presupuestos, el cultivo olivarero, un cultivo de fácil conversión en ecológico, se constituye así en un cultivo con amplias posibilidades medioambientales que debiera ser valorado y especialmente protegido, sobre todo aquellas explotaciones que consideran algunos de los planteamientos aquí descritos.

ENLACES INTERESANTES:

-Enlaces de interés. Medio ambiente.

-Enlaces de interés. Publicaciones.

-Información adicional. Empresas ejemplares.

-Consejería de Agricultura Junta de Andalucía. Manual de etiquetado de productos ecológicos.